NOSTALGIA Y EXOSTALGIA DE LOS MEXARGENTINOS

He sido invitado a pronunciar una conferencia en el marco de las Jornadas Culturales organizadas por la Embajada de la República Argentina en México. He aceptado con gratitud el honor que se me confiere. Tendrá lugar en el Salón Auditorio de la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica en la calle Tamaulipas, colonia Condesa, el jueves 10 de octubre a las 18 horas. El tema que he elegido, cargado con dos neologismos, es el que se anuncia en el título de esta entrada. Me propongo abordar las experiencias personales de mi llegada a México (diciembre de 1974), la inclusión del psicoanálisis lacaniano en la cultura mexicana y la fecundación recíproca de los extremos meridional y septentrional de nuestro continente latinoamericano en esos años de exilio y deslumbramiento. Deberé explicar los dos neologismos del título propuesto.He aquí, con sus más y con sus menos lo que dije aquel día:

 

 

 

NOSTALGIA Y EXOSTALGIA DE LOS MEXARGENTINOS

 

Quiero comenzar expresando mi reconocimiento a la embajada de la Argentina en México a la vez que mi dificultad para corresponder a la invitación que tanto agradezco. ¿Por qué ese azoro, ese embarazo que me invade? Rápidamente dicho: porque se espera que un conferencista sea coherente, congruente, consistente en su exposición. Y el tema que he escogido es el de la adhesión y las dificultades de ser argentino de nacimiento y mexicano por elección, es decir, la disociación entre dos identidades que hacen de mí un ser contradictorio, incapaz de arbitrar en definitiva sobre quién soy que me obliga a presentarme, por lo tanto, de la única manera en que sería congruente, es decir, siendo incongruente. Podría lamentarme por esta disociación pero me consuelo pensando en que la “unicidad”, la “unidad” del yo y su identidad no es más que un mito, un mito escandaloso sobre la integridad. Si el psicoanálisis algo enseña es que, por la existencia misma del inconsciente, todos estamos divididos entre lo que sabemos y lo que no sabemos de nosotros mismos, entre los que somos de día en la vida vigil y los que somos de noche, cuando soñamos, entre lo masculino y lo femenino en cada uno, entre lo que somos, lo que aparentamos y lo que quisiéramos ser o cómo querríamos que el otro nos vea.

 

Freud fue el primero en reconocer que debía ser un judío el que descubriese el psicoanálisis, un judío, es decir, un extranjero que, ante la mirada de los demás, debe verse como extranjero para sí mismo, como un perpetuo exiliado incapaz de resolver el enigma de su identidad sin apelar a este concepto de la división interior que el Otro, desde afuera, constantemente le refrenda. Y cuando me preguntan acerca del porqué de la influencia del psicoanálisis en la Argentina desde hace no menos de 70 años (la Asociación Psicoanalítica Argentina fue fundada mayoritariamente por exiliados en diciembre de 1942) no tengo otra respuesta que la de recalcar que los argentinos somos un pueblo de inmigrantes y de sus descendientes, un país de Gardeles, Kirchners, Barenboims, Fangios y Bergoglios, un crisol de razas y lenguas donde cada uno se pregunta cómo y por qué ha llegado a estar ahí. Un país donde la división subjetiva es manifiesta y que, por eso, no podía sino acoger con entusiasmo a quien podía ofrecer una respuesta acerca de esa división interior que todos llevamos con nosotros pero los exiliados más claramente que ninguno. Freud era un exiliado por ser judío y por ser un bohemio de los campos y bosques que debía habitar en una ciudad donde se hablaba otra lengua, donde se vivía según otros valores que los del shtetl de donde él procedía. Para exagerar esa división encontraba que tampoco la comunidad de la que provenía le podía dar respuestas pues él era un godless Jew, un ateo judío que tampoco podía identificarse con los rituales y las ceremonias que unían al grupo hebreo en Viena. Esa situación es cada vez más frecuente: hoy mismo leía que los judíos estadounidenses consideran que su “judeidad” era una construcción cultural para el 60% de ellos mientras que sólo el 15% consideraba que era la confesión religiosa a la que adherían la que les concedía una “identidad”. Una brasileña que me honra con su amistad, Betty Fuks, escribió un excelente ensayo donde distinguía entre la judeidad y el judaísmo que, me parece, refleja esa doble adscripción contradictoria donde un aspecto de la identidad es aceptado y el otro es rechazado.

 

¿No es esa la condición de los argentinos y no debemos decidir entre la argentinidad y el argentinismo, entre algo que va con nosotros en la medida en que reconocemos un país de procedencia que es parte de nuestro ser, que está en nuestros huesos, esos huesos que están destinados a reposar en la tierra y a descarnarse después de la muerte y que serán, al fin, lo único que quedará de nosotros en lo real de la tierra? Son los huesos sin la carne ni la sangre… lo que me lleva a pensar que el dolor de la ausencia es un dolor que se siente en los huesos. ¿Cómo se llamaría eso en medicina? “Dolor de – en – por los huesos”: si el significante nos remite a la palabra griega osteon, el dolor en los huesos es la ostalgia y, por lo tanto, su correlato, si me permiten el juego de palabras es la nostalgia. Sabemos que “nostalgia” no es una palabra griega sino un invento promovido por un adolescente suizo que estudiaba medicina hacia 1680 y que inventó este término juntando “nostos” que es “retorno” y “algos” que es “dolor”, para designar a una enfermedad que, en principio, se consideraba propia de los suizos que sufrían indeciblemente cuando debían alejarse de su país y no podían pensar en otra cosa que el retorno. A esa nostalgia, Hofer, el joven estudiante en cuestión, la identificaba con la palabra alemana Heimweh, formada por la unión de Heim que es “hogar” (home, en inglés) y Weh que es una interjección de dolor que se identifica con el dolor mismo, una especie de AYY!, dolor por el hogar perdido o abandonado; esa idea encuentra una modalidad prototípica en la palabra portuguesa saudade, que es vigente también en español, y corresponde a un bello vocablo de nuestra lengua que es añoranza.

 

Ostalgia y nostalgia. Dolor que se lleva en los huesos y anhelo del retorno. Pero ¿es siempre así en la experiencia de los exiliados? ¿Son universales la tristeza, la “depresión”, como la llaman hoy en día, y la añoranza patética por el lugar, por los paisajes, por las costumbres, por los símbolos que quedaron atrás en el país desertado?

 

 

Me propongo hablar de la nostalgia como componente esencial de la subjetividad del exiliado y hacerlo a partir de mi propia experiencia y de la literatura sobre el tema. Empezaré por esta última.

 

¿Qué es “literatura”? Es difícil abordar el tema debido a la disparidad y a la opción excluyente entre modos divergentes de entender y utilizar la palabra. Al consultar el DRAE uno encuentra que, por literatura, se entiende al “arte que utiliza como modo de expresión una lengua”. Como se ve, no se limita necesariamente a la palabra escrita (“letra / littera), sino que se incluyen en ella también a las formas vocalizadas y escénicas: poesía, oratoria, dramaturgia. La segunda acepción, sin temor a la tautología, nos dice: “conjunto de producciones literarias de una nación, de una época o de un género. (literatura griega o literatura del siglo XVI)”. La tercera define al “conjunto de obras que versan sobre un arte o sobre una ciencia (literatura médica o literatura jurídica)”. No menos tautológica es la cuarta acepción “Conjunto de conocimientos sobre literatura”.

 

 Así, cuando nos proponemos abordar específicamente la “literatura de la nostalgia”, nos encontramos con dos alternativas igualmente válidas: una literatura del “mal de ausencia” como integrante de las artes, con intenciones estéticas más que informativas o didácticas, eso que los franceses llamarían “belles lettres”, por una parte y, por otra, lo que forma parte de lo que acertada y gustosamente denominamos “discurso universitario” acerca del tema, orientado a informar al lector de lo que se sabe de la entidad “nostalgia”. En este segundo caso, la nostalgia es abordada, fundamentalmente, como una enfermedad o “trastorno” a la que se dedican, o en siglos pasados se dedicaron, los médicos. Entre ambos campos semánticos, el estético y el científico, encontramos o tenemos que hacer lugar para un espacio intermedio, la “literatura” sobre la nostalgia surgida de la filosofía, la antropología y el psicoanálisis, donde destacan las contribuciones al tema de pensadores como Spinoza, Kant, Freud, etc., autores de obras destinadas a perdurar, que toman en cuenta las ideas de su tiempo y lo someten a una elaboración especulativa y estética. Sus textos acaban consagrándose como “clásicos”. Propongo tres ejemplos de esas categorías literarias: un tango sobre la nostalgia como “Volver”, un estudio clínico o sociológico sobre la nostalgia de los paraguayos en Buenos Aires o de los argentinos en México, finalmente, una reflexión sobre el padecer de este mal de la ausencia y la distancia de seres y espacios en quienes abandonaron su terruño.

 

Me arrogaré el derecho de tratar de la nostalgia, antes de especificar sobre los mexargentinos, en esa triple perspectiva: a) la tradición literaria donde la experiencia del destierro ha sido transformada en sustancia poética (el salmista, los Ulises homérico y joyceano, su dilatada y prolífica descendencia); b) la realidad clínica de los sujetos afectados (los “pacientes” nostálgicos) y, finalmente, c) en la encrucijada entre ambas, los ensayos que iluminan con luces insólitas y enriquecen el conocimiento psicoanalítico y médico, nutren a la antropología filosófica (en tanto su tema es la condición humana) y constituyen un conjunto de documentos invaluables para orientar la práctica clínica y la formación intelectual de los profesionales del inconsciente. Por eso, sin olvidar a Hofer, el muchacho suizo que inventó la palabra a finales del siglo XVII, y llegando hasta los neurólogos y neurofisiólogos centellográficos de hoy en día, pasando por Freud, podremos abordar a la nostalgia, desde Homero en adelante, como padecer por el exilio y anhelo del regreso, como saudade, como sentimiento de lo transitorio que en la literatura japonesa se denomina mono no aware, que es tema frecuente en las novelas señeras de Nerval (Sylvia), en el romanticismo victoriano, en los Lieder, mélodies y tangos, en el general San Martín o en Proust, en la literatura de los desterrados y exiliados de las guerras abiertas o encubiertas en el mundo entero y aludir también a otras producciones literarias ¾poéticas, de ficción y ensayos¾ renunciando a toda pretensión megalomaníaca de exhaustividad.

 

La “literatura médica” sobre el tema puede ser vista y periódicamente renovada, como la de las enciclopedias, en Internet.[1] Allí se encontrarán interesantes disquisiciones sobre la evolución de la noción de “nostalgia” desde el siglo XVII hasta el XXI, los problemas del diagnóstico diferencial (con la hipocondría, la melancolía, la depresión, la abulia), las estadísticas y la constatación del desinterés por el tema en el país que cuenta con mayor número de inmigrantes (los Estados Unidos de Norteamérica), las dificultades para evaluar la severidad de los casos clínicos, los tratamientos y la tendencia dominante a usar sustancias llamadas “antidepresivas”, la relación entre nostalgia y criminalidad señalada desde hace más de un siglo[2], las situaciones y los síntomas propios de los desterrados de sociedades postcoloniales que viven en las metrópolis, las especulaciones sobre los mecanismos de esta “patología” desde la neurofisiología cerebral o las ciencias cognitivas, la ligazón entre nostalgia y política migratoria de los estados contemporáneos, etc. No pretendemos negar (obsérvese ¾léase como síntoma¾ mi doble denegación) el interés de estos estudios pero nuestra intención es la de incorporarnos y aportar algo interesante en ese “campo intermedio”, intermedio entre la literatura y la ciencia, del que hablamos. Quiero ubicarme en una perspectiva bifronte que mira hacia la clínica y hacia las “bellas letras” sin formar parte de alguna de ellas. Mi reflexión apunta a ese espacio transicional entre las “bellas letras” y las investigaciones clínicas, jurídicas y sociológicas. Nos internaremos en esa región poco y mezquinamente explorada.

 

En el psicoanálisis no tenemos noticia de una pesquisa semejante: las referencias son siempre laterales, miradas echadas de soslayo a una cuestión que siempre se creyó periférica, insustancial. ¿Qué autoriza nuestra aventura? En primer lugar, la práctica clínica y la experiencia de recibir pacientes (analizantes) que presentan descompensaciones psicóticas después de trasladarse, por razones de trabajo o de estudios, a países de lengua y cultura diferentes, fuera de México. En ellos constatamos que al atravesar una frontera (border) lingüística, social, geográfica, se vuelven locos, son internados y sometidos a tratamientos psiquiátricos intensivos, desencadenan la desesperación de sus familiares y amigos y, mágicamente, parecen curarse al regresar al país en el que pueden continuar con una vida “normal”. Estos historiales no se distinguen en nada esencial de los dos casos princeps reportados por Hofer a fines del siglo XVII. En verdad, poco de nuevo puede decirse sobre el tema después de incorporar una visión antropológica como fue la de Kant a fines del siglo XVIII. De todos modos, se impone una consideración negativa: la medicina, al menos la organicista oficial, no ha desarrollado medios de estudio, comprensión o tratamiento válidos para estos casos… como no sea confundiendo a la nostalgia con la depresión. Sus divagaciones no pueden provocar más respuesta que la hilaridad; por ejemplo, cuando se distingue un cat type (de pacientes que, como los gatos, se aficionan a los lugares y a los ambientes físicos) y un dog type de la nostalgia (en los que se apegan, como los perros, a los dueños y otras personas de su ambiente).

 

 

En segundo lugar, la experiencia clínica inversa: no la de atender a quienes se fueron, si no la de recibir analizantes que deben permanecer en México por razones equivalentes (diplomáticos, ejecutivos de empresas, estudiantes, trabajadores procedentes del campo o la provincia) y que deben elaborar el duelo por lo que han dejado en el suelo de origen sin encontrar con-suelo. Entre estos últimos abundan los casos en que nos toca escuchar a los acompañantes, generalmente mujeres e hijos, que sufren por un trasplante territorial y sentimental que, pudiendo tener sentido para el jefe de familia migrante, no lo tiene para ellos, arrastrados como son por corrientes arbitrarias.

 

En tercer lugar, tenemos el antecedente de nuestras incursiones anteriores en la investigación de la memoria desde las perspectivas del psicoanálisis, la filosofía, la historia, la literatura y la biología. En esa trilogía de la memoria, publicada por Siglo XXI entre 2008 y 2012, hemos llegado a la tesis de que la memoria de los episodios vividos se orienta en torno a dos ejes complementarios, uno de los cuales ha sido profusamente tratado, el del traumatismo, una noción importada de la medicina, psicoanalíticamente discutible, mientras que el otro polo, el de la nostalgia, parece ser visto con una especie de vergüenza no muy diferente a la que muestran los pacientes mismos que reconocen con gusto su estatuto de víctimas de un traumatismo pero se apenan cuando tienen que admitir, como si se tratase de una debilidad inexcusable, el no poder reponerse de los males provocados por la distancia. Ellos encuentran cursi, sensiblera, vergonzante, la incapacidad para adaptarse a un nuevo entorno y olvidar esa “vida anterior” tan cara a Baudelaire.

 

Finalmente, en cuarto pero no menor lugar, un dato autobiográfico: mi propia condición de exiliado que me permite una visión filtrada por la propia experiencia, la de los seres que nos acompañaron, la de los parientes y amigos que pasaron por situaciones equivalentes y enfrentaron parecidos desafíos a los nuestros. El exiliado corre el riesgo de convertirse en un ser doblemente ingrato: ingrato por poco placentero e hipercrítico, un hipocondríaco de la memoria, e ingrato por ingratitud hacia el país huésped y sus habitantes. Los sentimientos de ambivalencia son moneda corriente y recíproca: la de los huéspedes hacia quien recibe la hospitalidad, y la de éste hacia quien lo favorece con su acogida.[3] Los refugiados españoles que llegaron por millares a México y los latinoamericanos que arribamos casi cuarenta años después somos testigos de esa recepción compuesta por el afecto, la desconfianza, la generosidad, el respeto (a veces teñido de envidia y desdén), la esperanza de lazos de colaboración e intercambio fecundo, la camaradería no exenta de compasión. Todos esos elementos de aceptación y rechazo se dan cita y las más de las veces se dividen ¾de uno y de otro lado¾ en figuras o personajes que encarnan cada una de esas actitudes del emigrante y de quien lo reciben, lo “hospedan”.

 

Porque, también hay que decirlo, no solo se trata de la división subjetiva del extranjero o exiliado sino también la de quien se encuentra con él y debe administrar su curiosidad y sus sentimientos positivos y negativos, sus prejuicios y sus inclinaciones, su temor de ofender y su deseo de agradar. ¿Quién de nosotros no ha sentido la ambivalencia al escuchar los “chistes de argentinos”, tanto si son sacados a la luz como si son pensados y suprimidos del discurso? La frase del mejor negocio (comprar al argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale) que se atribuye a Ernesto Guevara, por ejemplo. La fama de la arrogancia y los aires de superioridad de los argentinos que, cuando existe, no es sino la revelación de lo contrario, de una sensación de peligro por la condición de minoría o de la dificultad para sentir y expresar la gratitud que se espera de un huésped.

 

¿Es legítimo que alguien, como reza el título (mas no el contenido) de la novela homónima de Milan Kundera, uno que vive en el exilio, sostenga que “la vida está en otra parte”, en el lejano país de origen? ¿Se justifica la nostalgia del expatriado que se ha ido por su propia decisión? ¿Es aceptable seguir habitando la patria de antaño y rehusar la vida en el país actual, esa vida que continúa simultáneamente en dos tierras, la abandonada y la adoptada? ¿Es válido condensar el tiempo y refrenar la marcha de los relojes para vivir a otra velocidad, con lánguida pesadumbre, morosamente, en la ambivalente e inocua melancolía del recuerdo, lamentándose y, al mismo tiempo, consolándose con la idea de que no hay otros paraísos que los perdidos, según esa hermosa sentencia del buscador del tiempo perdido que ha sido transformada en lugar común y en racionalización de la cobardía depresiva? Todas estas preguntas son de índole ética e implican que el sujeto es responsable de su elección y, a la vez, que esa elección no es un producto de la voluntad, no se adopta con fundamentos conscientes sino por motivaciones inconscientes. Es una responsabilidad que la conciencia debe asumir sobre el fondo de una culpabilidad no admitida por esa misma conciencia. Hay una ética de la residencia en la tierra, una ética de la memoria, del olvido y de la nostalgia, una opción personal que arrastra al sujeto-ciudadano en todas sus acciones aunque él raramente se lo cuestione y sea pródigo en racionalizaciones. Las elecciones, como es sabido, se comprueban en las selecciones: las de las palabras que el sujeto emplea y el idioma del que ellas proceden, las de los lugares de residencia y las actividades a las que se dedica, las de los camaradas escogidos entre los miembros del país huésped, las de los objetos que amueblan y decoran las casas ¾tantas veces reliquias y baratijas del país abandonado¾ que hacen de cada habitación un minimuseo, las de las fotografías y afiches que cuelgan de las paredes, la de su participación en la vida política de uno o de los dos países.[4] ¿Qué ética es esa? Una “ética del bien decir” (Lacan). Para decir, y para decir bien, hay que escoger una lengua: espontáneamente uno habla lalengua materna, aquella que se recibió con los primeros cuidados, la escuchada en el hogar. Sin embargo, la lengua nacional no es forzosa y el sujeto resuelve la manera de servirse de ella, de combinarla con expresiones foráneas, de hibridarla con el recurso a vocablos mejor sonantes, incluso de mofarse de ella, de los ritmos de pronunciación, de los acentos y de las expresiones consagradas haciendo, como el proverbial bebé, que el perro diga miau y el gato diga guau. Desde el nacimiento en adelante hay una solidaridad entre la lengua y el ser, lo que hace del sujeto un ‘hablente’ de su ‘lalengua’.  La presión en el hogar, en la escuela, en las amistades y en el amor es para “hacerse entender” y quien no lo consigue es un extranjero que subraya así su extranjería y que requiere ser ‘traducido’, es decir, “llevado (ducere) a través (trans)” como hemos expuesto en nuestro libro Traducir el psicoanálisis (México, Paradiso, 2012). A veces la distancia en el propio país está consagrada por el uso de dialectos, por acentos y modos de pronunciación, por la pertenencia a minorías migratorias, raciales, religiosas, sexuales, etc. que provocan en el hablante una reacción creciente y en espiral de rechazo y exclusión. La nostalgia de los orígenes puede hacer que la vida sea imposible en el país del trasplante y que el sujeto busque desesperadamente, a través del aprendizaje de lenguas extranjeras, un camino de exilio. En ese caso el ostracismo interior, el hecho de que “la vida está en otra parte” hará imposible la nostalgia pues el hablante no quiere sino irse, huir, de las presiones asimilatorias y aferrarse, con uruguayo fervor, al mate y al termo bajo la axila.

 

Las biografías de los escritores ambulantes son ejemplos paradigmáticos de esta elección lenguajera y lingüística. No es que sean exostálgicos ¾volveremos sobre este neologismo que ahora adelantamos¾ por ser escritores sino que, siendo escritores, ilustran, a veces de un moco que encandila, el destino de comunidades que rechazan la integración nacional y lingüística que se les ofrece o que con frecuencia se les pretende imponer. El sujeto elige su extranjería, su exilio interior, su modo de ejercer “el exilio, la astucia y el silencio” (Joyce). Puede ser Kafka que solo ocasionalmente deja Praga pero no escribe ni en checo ni en yídis sino en alemán; puede ser Joyce que no quiere volver al agobio de Irlanda cuando tiene todas las oportunidades para ello y se espanta en el momento de una visita fugaz a Dublin, rechazando el gaélico de su pueblo para enseñarles a los conquistadores lo que ellos no consiguen expresar con brío y brillo en su propia lengua; puede ser Borges habitando en un Buenos Aires mitificado de gauchos y compadritos cuyo lenguaje imita y parodia con una fuerte carga de ironía mientras se sumerge en las sagas islandesas o las traducciones al inglés de las mil noches y una noche; pueden ser los exiliados que escogen otra lengua para expresar lo que sus connacionales no pueden entender sin la intermediación de un traductor: Conrad, Nabókov, Beckett, Cioran, Brodsky, Bianciotti, Caneti, etc.; pueden ser los que rechazan las lenguas mayoritarias y se apegan a la de sus pequeñas comunidades como Sholem Aleijem o Bashevis Singer; los escritores en vasco, catalán, gallego o andaluz que prefieren el lenguaje de sus regiones al del público más amplio del país en el que viven y en la cual, desde la castellana capital, se pretende imponer un dialecto oficial; pueden ser los que componen entresijos lingüísticos difíciles de entender como el dominicano Junot Díaz escribiendo en el espanglés de los hispanos marginales de los Estados Unidos.

 

Siempre se ha insistido en el sentimiento de la nostalgia como lamento y el doloroso deseo de retorno como lo dice la palabra misma: nostos-algos. Pocos son los que aluden al rechazo del país de origen, al anhelo (Sehnsucht) de quien no soporta quedarse en un país donde es hambreado, discriminado, perseguido, torturado, ninguneado, silenciado, ofendido y humillado (bullied). Cuando consigue irse, es decir, escapar, nada puede parecerle más tremendo que verse obligado, por algún imprevisto motivo, a regresar. En ese caso no hay nostalgia, sino temor, fobia, angustia, rechazo al llamado de la tierra. El dolor de no poder fugarse de la cárcel que es el país natal penetra hasta lo más íntimo, hasta los huesos: es una ostealgia según diría el discurso de la medicina atendiendo a las mentada raóz griega: osteon + algos. Lo buscado, lo llorado, no es el regreso; es lo contrario, el exilio interior al que se ve forzado quien tiene que librarse de una discriminación (krimeo ¾ crimen) que no osa decir su nombre. Como el nostálgico pone toda su alma en las lágrimas de la añoranza, el exostálgico, si se va, es torturado por la ominosa visión del regreso. Su sueño no es el tanguero de “volver” sino el de poner distancia, el de atravesar fronteras, a veces, como en los homosexuales, el de salir del clóset y exponerse a la luz. Si se conserva la memoria es a modo de advertencia, para no tener que reencontrarse con las afrentas del pasado. No es Heim-weh (nostos-algos) sino Weh-heim (algos-nostos). Hay “nostalgia” por lo que no se ha llegado a gustar, por la cultura o la lengua o las libertades o el confort del extranjero del que uno debe alejarse. Diríamos: Heimneid (envidia de la patria, sí, pero la del Otro, de la nacionalidad, del pasaporte o de las libertades que no se tienen).

 

Veces hay en que los dos sentimientos alternan. Escuchemos de nuevo a Milan Kundera,[5] cuando escribe, después de haber emigrado a Francia, en La ignorancia:

Ya en sus primeras semanas de emigrada, Irena tenía sueños extraños: se encuentra en un avión que cambia de dirección y aterriza en un aeropuerto desconocido; unos hombres de uniforme y armados la esperan al final de la pasarela; con la frente bañada en un sudor frío, reconoce a la policía checa. En otra ocasión, se pasea por una pequeña ciudad de Francia cuando ve un curioso grupo de mujeres que, cada una con su jarra de cerveza en la mano, corren hacia ella, la interpelan en checo, ríen con malintencionada cordialidad y, horrorizada, Irena se da cuenta de que está en Praga, grita y se despierta. Martin, su marido, tenía los mismos sueños. Todas las mañanas se contaban el horror de su regreso al país natal. Más adelante Irena comprendió que todos los emigrados tenían esos sueños, todos sin excepción. Al comienzo le conmovió esa fraternidad nocturna entre personas que no se conocían, pero después se molestó un poco: ¿cómo puede ser vivida colectivamente la experiencia única de un sueño? ¿dónde está, pues, su alma única? Pero ¿por qué hacerse preguntas sin respuesta? De una cosa estaba segura: miles de emigrantes soñaban, a lo largo de la misma noche y con incontables variantes, el mismo sueño; el sueño de la emigración: uno de los fenómenos más extraños de la segunda mitad del siglo XX. Esos sueños-pesadilla le parecían más misteriosos porque, al mismo tiempo, ella sufría de una indomable nostalgia y vivía otra experiencia del todo contraria: durante el día se le aparecían dos paisajes de su país. No; no se trataba de una ensoñación, larga y conciente, voluntaria, sino de otra cosa: en cualquier momento, brusca y rápidamente, se encendían en su cabeza apariciones de paisajes para esfumarse poco después […] Estas imágenes fugaces la visitaban durante todo el día para paliar la falta de su Bohemia perdida. El mismo cineasta del subconsciente que, de día, le enviaba instantáneas del paisaje natal cual imágenes de felicidad, proyectaba de noche aterradores regresos a ese mismo país. El día se iluminaba con la belleza del país abandonado; la noche con el horror a regresar. El día le mostraba el paraíso perdido; la noche, el infierno del que había huido.

 

Del mismo modo, y esa es nuestra experiencia, el exilio es una experiencia ambivalente, dolorosa y enriquecedora, un alejamiento de la raíz a la vez que una ampliación del mundo. En tal caso, el regreso, lejos de ser un anhelo doliente por la patria abandonada, es previsto como una regresión inaceptable, como una renuncia al ritmo acelerado de la pulsión que acicatea a persistir en el camino elegido buscando alcanzar nuevas metas. Que el avión del sueño aterrice en el aeropuerto de la ciudad natal ¾Moscú, Aracataca o Córdoba¾ puede ser más pesadilla o sueño de angustia que realización de deseos a pesar incluso de la mañosa tendencia del inconsciente a invertir los afectos de lo soñado. Excepciones seguramente las hay, particularmente cuando la pesadilla totalitaria ha terminado y se puede regresar a Madrid, Berlín, Santiago o esa misma Praga de Kundera donde ondean vientos de libertad. Excepciones también, en sentido contrario, son las de llegar a los Estados Unidos de Norteamérica y encontrar, como Charlot, que la vista desde el barco de la Estatua de la Libertad coincide con la cadena puesta por la policía para que los inmigrantes no pasen a tierra sin quedar antes detenidos por unos cuantos días en Ellis Island o arribar como turista a los aeropuertos de Miami o al JFK en Nueva York y tener que sufrir las humillantes filas impuestas por el Departamento de Migración con las consiguientes revisiones físicas y de documentos que se deben pasar ante la autoridad omnipotente de un policía uniformado, un aterrorizador uniformado que se cree agente en la “guerra contra el terrorismo” y se especializa en sospechar de los rostros morenos.

 

La patria no es necesariamente el lugar que puede perderse o se quiere recuperar sino también, a veces, una pesadilla en marcha. Los judíos han ¾hemos¾ demostrado que la patria es móvil, va con uno, a veces como libro o como repertorio de chistes. El exilio no es verse forzado a “perderse en la traducción” sino que la traducción duplica los paisajes, los pone en relieve, los hace multidimensionales. La obra, al traducirse, se enriquece y muestra posibilidades insólitas, incluso la de ser viable porque solo en lengua extranjera podría haber nacido.[6] La nueva lengua y los nuevos paisajes y los impensados giros verbales, al igual que todo arte, hacen lugar a la imaginación, a mundos potenciales, a realidades alternativas, a la quiebra de las convenciones, al ablandamiento del metal de las rejas de la prisión. Una vez que se las ha atravesado se hace irreversible: no el tiempo, caro a Jankelevich,[7] el pensador de la nostalgia, sino el espacio: no se puede volver atrás, al monolingüismo originario. A veces no hay nada hogareño en el suelo natal y uno se siente más “en casa” cuando se es un expatriado o, incluso, un apátrida, un caracol que nació en Ítaca y viaja por los mares sin llevar pasaporte ni “visados”. Muchos argentinos que hemos optado por vivir en México, los mexargentinos, conocemos bien de los encantos y los horrores de la patria que dejamos, de los encantos y los horrores de la patria que nos alberga. La doble pertenencia y la doble ciudadanía es nuestra elección y la asumimos con orgullo. La vida está donde estamos.

 

Habría que decir algo más sobre esta palabra que hemos debido inventar para seguir con este discurso. La exostalgia, ese dolor de los huesos, esa anticipación de las angustias de un posible regreso, es la añoranza, el anhelo, el deseo, por lo foráneo, lo exterior, lo desconocido o lo que se intuye a partir de informaciones; una esperanza focalizada en el exotismo y en las experiencias sensoriales nunca tenidas. Una fantasía de atravesar límites y fronteras. Habrá que tener en cuenta que la ostalgia tiene un sentido adicional en el vocabulario político  contemporáneo y no se refiere a los huesos del esqueleto sino al Öst (este, en alemán), el sentimiento de pesadumbre de los antiguos habitantes de Alemania Oriental (DDR) y otros países del este que añoran la vida bajo el régimen comunista. Esa fantasía encontró una manifestación emblemática en el filme Good Bye, Lenin (W. Becker, 2003) donde se monta para una abuela enferma la ficción de que el régimen de Ulbricht sigue en el poder. Bien se sabe que hay una industria de suvenires del comunismo: uniformes, fragmentos del muro de Berlín, medallas militares, emblemas del partido comunista, infames objetos de consumo que eran ersatz de sus equivalentes occidentales, automóviles flatulentos que dejan una estela de aceite quemado por donde pasan, discos y libros, estatuillas de obreros con el puño en alto, etc. Esa es nostalgia convencional, no la exostalgia de la que hablamos y que puede impulsar a ciertos excéntricos a emigrar a países hoy en apariencia desfavorecidos como Cuba, Senegal o Myanmar. Ya lo hemos dicho: impera en nuestro tiempo de gadgets tecnológicos una nostalgia de la nostalgia que se pudo sentir antes, cuando lo exótico era difícil de conseguir. Es por eso que siempre se renueva una moda retro que corre tras los edificios derrengados, las ruinas en construcción, las antigüedades sin valor estético pero deterioradas con el tiempo. Exostalgia era la del filatelista, nostalgia es la del comprador de discos de 78 rpm que goza con el rasgar de la aguja sobre una superficie de baquelita. No siempre la diferencia es clara. ¡Cuántos hay que han dejado de ser turistas pues lo que antes buscaban afuera se consigue hoy en cualquier supermercado o se compra por internet y se despacha a domicilio sin tener que pasar por la torturante monotonía de los aeropuertos!

Quedarse y salir al ancho mundo. Descubrir culturas, lenguas. Eso que es propio de un país como el nuestro, la Argentina, formada por inmigrantes y luego por estos hijos de inmigrantes que por razones políticas y económicas deben irse del país a buscar un nuevo horizonte. La enriquecedora experiencia del desarraigo. Armar o desarmar las valijas. Frida Saal y yo dijimos al llegar a México aquel 27 de diciembre de 1974: “Seremos tan mexicanos como nos dejen”.

 

De los pueblitos pampeanos General Dehesa, Bell Ville, a la pequeña ciudad (Río Cuarto), a la “gran” ciudad de Córdoba donde pasan cosas, donde hay varios cines, varios diarios y se dan conferencias, conciertos, etc., y de ahí a los ambientes inmensos de México, su historia, su cultura, sus tradiciones.

 

Uno está donde el otro le indica pero sabe que no está ahí. Narraré un elocuente episodio de reciente data. Me piden una nota para la edición argentina de NEWSWEEK (es por el pedido que me entero de su existencia) en relación con el síndrome de ‘hubris’ o ‘hibris’. Resulta que un famoso conductor de televisión, que además es médico, ha dicho que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debía cuidar su salud mental porque sufría de un síndrome de hubris y el director de la revista considera que, por haber publicado un libro sobre las clasificaciones psiquiátricas, tendría un comentario sobre ese “diagnóstico”.

 

Mi respuesta sobre el tal síndrome de envidia, de idiotez o de hubris como parte de la medicalización de la sociedad puede ser leída en el blog: http://www.nestorbraunstein.com .

Me veo sorprendido por la reacción de una lectora argentina de quien, por piedad, ocultaré el nombre aunque mantendré su redacción y su ortografía. Esta carta a Newsweek es un documento más de aquello que lo conduce a uno a persistir siendo quien es. Y en cuanto a mi ancianidad como argumento para descalificarme no me queda reconocer que en efecto así es y que la única cosa peor que llegar a viejo es no llegar. Larga vida, pues, a quien me impugna.

 

Comentario:

El doctor que escribe esta donde ataca gratuitamente a otro profecional y lo desacredita, cuando hace que falta del pais ?, porque se fue ?, es jodido ser Argentino, igualmente me siento orgullosa de serlo, pero el tiempo y la distancia nos quitan objetividad y muchas veces derechos y para perder tambien la elegancia en mi caso opino que la edad muchas veces nos juega en contra y terminamos la vida hablando pabadas, esa es otra enfermedad que se llama ancianidad. Perd’on.


[1] Bastará con una referencia: M. von Tilburg, Ad Vingerhoets y G. von Heck, “Homesickness: A Review of the Literature”, Psychological Medicine, (26), 1996, pp. 899-912 y la obra colectiva de los mismos autores: Psychological Aspects of Geographical Movements [1997], Amsterdam, Amsterdam University Press, segunda edición, 2005.

[2] K. Jaspers [1909] “Heimweh und Verbrechen” (Nostalgia y criminalidad), citado por Elisabeth Bronfen, ‘Turnings of Nostalgia: Sigmund Freud, Karl Jaspers, Pierre Janet’. En The Knotted Subject: Hysteria and Its Discontents, Princeton, Princeton University Press, 1998, pp. 243-89.

[3] La sabiduría de la lengua hace que la palabra huésped tenga el doble sentido, a veces antitético, por cuanto designa a quien se aloja en casa ajena como a quien brinda la hospitalidad. “Este año Londres es la ciudad huésped de los Juegos Olímpicos”.

[4] Un ejemplo viene al caso: en Argentina y Uruguay el trato de confianza entre las personas se manifiesta en el “voseo” que implica otra manera de conjugar los verbos. En España y en México se usa el “tú”. El visitante o el exiliado tiene la opción: “vos sos” o “tú eres”. Cada vez que se habla se manifiesta la elección de un tipo de relación con el país al que se llega por la polaridad entre la asimilación y el sostenimiento de la diferencia. Lo mismo sucede con la segunda persona del plural entre los americanos y los españoles: “ustedes” para los primeros, “vosotros” para los segundos y la consiguiente conjugación de los verbos. Sintomático es también el uso de expresiones francesas o inglesas o latinas en medio del discurso corriente en español.

[5] M. Kundera, La ignorancia, cit., pp. 21-23.

[6] N. A. Braunstein, Traducir en psicoanálisis. Traducción, interpretación y transferencia. México, Paradiso, 2012.

[7] V. Jankelevich, L’irréversible et la nostalgie, París, Flammarion, 1974.

2 thoughts on “NOSTALGIA Y EXOSTALGIA DE LOS MEXARGENTINOS

  1. Óscar says:

    Sobre el tema de la nostalgia estoy interesadísimo. Yo soy una persona con mucho sentido del apego sentimental a objetos (colegio de mi infancia, casa de mi infancia, objetos…); soy un fan de Marcel Proust y su Búsqueda del tiempo perdido (especialmente: “Por el camino de Swan”). La evocación de los recuerdos es un asunto que me apasiona y me obsesiona. Creo que también puede estar relacionado con mi carácter más bien depresivo.

    No sé si alguien (incluido el Profesor Néstor Braunstein) podría sugerirme tratados de psicología, psiquiatría, psicoanálisis… que aborden este tema. Si viviera en México, acudiría a la consulta del Dr. Braunstein (pero soy de España), porque cuando he consultado con algún médico, la mayoría me ponen cara de no saber ni de qué estoy hablando (ya sabemos, hoy día para ser psiquiatra basta con llevar el DSM-4 bajo el brazo).

    Me gustó mucho la conferencia del Profesor Braunstein sobre “Trauma y nostalgia”, cuyos esbozos encontré en internet. También he encontrado páginas interesantes sobre la nostalgia en un artículo del psicoanalista Enrique Probst (“Nostalgia y depresión”).

    Por favor, si alguien me puede aconsejar textos o alguien que aborde el tema de la nostalgia en profundidad, lo agradecería mucho.

    Un saludo.

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