FIBROMISTERIA – VIDEOCONFERENCIA EN LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA ARGENTINA (APA)

El 12 de noviembre fui invitado a pronunciar la primera videoconferencia interactiva que se realizaría en la Asociación Psicoanalítica Argentina, la más antigua de las instituciones psicoanalíticas en Latinoamérica, fundada en diciembre de 1942 por personalidades para mí inolvidables como Marie Langer, Enrique Pichon Rivière, Angel Garma, Arnaldo Rascovsky y otros. Mi alocución debía integrarse en el marco de un simposio de la Asociación titulado “Cuerpos y sexualidades contemporáneas”. Elegí un tema clínico que es un misterio para la mayoría de los médicos. A él, como a todo misterio, se le ha asignado un nombre: se habla de fibromialgia. Mi texto, volviendo a los orígenes del psicoanálisis, pretende dar cuenta del enigma con otro neologismo: “Fibromisteria”. Será publicado por la Revista de la Asociación Psicoanalítica Argentina en 2014 y, con autorización del Comité de Redacción y de la presidenta, la buena amiga Leticia Glocer de Fiorini, puede leerse a continuación

FIBROMISTERIA

Néstor A. Braunstein*

Palabras claves: fibromialgia, misterio, histeria, neurastenia, neurosis actual, hipocondría.

¡Novedad! Desde hace poco tiempo, menos de 25 años, un fantasma recorre los consultorios del mundo entero. Esta misteriosa entelequia es conocida con el nombre de fibromialgia (FiMi, para nosotros) y los especialistas en reumatología discuten si es una enfermedad o un síndrome; todos ellos coinciden en considerar que es incapacitante aunque no afecta la longevidad. ¿Enfermedad? Para llamarla “enfermedad” se requiere que sea un sufrimiento cuya etiología se conoce o/y cuya anatomía patológica puede comprobarse o puede identificarse por marcadores objetivos (radiológicos, histológicos, de laboratorio) que confirmen la presencia o ausencia del “trastorno”. Nada de eso sucede con la FiMi y ésa es una de las razones por las cuales se la rebaja a la categoría de “síndrome”. También ese estatuto es debatible pues la dignidad del síndrome exige que el conjunto de signos y síntomas descriptivos que se reúnen tengan una fisiopatología común… y nada se sabe ni nadie sabe de la fisiopatología de la FiMi. Se especula con que ciertos neurotransmisores, por defecto o por exceso o por mala distribución, deben estar involucrados. Pero saber, lo que se dice saber, no se sabe nada. ¡Misterio! Misterio inescrutable.

Llama la atención que una dolencia (digamos dolencia que es una buena palabra descriptiva y no compromete como lo hacen las ya mentadas de síndrome y enfermedad), una dolencia tan difundida, un mal que las estadísticas indican como el diagnóstico más favorecido hoy en día en reumatología, una condición que, según dicen, afecta al 2.4 % de los españoles, al 2 % de los norteamericanos a los 20 años y hasta al 8 % de ellos al llegar a los 70, haya debido esperar ¡y hasta 1980! para ser definida y diagnosticada como tal. Por supuesto, todos admiten que siempre hubo mucha gente quejándose por sufrir dolores difusos en músculos y tendones y quejándose de astenia, trastornos del sueño e irritabilidad junto con otras penurias en diferentes o en todos los órganos del cuerpo. También desde siempre y mucho antes que llegasen desde Hungría los Balint, Michael y Enid se supo que la mayoría de las consultas a los médicos acababan por ser diagnosticados como “trastornos funcionales”, “subjetivos”, sin etiología conocida, sin manifestaciones objetivas, más o menos incapacitantes, que arrojaban resultados “negativos” a la exploración y que inducían a los especialistas a concluir que esos pacientes “no tenían nada”, es decir, que no presentaban los rasgos de ninguna enfermedad y por eso no quedaba más recurso que tratarlos con medicaciones sintomáticas y recomendaciones higiénicas o dietéticas.

La historia de las designaciones hasta llegar a la actual de FiMi  es extensa para estos “enfermos imaginarios” ridiculizados por Molière junto a sus médicos: hipocondríacos, psiconeuróticos, histéricos, neurasténicos (Beard: american nervousness, desde 1869), síndrome de Briquet (Paul Briquet, 1880), neurosis actuales (Freud, 1898, para reunir a la neurastenia, la neurosis de angustia y la hipocondría), “distonías musculares” de diferente cuño, “síndrome de fatiga crónica” (¡o hasta “encefalomielitis miálgica” atribuida a un virus nunca encontrado y sin lesiones encefálicas!), etc.

Es menester destacar, para nosotros y entre nosotros, el antecedente de las “neurosis actuales”, distintas de las psiconeurosis “de defensa”, postuladas por el primer Freud, que derivarían de una causa somática, no serían subsidiarias del método psicoanalítico y obedecerían a un trastorno metabólico de supuestas toxinas sexuales, efecto de prácticas sexuales “incorrectas” como la masturbación o el coitus interruptus). Estas híbridas “neurosis actuales” dieron lugar después a la noción de “somatizaciones” distintas de las conversiones histéricas y a toda una nueva “especialidad” de la medicina que hizo furor después de la muerte de Freud (quien nunca usó el término), en la segunda posguerra y se llamó “medicina psicosomática” cuando, como puede leerse aun en textos clásicos, por ejemplo, el de Otto Fenichel, se distribuían generosamente “interpretaciones” de las quejas corporales sobre la base de una supuesta analogía entre la histeria de conversión y esas “enfermedades de etiología desconocida” como la úlcera, el asma, la hipertensión, las alergias, la psoriasis, los trastornos gastrointestinales, etc., incluyendo, claro está, y en un lugar de privilegio a los pacientes que llenan los consultorios de reumatología con sus quejas por dolores peregrinos, crónicos e inmanejables, los FiMi de nuestro tiempo. Aun ahora funciona una Sociedad Norteamericana de Medicina Psicosomática que publica desde 1939 un Journal of Psychosomatic Medicine del que ha desaparecido la referencia al psicoanálisis, que era, al principio, consustancial con la revista. Es experiencia común para todo psicoanalista sobrio la de escuchar a otros que lo son menos y que “interpretan” manifestaciones corporales de raigambre desconocida como el cáncer o el vitiligo de cualquiera. Muchas veces son los pacientes mismos, inoculados con el virus psicoanalítico, los que consideran que sus padecimientos o los de sus conocidos pueden ser referidos a causas psicológicas o conflictos vitales cuando no recurren a juegos de palabras deleznables y chapuceros como el de ligar la bronquitis con la “bronca”. Son modalidades del psicoanálisis salvaje. No es cuestión de caer en ese vicio a propósito de las FiMi pero tampoco podemos dejar de estar atentos a la eventual relación entre el dolor fibromuscular y el peso, el dolor, la carga de la existencia vitalicia y mortificante en la cárcel de un cuerpo y en el laberinto de un mundo de discursos con pretensión científica que la medicina de las evidencias tiende a ocultar al mismo tiempo que los produce a chorro continuo.

Nos movemos en territorio de sobra conocido aunque a veces nos olvidemos de ello. Contrariamente al lugar común tan difundido por culpa del mismo Freud, el psicoanálisis no arranca con el caso muy discutible de “histeria” que trataron Breuer y Freud, el de Bertha Pappenheim visto por el primero de ellos en 1882, sino… con un caso que responde por completo al actual marbete o morbete de… ¡fibromialgia! ¿No dice Freud (O. C. vol. II, p. 154) que

“en este, el primer análisis completo de una histeria que yo emprendiera [en 1892], arribé a un procedimiento que luego elevé a la condición de método e introduje con conciencia de mi meta: la remoción del material patógeno estrato por estrato, que de buen grado solíamos comparar con la técnica de exhumación de una ciudad enterrada”?

Ese es el caso de Elisabeth von R. (cit., pp. 151-194) que responde plenamente a los criterios de la O. M. S. para el diagnóstico de “fibromialgia” (permanencia por más de tres meses y multiplicidad de los puntos dolorosos). La “joven dama” (de 24 años) llevaba quejándose desde hacía más de dos años de grandes dolores al caminar, de una fatiga incoercible cuando lo hacía y de dificultades para la marcha. La hiperalgesia de la piel y especialmente de los músculos se registraba a todo lo largo de ambas piernas, era de intensidad variable y no se acompañaba de signos o síntomas que permitiesen sospechar una afección orgánica “más seria” (p. 152). Su forma de expresarse no era la de un enfermo orgánico y tampoco la de un neurasténico que, al ser estimulado en la zona afectada, “se sobresalta, se sustrae del examen, se defiende”. No; Elisabeth no sufría sus dolores; los gozaba. Freud propone aquí la más clara exposición, a la vez que la primera, del éxtasis doloroso. El lector se ve invitado a pensar en Bernini, en santa Teresa y en la beata Ludovica:

“Cuando en la señorita von R. se pellizcaba u oprimía la piel y la musculatura hiperálgicas de las piernas, su rostro cobraba una peculiar expresión, más de placer que de dolor; lanzaba unos chillidos ¾yo no podía menos que pensar: como a raíz de unas voluptuosas cosquillas¾, su rostro enrojecía, echaba la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos, su tronco se arqueaba. Nada de eso era demasiado grosero, pero sí lo bastante nítido y compatible con la concepción de que esa dolencia era una histeria y la estimulación afectaba una zona histerógena” (p. 153).

Aunque este caso de 1892, el de Elisabeth, es el primero que Freud presenta como íntegramente analizado, el meollo de la fibromialgia ya había sido registrado en el caso anterior de los Studien, el de 1889, de la paciente llamada Emmy von N., de 40 años de edad, en lo que fue “mi primer intento de manejar este método terapéutico” (la hipnosis) que Breuer había ensayado con “Anna O.”. Emmy había relatado a Freud “la historia de sus dolores en las piernas con parálisis bilateral y pérdida de la sensibilidad. Algo similar sucedía con los dolores en el brazo que, principiaron, simultáneamente con los calambres en la nuca, mientras cuidaba a un enfermo y se acompañaban de rigidez y enfriamiento doloroso en las extremidades, incapacidad para hablar y postración total” (p. 91) Aquí agrega Freud una larga nota de pie de página que es esencial para nuestro tema:

“Por lo que toca a los dolores en brazos y piernas, pienso que estamos frente a un caso no muy interesante, pero tanto más frecuente de determinismo por una conexión casual. Es probable que en aquel período de emoción al cuidar enfermos ella sintiese, a consecuencia del agotamiento, esos dolores con mayor intensidad que la ordinaria (…) Es probable que los dolores fueran en su origen reumáticos, o sea (para dar un sentido preciso a este término, del que tanto se abusa), dolores que tienen su principal sede en los músculos y a consecuencia de los cuales se registra una significativa sensibilidad a la presión y una alteración de la consistencia de estos, que se exteriorizan con la mayor violencia tras un reposo o fijación más prolongados en la extremidad, vale decir, por las mañanas; mejoran al practicar los movimientos dolorosos, y desaparecen por masaje. Estos dolores miógenos [¡fibromialgias!], frecuentes en todas las personas, alcanzan gran significación en los neurópatas; con el aval de los médicos, que no tienen el hábito de examinar los músculos con la presión digital, aquellos suelen considerarlos nerviosos y brindan el material para muchísimas neuralgias histéricas, llamadas isquialgias, etc. [las FiMi de hoy] Señalemos aquí sumariamente los nexos de esta afección con la predisposición a la gota. (…) Yo no lo sé; por entonces no tenía práctica en apreciar este estado de los músculos” (p. 92).

Volviendo al caso princeps del psicoanálisis, el de Elisabeth von R., nos encontramos con el doctor Freud estudiando con una fina semiología médica a su paciente antes de restringirse al solo medio de la palabra:

“La consistencia de los músculos doloridos en la señorita von R. no contradecía este supuesto; se encontraban muchos tendones duros en las masas musculares, y además parecían particularmente sensibles. Lo probable, entonces, era que hubiera sobrevenido una alteración orgánica de los músculos en el sentido indicado, en la cual la neurosis se apuntaló [Anlehnung ¾ étayage – de la pulsión sobre el organismo y sus necesidades] haciendo aparecer exageradamente grande su valor. También la terapia partió de la premisa de que se trataba de una enfermedad mixta”. (p. 153) [psicosomática, podría decirse]

Freud recurrió en este caso a las descargas eléctricas con un aparato de faradización y a masajes en los músculos sensibles

“a pesar del dolor que ello producía, y yo me reservé el tratamiento de las piernas con intensas descargas eléctricas, a fin de poder mantenerme en relación con la paciente. A su pregunta de si debía obligarse a caminar, respondí con un “Sí” terminante”. Acota: “Así obtuvimos una mejoría leve. Muy en particular, parecían entusiasmarle los dolorosos golpes de la máquina inductora, y cuanto más intensos eran, más parecían refrenar sus propios dolores”. (p. 154)

Las descargas eléctricas la hacían sujeto de un goce sustitutivo de otros de los que estaba privada por respeto a su conciencia moral y a las convenciones. El caso que estudiamos anticipa cuanto el psicoanálisis vendría a descubrir posteriormente y denuncia por adelantado las falencias y la falibilidad de la medicina contemporánea en este pregonado mal de la FiMi y de la “psicosomática” en general. Sabemos así del goce y de la lógica fálica que se pone en juego mediante la estrategia de la “enfermedad”.

Recordemos: la salud de la madre de Elisabeth se quebrantó por estados nerviosos y ella, la hija menor, “por eso”, se apegó de manera particularmente estrecha a su padre, hombre alegre y dotado de la sabiduría de vivir, quien solía decir que esa hija le sustituía a un hijo varón (eran tres hermanas) y a un amigo con quien podía intercambiar ideas.

“En la misma medida en que la muchacha obtenía incitación intelectual de ese trato privilegiado, no se le escapaba al padre que su constitución espiritual se distanciaba de la que el común de la gente gusta ver realizada en una joven. La llamaba en broma “impertinente” y “respondona”, la ponía en guardia frente a los juicios demasiado tajantes, a decir la verdad a los demás sin consideración alguna; y solía pensar que le resultaría difícil encontrar marido. De hecho, ella estaba harto descontenta con su condición de mujer; rebosaba de ambiciosos planes, quería estudiar o adquirir formación musical, se indignaba ante la idea de tener que sacrificar en un matrimonio sus inclinaciones y la libertad de su juicio. Entretanto, vivía preciándose de su padre, del prestigio y la posición social de su familia, y guardaba con celo todo cuanto se relacionara con esos bienes”.  (p. 155-156)

El resto de la historia es bien conocida por los freudianos fraguados en la lectura del fundador: el padre murió, la hermana mayor se casó, Elisabeth sintió celos y luchó contra su cuñado supuestamente en defensa de los intereses de su madre, no podía perdonar a su hermana la docilidad para con su marido, sintió su “impotencia para ofrecer a la madre un sustituto de la dicha perdida” (p. 157), soportó el matrimonio de la segunda de sus hermanas y, dos años después de la muerte del padre, fue presa de los intensos dolores en las piernas e impotencia para mantenerse en pie y caminar que acabaron llevándola hasta el consultorio de Freud. “Fue la enferma de la familia”, dijo él. (p. 158). La segunda hermana murió por una complicación obstétrica y el cuñado viudo se alejó de la familia. Tal era,

“pues, la historia del padecimiento de esta muchacha ambiciosa y necesitada de amor. Enconada con su destino, amargada por el fracaso de todos sus planes de restaurar el brillo de su casa; sus amores, muertos los unos, distantes o enajenados los otros; sin inclinación por refugiarse en el amor de un hombre extraño, vivía desde hacía un año y medio, casi segregada de todo trato social, del cuidado de su madre y de sus dolores. (…) Uno, situándose en la vida anímica de esta muchacha no podría denegarle una cordial simpatía humana. Pero ¿qué diremos sobre el interés médico por este historial clínico, sobre sus vínculos con las dolorosas dificultades para caminar, sobre las perspectivas de esclarecimiento y curación que acaso habrían de resultar de las noticias acerca de esos traumas psíquicos?” (p. 159).

Freud confiesa una cierta decepción ante la trivialidad de la conclusión a la que llega: el dolor anímico se enlazaba con el dolor en la musculatura y en su memoria la sensación corporal funcionaba como símbolo de la anímica”. Sin embargo, señala la singularidad de este puente verbal al que los médicos no prestaban atención; a ellos les bastaba y se quedaban muy contentos con señalar que la enferma era una histérica. (Pregunto: ¿Progresamos algo si hoy los reumatólogos dicen que es una “fibromiálgica”, ahora que la histeria ha sido proscripta del vocabulario médico?) Freud capta lo esencial del caso, sin embargo, cuando lo refiere al goce de la paciente al mostrarle su impotencia, la del médico:

“Ella no cesaba de repetir al médico: ‘Estoy cada vez peor, tengo los mismos dolores que antes’ y, al decírmelo, me arrojaba una mirada entre astuta y maliciosa” (p. 160).

Poco después leemos con asombro un párrafo que se transformaría en lugar común del psicoanálisis: los órganos hablan, participan del diálogo analítico.

“Las piernas dolorosas empezaron a “responder” [mitsprechen ¾ hablar con] siempre a nuestros análisis (…) el dolor subsistía mientras el recuerdo gobernaba a la enferma, alcanzaba su apogeo cuando estaba en vías de declarar [auchsprechen expresar en el discurso] lo esencial y decisivo de su comunicación y desaparecía con las últimas palabras que pronunciaba (…) Cuando ella enmudecía, pero todavía acusaba dolores, yo sabía que aun no lo había dicho todo y la instaba a continuar la confesión hasta que el dolor fuera removido por la palabra [wegsprechen ¾ arrojado, mandado vía]” (p. 163)

A Freud no se le escapa que la frecuente incidencia de estos cuadros de dolor ósteomuscular necesita ser explicada pero no duda en atribuir esa localización a que se trata de los dolores “más comunes y difundidos de la humanidad y por eso parecen llamados a desempeñar un papel en la histeria”. (p. 187). Los excesos en el trabajo físico, las cargas de bultos pesados, los movimientos forzados de una extremidad, los esfuerzos máximos en actividades deportivas, las conexiones lingüísticas emparentadas: sufrir el peso de la responsabilidad, llevar sobre los hombros, esforzarse por, cargar con las vidas de quienes no pueden andar solos, agacharse y doblar el lomo, etc., son formas de hablar que indican el camino de la histeria de Elisabeth y de la mayoría de los fibromiálgicos que atosigan los consultorios y los gimnasios de yoga. Por eso puede citar con certero desparpajo el epigrama de Lessing después de formular su advertencia:

“Si alguien se asombrase por este enlace asociativo entre dolor físico y afecto psíquico considerándolo demasiado múltiple y artificioso, yo respondería que ello es tan injustificado como manifestar asombro por el hecho de que “en el mundo sean justamente los más ricos los que poseen la mayor cantidad de dinero”. (p. 188)

La conclusión, la “epicrisis” del caso es de sobra conocida pero no por eso dejaremos de citarla aquí, ya que se expresa de manera diáfana el problema de la relación entre la FiMi de la medicina de hoy, aquella con la que y discutía Freud evocando su propio pasado, y la “histeria” de los clínicos tradicionales.

“No he sido psicoterapeuta siempre, sino que me he educado, como otros neuropatólogos [o reumatólogos agreguemos], en diagnósticos locales y electroprognosis, y por eso a mí mismo me resulta singular que los historiales clínicos por mí escritos se lean como unas novelas breves, y de ellos esté ausente, por así decir, el sello de seriedad que lleva estampado lo científico. Por eso me tengo que consolar diciendo que la responsable de ese resultado es la naturaleza misma del asunto, más que alguna predilección mía; es que el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no cumplen mayor papel en el estudio de la histeria, mientras que una exposición en profundidad de los procesos anímicos como los que estamos acostumbrados a recibir del poeta me permite, mediando la aplicación de unas pocas fórmulas psicológicas, obtener una suerte de intelección sobre la marcha de una histeria. Tales historiales clínicos pretenden que se los aprecie como psiquiátricos, pero en una cosa aventajan a estos: el íntimo vínculo entre historia de padecimiento y síntomas patológicos, que en vano buscaríamos en las biografías de otras psicosis”. (p. 174)

Por estas razones propongo que el caso de Elisabeth von R. sea considerado como el caso princeps de la fibromialgia así como el precursor del tratamiento analítico que Freud modificaría después al cambiar del método de la presión sobre la cabeza y la incitación a hablar de los temas que él indicaba por el método de la asociación libre y su contrapartida, la atención libremente flotante del analista. No es casual que en esta paciente de 1892 coincidiesen ambas cosas y se manifestasen dos maneras de entenderla. La de la medicina de hoy es la que Freud tuvo que superar (“electroprognosis y diagnósticos locales”); él tuvo que entender el lugar de la enfermedad y de la incapacidad en la vida de sus pacientes y también el goce oculto en el sufrimiento y en la queja que se reproduce en el diálogo con el médico mismo.

En el campo del psicoanálisis estas “patologías psicosomáticas” tuvieron enorme ascendencia y se elaboraron complicadas construcciones teóricas para dar cuenta de lo que Lacan, para nada desconocedor de estas dolencias, llamó el “fenómeno psicosomático” sin caer en confusas teorizaciones conjeturales y oscurantistas. El “fenómeno”, es decir, algo que aparece ante la vista pero que no lleva en sí la explicación de su presencia.

En el psicoanálisis francés se adujo un “déficit de fantasmatización” y se argumentó que los pacientes con estos cuadros clínicos eran incapaces de imaginarizar sus conflictos. Por eso ellos se manifestaban en lo real del cuerpo como una suerte de “psicosis localizada”. Los norteamericanos notaron la simultaneidad entre estos fenómenos inexplicables, inexplicados, y los “trastornos de la personalidad”. Una vez que acordaron con los psiquiatras la exclusión de la histeria de sus manuales de clasificación se plegaron a designaciones cientificoides como la de “trastorno somatiforme” que rozan el ridículo cuando no caen estrepitosamente en él. Fueron numerosos los que dijeron que esta “patología” iba acompañada de depresión y ansiedad por lo cual se dedicaron con entusiasmo a inundar con sustancias “ansiolíticas” y “antidepresivas”, recomendadas por la industria farmacéutica, a los pacientes que veían cómo sus molestias, “de causa nerviosa” recibían preparados compuestos formados por la adición de una benzodiacepina o un tricíclico con un “regulador neurovegetativo”, un antiácido o un miorrelajante más, y, si venía al caso ¾o si no venía¾ un preparado vitamínico o un corrector del “metabolismo cerebral”.

No se tardó en ver que los diagnósticos de “trastornos psicosomáticos” y, más recientemente el de FiMi, servían para producir beneficios secundarios, para escudarse bajo un diagnóstico médico relativamente prestigioso y obtener así ventajas laborales, coartadas para ausencias, retrasos y vacaciones, medicación psicotrópica continua, legal y subvencionada por el estado y las compañías de seguros; del mismo modo en que, antaño, las eclosiones de la histeria permitían y estimulaban el mantenimiento de una sintomatología que nada tenía de simulación sino que encubría la insatisfacción vital, el rechazo de la sexualidad y la renuncia pulsional. Estos pacientes recorrían infructuosamente consultorios, laboratorios y hospitales, acumulaban radiografías y exámenes con resultados “negativos” y podían, periódicamente, entusiasmarse con médicos que “esta vez sí” dieron en el clavo de lo que les aquejaba. La enfermedad no diagnosticada o recubierta por un rótulo encubridor del malestar en la cultura, del malestar con el Otro (como sucede, de manera ejemplar, en la FiMi) se transformaba en un modo de vida y permitía que el sujeto deambulase buscando la figura maternal o paternal de un médico desconcertado que trataba de responder, desde el lugar del amo a las quejas que la tradición charcotiana y freudiana había aprendido a calificar como histéricas. Los pacientes se sometían a  los placebos, las cirugías plásticas o plastificantes, los regímenes dietéticos más o menos dictatoriales, las prohibiciones de esto y aquello, el ejercicio físico ¾que nunca venía mal¾, los chequeos permanentes, etc. que daban acceso al dispositivo médico y justificaban el llamado a la compasión del prójimo a causa de la “enfermedad”, eludiendo la pregunta por la responsabilidad subjetiva en esa vida mostrenca que de manera inconsciente se imponía a los cuerpos atormentados por el dolor.

Los psicoanalistas no dejaron de advertir, ya desde Freud en la “Introducción del narcisismo”, de qué manera la hostilidad, las racionalizaciones de la impotencia y la identificación con el agresor se transformaban en una autoagresión localizada en ciertos órganos a los que había que vigilar, controlar y contener manteniéndolos dentro de parámetros “normales”. Órganos que debían ser tratados como delicados bebés que exigen cuidados incesantes, que lloran y gritan, que piden auxilio, y que acaban siendo perseguidores internalizados, erotizados por el estancamiento libidinal, charcos putrefactos y entumecidos en el cuerpo, sedes de un goce insólito e incógnito por debajo de los huesos y costillas (hipo-condría).

En esas condiciones la vida se hace miserable (lousy, shitty). La queja se internaliza y el goce es autocompasivo cuando se aspira a la indulgencia en razón de la impotencia localizada en los músculos y manifestada como fatiga física y mental. La definición lacaniana de la depresión como una forma de la cobardía se hace más diáfana en el caso de la presunta FiMi. Sobra decir que estamos ante una posición subjetiva de la que el sujeto es responsable y que no puede confundirse con la simulación o el fingimiento. Los dolores son reales pero, así como en la melancolía el sujeto no sabe qué es lo que ha perdido, en la FiMi el sujeto no sabe qué es lo que le duele aun cuando pueda poner el dedo encima y ninguna terapia cognitivo-conductual podrá absolverlo de su culpabilidad inconsciente. El dolor se goza a nivel del cuerpo y es, a la vez, pago realizado en la cuenta del infatigable cobrador que es el superyó.

Hay un punto que define las distancias y los límites que separan a la medicina contemporánea y el psicoanálisis. En tanto la primera diagnostica a la FiMi por la ausencia de elementos positivos que avalen ese veredicto, el psicoanalista reconoce la subjetividad histérica precisamente por los elementos positivos que se manifiestan en la relación transferencial, por la forma en que los dolores (mialgias, mis algias) se expresan en el discurso y se convierten en una demanda hecha al Otro.

Por fortuna se han olvidado desde hace más de un siglo las referencias a las “neurosis actuales” producidas por una sexualidad mal vivida pero sigue siendo válido detectar en ciertas modalidades fallidas del encuentro sexual la forma más o menos estable en que el sujeto se manifiesta frente al otro del amor. ¿Quién podría padecer de una “neurosis actual” que no brote en el jardín abonado por una neurosis de transferencia asentada en la neurosis infantil y en la constelación edípica? Hipocondría, neurosis de angustia y neurastenia, para nombrar a las tres distinguidas por Freud, no derivan de la masturbación o del coitus interruptus, como él pretendía a finales del siglo XIX, sino que son derivaciones del complejo de castración, modos de relacionarse con el significante fálico tal como se presenta en el campo del Otro y se actualiza en el fantasma que conduce a la inhibición sexual. Es un goce Otro, Otro que el fálico.

Que esta “FiMi” aparezca, dicen los médicos que la tratan, en una proporción que oscila entre 8 a 1 hasta 21 a 1 en mujeres y que la edad de comienzo sea más frecuente entre los 40 y los 60 años ¿no recuerda a las clásicas nociones sobre la histeria, sobre la depresión climatérica, sobre la “somatización”? Pocos son los reumatólogos que se han ocupado de estudiar con sus métodos estadísticos la sexualidad de sus pacientes FiMi, pero aquellos que sí lo han hecho señalan siempre la dispareunia, la frigidez, el recurso a los dolores como modos de mantenerse y mantener alejado a cualquier pareja de toda forma de ejercicio y de satisfacción sexual. Como decía una paciente: “Lo último que mi esposo querría es que yo sufra estos tremendos dolores por darle gusto y lo último que yo querría es tener un marido reprimido e insatisfecho por mi causa. ¡No se imagina usted lo culpable que me siento!”. ¡Qué parecido entre estas frases y las evocadas por Freud en “Duelo y melancolía” cuando aludía a la compasión que el melancólico dice sentir por su pareja que sería digna de piedad por tener que convivir con alguien que sufre tanto sin poder aspirar a nada grato que proceda de ese partenaire deslibidinizado, agarrotado, autor de un persistente “mírame y no me toques porque me duele”, “querría darte gusto pero, ya lo ves, no tengo fuerzas”.

En este contexto no se podrá dejar de lado un aspecto sociológico referido a la inequidad de género. La diferente frecuencia del diagnóstico de FiMi entre hombres y mujeres es un indicador del nivel de insatisfacción con la vida que es asignada a hombres y mujeres y a la forma desigual en que atraviesan por una existencia que es cada vez más opresiva a pesar de los proclamados “avances” de la condición femenina, sometida ahora a la exigencia del trabajo sin una compensación equivalente a la de los hombres, agravada por la responsabilidad de las tareas domésticas en relaciones “consensuales” en donde el contrato matrimonial es cada vez menos frecuente y las cargas de la maternidad se encajan de modo oneroso sobre “los hombros”, “las espaldas”, “los brazos” y “los cuellos” de las mujeres que deben mantener erguidas sus cabezas mientras viven agachadas en el mundo masculino. ¿Cómo no habrían de ser los tejidos musculares, tendinosos y articulares los órganos de choque, los loci minori resistentiae donde se manifiesta de manera más exquisita la sensibilidad ante “la presión” ejercida por el médico sobre esos puntos y donde es más fácil que se cumpla el ridículo requisito de que sean no menos de 11 los sitios de dolor entre los 18 seleccionados por la Asociación de Reumatólogos de los Estados Unidos y eso durante un período de no menos de tres meses? Ese “criterio diagnóstico” fue aprobado a nivel planetario por la Organización Mundial de la Salud en Copenhague en 1992 y muchos discuten acerca del dictamen subjetivo del médico para la decisión positiva o negativa sobre los dolores que nadie puede medir; el diagnóstico queda al arbitrio del paciente y su especialista pues nada se ha establecido acerca de la presión que se debe ejercer para valorar como “efectiva” a la respuesta dolorosa. Algunos hablan de 4 kg mientras que otros protestan por que no se puede evaluar con justeza la intensidad o el tiempo del apretón. Son las impases de la “medicina basada en la evidencia”. Como si los umbrales del dolor no fuesen variables. Como si la resistencia al dolor de una mujer pudiese compararse con la de otra mujer. Como si la presión del dedo del médico no se pudiese sumar a los propios impulsos agresivos y vueltos contra sí misma como destino de la pulsión. Como si el dolor no pudiese ser voluptuoso, única variedad del goce al alcance de la mujer quebrantada.

Los varios casos que nos ha tocado analizar y los que hemos podido conversar con colegas encuentran siempre los mismos hechos fenoménicos, el mismo banal infortunio neurótico del odio o el rechazo del trabajo, de la vida familiar, de una sexualidad sin amor y efectuada por las vías del fantasma masturbatorio. La relación más significativa para muchos de estos pacientes es la que sostienen con su reumatólogo o alergólogo, el encargado de suministrar drogas, acupuntura y consejos disciplinarios para el cuerpo doliente, el que escucha sus aflicciones y los consuela con el diagnóstico de FiMi que está de moda y servirá como coartada para encubrir ese vacío vital, el proveedor con su persona y con sus recetas de los “beneficios secundarios” que mantienen el fibroma de la mialgia. La coincidencia de la frigidez y la histeria es la más vieja conocida de los funcionarios “psi” encargados de tratar las neurosis, psicoanalistas incluidos. Si algo sabemos es que la frigidez no es un problema de la mujer y de su cerebro sino uno de la relación entre esa mujer y los hombres con los que se relaciona en esa relación sexual que no existe. En el plano fantasmático asoman los escenarios de flagelación (mi algia) que responden al deseo de mantener el deseo insatisfecho, motivando la queja incesante acerca de la incomprensión del otro que frustra en el momento mismo en que satisface sus demandas.

El diagnóstico de FiMi refuerza ese estereotipo, ofrece una justificación seudocientífica y permite que se incluya un elemento agravante como es la prescripción de sustancias antiafrodisiacas; así es como debieran llamarse esas drogas que la industria farmacéutica califica como “antidepresivos”. La amitriptilina y la paroxetina, las dos sustancias más empleadas a tal efecto, reforzadas a veces con benzodiacepinas, son mangueras de bombero para extinguir las chispas de excitación sexual y evitar que se propaguen al resto del cuerpo. Los psicoanalistas estamos al corriente de cómo se puede influir sobre el goce del cuerpo modificando esos neurotransmisores que no son los responsables ni de la excitación sexual ni de la FiMi. Son los “transmisores” de mensajes formateados en los laboratorios científicos que tienen sus paradigmas en el alcohol o la cafeína. La falacia biológica tan prestigiosa en nuestros días consiste en pretender que uno tiene sueño por falta de cafeína ya que la cafeína quita el sueño o que uno tiene dolor por falta de aspirina, invirtiendo de tal modo la relación entre el efecto medicamentoso y sus causas. Así, como puede leerse en muchas publicaciones “científicas”, uno estaría aburrido o sería indolente por escasez de dopamina.

Debemos admitir que hay una incompatibilidad radical entre el psicoanálisis y la medicina, cualquiera sea la buena relación que podemos mantener con los funcionarios de la “enfermedad” y el cuidado de los buenos modales que sabemos guardar en los encuentros “interdisciplinarios”. Es que actuamos en dos espacios diferentes y necesitamos delimitar el espacio de “ellos” y el “nuestro”. El de “ellos” es el del cuerpo entendido como organismo, como res extensa. El nuestro es el de las relaciones entre el sujeto y el Otro, el Otro del lenguaje y el otro de la coexistencia conflictiva, el Otro del goce que nos falta. La res gozante. Para la medicina, la FiMi es un enigma que debe resolver estudiando lo que sucede en el sistema ósteomuscular o en el cerebro con los neurotransmisores y los centros del dolor que fosforescen en las centellografías o rebuscando en los genes. Para “nosotros”, psicoanalistas, los síntomas y los lamentos por estos dolores incoercibles provienen del mundo relacional, de las fantasías, del sentimiento de ser golpeado y de las ganas de golpear, de la relación dialéctica y antagónica en la sexualidad entre el deseo del uno y el deseo del Otro, de la imposibilidad de transmitir mediante la palabra la congoja de arrastrarse por la vida con pena y sin el consuelo de metas por alcanzar.

Permítanme afrontar el riesgo de afirmar que la FiMi es el trastorno por la intolerancia al cuerpo propio y al cuerpo del otro, una especie de enfermedad autoinmune en la cual el cuerpo reacciona contra sí mismo. El sujeto no puede escuchar su propia voz porque el organismo en el que tiene que vivir grita y lo ensordece. Autismo y autoerotismo son términos idóneos para calificar este aislamiento con relación al otro de la palabra y del amor que podría sustituir a la ausencia de la relación sexual. La FiMi, la fibromisteria, es la enfermedad del uno encerrado en la jaula corporal y divorciado del otro y de los pactos simbólicos de intercambio. El apalabramiento de ese goce álgido es la única palanca capaz de fracturar el muro del lenguaje, de romper las rejas y hacer que el deseo condescienda al goce.

 

* Profesor de posgrado en las Facultades de Psicología y de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Doctor en medicina. Psicoanalista. Pionero de la enseñanza de Lacan en México. Entre sus obras: Psicología: ideología y ciencia (1975) Freudiano y lacaniano (1994) El goce. Un concepto lacaniano (París, Sâo Paulo, México) 1990 y 2006). Las más recientes: El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista (2012), Traducir el psicoanálisis (2012) Clasificar en psiquiatría (Buenos Aires, México, 2013) y, como coautor y coeditor: Freud. A cien años de Tótem y tabú. 1913-2013 (París, Rio de Janeiro, México, 2013).

 

 

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