México – EL UNIVERSAL – Confabulario – Sigmund FREUD y su ahora centenario “Mito científico”

Respondiendo a una gentil invitación para discurrir acerca de los grandes aportes culturales cuyo centenario se conmemoró en 2013, escribí una nota sobre la significación de de Sigmund Freud y propuse ver su relación con los otros tres grandes acontecimientos de 1913: la rueda de bicicleta de Marcel Duchamp, el estreno de “La consagración de la primavera” de Igor Stravinsky y la publicación de “Un amor de Swann”, primer volumen de “La búsqueda del tiempo perdido” de Marcel Proust. El texto del artículo, publicado ayer, 22 de diciembre, entrando ya en la última semana de este año fecundo, puede leerse a continuación.

Sigmund Freud y su hoy centenario “mito científico”
Cuatro grandes obras vieron la luz en 1913, en el mismo año en que se incubaba el huevo de la serpiente de la primera guerra mundial. Cuatro bulldozers que desbrozaron el camino para nuevas sensibilidades y nuevas maneras de vivir y pensar el mundo. Primero: la célebre rueda de bicicleta de Marcel Duchamp, una base o pedestal de madera sobre la que se instala un banco de cocina en cuyo centro está clavada una horquilla de rueda de bicicleta, rueda inmóvil pero que podría girar como un dispositivo óptico; es una obra inclasificable en cuanto al género que los subvierte a todos mezclando y confundiendo lo artístico con lo utilitario. Segundo: Por el camino de Swann, primer volumen de A la búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust, una obra que se cuela por los entresijos del alma y de las pasiones humanas mostrando el esplendor y al mismo tiempo la decadencia de la cultura europea; es el matrimonio poligámico de la literatura, la historia, la filosofía, la sociología y el psicoanálisis mediante una prosa que trastrueca sin retorno el arte de escribir. Tercero: La consagración de la primavera, una música bárbara, insólita, insolente, que parece, tan solo parece, reventar los conceptos tradicionales de armonía y belleza al evocar los excesos orgiásticos de un mundo pagano y sin ley que nunca existió pero que resultaba irritante para los refinados modales de esa alta sociedad que Proust describió y a la que Stravinsky provoca con una audacia obvia, más estrepitosa que en verdad innovadora. Finalmente, un ensayo, un mito histórico, sobre los orígenes, esos que para Engels fueron los de la familia, la propiedad privada y el estado y para Freud son los de la cultura, la religión, la ley y la organización social en torno a divinidades –tótems– a y prohibiciones –tabúes.
Para Sigmund Freud, Tótem y tabú era la más audaz de sus obras. Su aventura intelectual es la empresa riesgosa de aplicar eso que se descubre en el diván, en lo que dice el sujeto neurótico de nuestro tiempo, a la comprensión de la inmensa parábola trazada por la humanidad desde sus orígenes, desde la horda primitiva de la sociedad de los simios hasta la vida política y cultural en la sociedad contemporánea. En su trayecto, el psicoanalista toma en cuenta el saber de los antropólogos de comienzos del siglo XX y lo cuestiona de manera retroactiva, a partir del discurso de los sujetos “civilizados”, es decir, neuróticos, reprimidos en la satisfacción de sus pulsiones, sometidos al sufrimiento de los síntomas que surgen por la imposibilidad de realizar los deseos originados en sus propios cuerpos. ¿Qué encuentra en sus pacientes? La obediencia a oscuras prohibiciones por la anticipación de la culpabilidad que engendraría la transgresión; el castigo que llega antes que el pecado o el crimen y en lugar de ellos. La ley, la prohibición, es la que impide tan siquiera imaginar o pensar la realización del deseo. El descubrimiento de Freud se adelanta a la antropología que se desarrolla después: la ley fundamental de la cultura es la de prohibición del incesto, en particular, del incesto de la madre con el hijo. ¿Quién se interpone entre ellos? El padre. La humanidad se caracteriza por ser la única especie viviente que establece una relación causal entre el coito y el nacimiento de los hijos después de un período variable, alrededor de nueve meses (diez lunas) en nuestro caso. Además, en todas las tribus y culturas se reconoce ese papel fecundante del padre y se sabe calcular con precisión el tiempo que transcurre entre el coito fecundante y el nacimiento. El padre, en consecuencia, es él mismo una consecuencia, una consecuencia del lenguaje hablado, del establecimiento de la relación de causalidad entre el encuentro sexual y el nacimiento infantil y del cálculo que liga el tiempo de los procesos humanos con los sucesos en el cielo, con las lunas y los soles y las estaciones del año.
El padre-tótem es el responsable de la culpabilidad del hijo por sus deseos incestuosos; de ese modo, es quien decreta la imposibilidad de la realización de tales deseos. En él se personaliza el tabú fundamental: el del incesto. Para justificar esta ley universal de la especie, constante a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía, Freud inventa un mito, “un mito científico”, que es avalado por el estudio de las sociedades de primates: hay un macho alfa que puede gozar de todas las mujeres del grupo y que impide a sus descendientes varones el comercio sexual con ellas. El relato que Freud construye es el de la sublevación de los hijos, incitados quizás por la madre misma, que se organizan, matan al padre y lo incorporan a su propio ser por devoración en una fiesta, un banquete que celebra su hazaña, la del parricidio. Ahora bien ¿cómo evitar que ese drama con su sangriento final se repita? Haciendo que el padre, desde el interior de los hijos en donde han terminado su carne y sus huesos, se exteriorice bajo la forma de un animal sagrado o de un templo en donde se le venera; es él quien sostiene la unidad del grupo. Para Freud este “mito” es el origen de la ley, de la religión, de la ordenación familiar y cultural, en última instancia, de la vida política centrada en instituciones que preservan la autoridad totémica independientemente y por encima de la vida de los gobernantes y de los gobernados. Lacan dirá, comparándolo con el de la famosa manzana y el pecado original que funda una culpa universal por la transgresión de Eva y Adán, es “menos cretinizante”. El padre freudiano no ha sido desobedecido en su mandamiento sino que ha sido asesinado por los hijos y para ese crimen no hay redención posible ni en este ni en ningún otro mundo. La experiencia humana transcurre bajo el signo de la culpabilidad: crimen y castigo tomados de la mano por los hermanos parricidas. Dostoievsky puro. Pocos años después Freud encontrará un nombre para ese padre interiorizado que vigila y castiga, que regula con severidad la conducta y la conciencia de sus descendientes; lo llamará superyó. Su exteriorización política es el Führer al que sus seguidores ofrecen una “servidumbre voluntaria” (La Boètie).
La obediencia y la idealización del líder van acompañados de su sombra: la envidia, el odio, derivado de la insatisfacción, mezclado con el amor a la figura que se presenta como el imprescindible protector, es decir, la ambivalencia que se manifiesta en la figura de los enemigos, de los jefes y de los muertos, tal como se ve en ese neurótico ejemplar que es el obsesivo pasivo dependiente, en quien el odio asesino acompaña a la obediencia silenciosa y complaciente. Anticipamos aquí el narcisismo, ese amor a sí mismo que Freud teoriza en el año siguiente a Tótem y tabú, en un artículo publicado en 1914 y cuyo centenario merece también la conmemoración. Tales son los avances heroicos del psicoanálisis para la comprensión de la subjetividad humana que hoy se pretenden negar en nombre de una sospechosa “objetividad” deshumanizada.
La consagración de la primavera es la música que corresponde al mito de la muerte del padre, como dijo García Bonilla en la presentación del libro sobre los cien años de Tótem y tabú; es la manifestación sonora y disonante de “una orgía anárquica de fiesta y levantamiento de la prohibición”. La rueda de bicicleta es la anarquía y la rebelión contra el padre ordenador y autoritario llevada a su expresión cimera: no a la utilidad, no a la belleza convencional, no a la lógica y a la coherencia en un mundo re-presentado por el arte, no a los dictados del dogma; un montón de noes que afirman el designio prometeico de inventar contrariando la voluntad de los dioses y la Ley representada por esa otra encarnación del padre a la que Freud también dedicó el mito de un parricidio fundante, el de Moisés, el legislador asesinado también por su propio pueblo. Prometeo, el titán, el ladrón del fuego, contra Moisés, el redactor de prohibiciones. Más sutil aun es el parricidio y el gesto revolucionario de Marcel Proust en su Búsqueda del tiempo perdido. Me animo a comparar su reseña del mundo social con la vulnerabilidad de toda certidumbre a partir de la física relativista de Einstein y las tesis de la indecidibilidad asociadas con los nombres de Gödel y de Heisenberg en las matemáticas y en la física. La presencia del observador altera y organiza el mundo que se observa. Su psicología confluye con la de Freud y se reúne con el gesto anárquico de Duchamp al defender la necesaria presencia perturbadora del arte, del mito y de la literatura en el mundo actual, el del lenguaje binario de unos y ceros y de las técnicas que someten al hombre a la condición de pieza calculable dentro del mundo social.
1913, con estas cuatro obras emblemáticas, fue un año prebélico, un año donde se manifestó la exigencia de un mundo alternativo al que preparan en nuestros días las fuerzas del espionaje electrónico de la humanidad entera, las fuerzas anónimas de mercados sin rostro que esconden la figura siniestra e irrepresentable del Big Brother, ese heredero impensado que cierra la parábola intuida por Freud con su mito del padre primitivo y de la necesidad que hubo de asesinarlo para que pudiera iniciarse una vida verdaderamente humana en la que pudiesen confluir el goce y el deseo.

Néstor A. Braunstein. En este año ha publicado Clasificar en psiquiatría (Buenos Aires y México) y, como coautor y coeditor: Freud. A cien años de Tótem y tabú (1913-2013) en las lenguas portuguesa, francesa y española, un libro que reúne materiales inéditos del propio Freud, su correspondencia durante la redacción del libro y once ensayos escritos por psicoanalistas, sociólogos, antropólogos, filósofos y teóricos de la política y la literatura. La edición en español: México, Siglo Veintiuno, 2013.

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