ADICCIÓN A LOS DISPOSITIVOS Y APARATOS TECNOLOGICOS – Este País, México, abril de 2015

Redacté un breve texto que me fue solicitado por la excelente revista ESTE PAÍS. Lo comparto con los curiosos y los, espero que no, “adictos” a este blog.

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ADICCIÓN A LOS DISPOSITIVOS Y APARATOS TECNOLÓGICOS

Néstor A. Braunstein

Recibo como un honor la invitación de Este País (¡qué bella y buena revista!) para abordar el asunto del título. De inmediato acepto y, llegando a casa, me dispongo a ensamblar mis ideas sobre el tema. ¿Tema o tópico? me pregunto. Si es “tópico” la palabra tiene varios sentidos: por un lado es sinónimo de “tema” y “asunto”, pero por otro se la define como “cliché”, “lugar común”, “expresión trivial”… y dejo de lado las demás acepciones ligadas al topos. Intuyo de inmediato que la supuesta “adicción” (que el título presupone como un “hecho”, algo que no necesita comprobación) es un verdadero “tópico-cliché” y que el tema (“tópico”) de mi artículo debe ser, antes que nada, el cuestionamiento de ese encabezamiento que se presta a una fácil digestión, a un encuentro con algo que, según parece, ni cabe discutir.

Dicho rápidamente, para empezar: rige una cómoda y apresurada asimilación entre el apego o afición o uso frecuente y hasta inmoderado de los artefactos que la ciencia provee y el diagnóstico de una enfermedad o un “trastorno” como se prefiere decir, a modo de eufemismo, según las clasificaciones en boga en la psiquiatría. Esa rama de la medicina se reduce así a la triste condición de un apéndice de los medios de difusión de masas y promulga vulgaridades con pretensiones sociológicas.

¿Qué es una adicción? Originalmente, en el derecho romano, es la condición del esclavo o del deudor que ha sido adjudicado a otro, un superior o jerarca al que no tiene derecho de solicitar benevolencia o clemencia. Su vida depende de ese otro; tal es la justificación legal de la esclavitud. Desde ese pasado, consustancial con nuestra era “común” o “cristiana”, se acostumbra hablar de “adicción” para referirse a cualquier pérdida de autonomía. El vocabulario médico se apropió sin problema del concepto y lo (ab)usó para describir condiciones clínicas en donde la necesidad imperiosa y específica de una sustancia química, más o menos tóxica, deja al sujeto sometido a un mecanismo incontrolable, progresivo, de consumo. La compulsión es “más fuerte que él”. Jugando muy seriamente con las palabras ¾ y desde hace ya tres décadas, 1985 ¾ hemos leído la dependencia química como una a-dicción: el sujeto no puede ejercer la dicción, debe permanecer mudo frente a quien lo domina. No puede decir su palabra y, si llegase a decir o gritar, no habrá quien lo escuche. Él es de-pendiente, está colgado de su droga, más o menos tóxica, que lo lleva por un mecanismo de adaptación a un uso creciente, irreprimible, de esa “sustancia” que le procura un placer del que no solo no puede privarse sino que lo empuja a sufrir una intensa angustia, un dolor insoportable cuando la droga (recordemos el uso coloquial mexicano del verbo “endrogarse”) le falta. Vive en deuda, una deuda impagable que no sabe cuándo ni cómo contrajo. El síndrome de abstinencia convierte al a-dicto en un ser desgarrado que clama, no por una satisfacción, sino por lo único que puede atenuar la desesperación que provoca la suspensión del efecto tóxico. La droga tiene la única función de curar los efectos de la ausencia de la droga misma: la necesidad es imperiosa e impostergable. En tal caso, por la violencia del estado de desamparo en el que vive, el a-dicto salta las barreras de la conveniencia, de las leyes, de los reparos éticos y de los pactos sociales, sexuales o amorosos.

Brotando de esas fuentes jurídicas y médicas se ha producido una extensión metafórica que lleva a invocar el término de “adicción” para las personas que experimentan un deseo intenso o una fuerte inclinación por alguna cosa o actividad. La psiquiatría clasifica y regulariza los apartamientos de la norma mientras que el derecho, el otro brazo del “bio-psico-poder”, sanciona los apartamientos de la ley. Bien sabemos que en nuestro tiempo se tiende a “medicalizar” o “juridicizar”, según sea el caso, todos los aspectos de la vida. Se “diagnostica” como “enfermedad” a las manifestaciones conductuales que salen de los parámetros considerados “sanos”. Esto se aprecia más claramente en los juicios sociales que recaen sobre niños y adolescentes a los que se entrega sin compasión a técnicas de “normalización cognitivo-conductual”. Si la joven o el joven, en cualquier terreno, dan muestras de “anormalidad”, se pone en marcha un dispositivo médico coercitivo que los incluyen en clasificaciones psiquiátricas y los ponen en manos, como “adictos” en el sentido más clásico de la palabra, de ciertos “expertos” con diploma y autoridad para corregirlos. Siendo a-dictos deberán entregarse a quienes se autoproclaman como amos que pretenden una superioridad en el “saber” acerca de cómo sus “pacientes” deberían ser. Los psicotécnicos son los guardianes encargados de reducir la desviación de las normas establecidas. ¿Por quién? Por ellos mismos.

Es así como las instancias normalizadoras se alarman en nuestros días por la propensión al uso “excesivo” de los distintos gadgets tecnológicos que se ofrecen en el mercado. Esos guardianes tienden a “patologizar” el apego a teléfonos celulares, redes sociales, videojuegos e Internet. Y ahí está, disponible desde hace dos milenios, con su bocaza siempre abierta, la condición “clínica” de “adicción”, lista para engullir a este sector de la población, predominante, aunque no exclusivamente, formada por niños y adolescentes, cuya atención es absorbida por los dispositivos tecnológicos, por los “servomecanismos” (que parecen servir pero, en verdad, hacen siervos de sus procedimientos a quienes los utilizan siguiendo normas y tendencias que formatean, unifican y uniforman a los usuarios). La relación amo-esclavo parece invertirse: el cliente que compra un artefacto es comprado y vigilado por el objeto cuyo manual de procedimientos regula las acciones que se pueden realizar con él. El objeto comanda y el sujeto obedece, seducido por las ventajas, sobornado por la conveniencia, integrado a la masa de quienes comparten esa afición.

Ahora bien, ser miembro de una masa (como el partido, la iglesia, el ejército e incluso la patria con sus símbolos congregantes) no es ni una adicción ni una enfermedad, mal que les pese y pese a todos los esfuerzos de los jerarcas de la psiquiatría y de sus patrones en la industria farmacéutica (big pharma). Del mismo modo, el fanatismo de quienes siguen a un líder, a un equipo deportivo, a las marcas de ropa o automóviles, a una idea de nación, a una actividad dominante, a un hobby o a una mascota no permite calificarlos de enfermos ni puede ser pasto para especialistas en normalización. Los aparatitos tecnológicos y las redes sociales son, sin duda, fuente de satisfacción para millones de usuarios y el tiempo que se pasa con ellos es una variable personal que no se aviene a la idea médica de patología “adictiva”. El interés que se les concede no pasa de ser una referencia estadística que nada dice de la salud o la enfermedad de quien elige vivir on-line, plugged.

Usando los mismos sofismas es posible defender o denostar la ineludible presencia de los aparatos y dispositivos cada vez más pequeños y cada vez más personales que los humanos manejamos y necesitamos para sobrevivir en la era de la invasión tecnológica. Si algo caracteriza a esta época es el predominio apabullante de los mercados anónimos que se rigen por sus propias leyes (que nadie sancionó) y que hacen anónimos a los vivientes al masificarlos y dividir sus vidas en dos segmentos alternativos: on-line y off-line. Paradójicamente, quienes viven más “conectados”, más incluidos en la “red” o telaraña, son los que se “desconectan” de las relaciones con los otros reales, corporales. Cuando se encuentran con la multitud de sus “semejantes”, constatan que esos semejantes lo son porque también ellos se han apartado del vínculo social y mantienen esas amistades laxas sostenidas por los mensajes de texto y las imágenes compartidas “sin costo”. El medio es el mensaje y es el masaje según las clásicas formulaciones del siglo XX (Mc Luhan y Mumford). La comunicación se ha vuelto cada vez más frecuente y al mismo tiempo superficial a medida que las nuevas técnicas se apoderaban y conformaban al mundo: de modo sucesivo, la palabra escrita, la imprenta, el cine, la radio, la televisión, la internet (web) y, próximamente, las técnicas hápticas de contacto físico entre cuerpos distantes van conectando a millones de seres cada vez más aislados en sus cápsulas, con sus cascos cefálicos y escafandras, en sus cuartos convertidos en celdas. La “inteligencia artificial” no es ni inteligencia ni artificio: es una prótesis de la memoria y el pensamiento.

Existe, por supuesto, una industria que promueve y transforma en necesidad lo que hasta hace poco tiempo eran novedades imaginariamente anticipadas por la ciencia-ficción. No cabe duda que estos utensilios son “satisfactores” de necesidades que nadie sabía que existían antes que surgiese la posibilidad de consumirlos. Si el usuario se siente feliz con las ventajas que le ofrecen estos dispositivos, si no hace mal a nadie, si amortigua la angustia de otros tipos de contacto humano más riesgosos ¿por qué considerar este apego como una “enfermedad” o una “adicción”? ¿No es más lógico pensar que estamos ante el mejor modo que el sujeto tiene a su disposición para liberarse de circunstancias desagradables o displacenteras, para protegerse de males mayores y hasta para emanciparse de su temible libertad?

Los “expertos” o los “adultos mayores” que pretenden tratar o curar a los “tecnofílicos” tienen una alternativa: intentar comprender cuál es la función consoladora que se deriva del uso de estos servomecanismos para cada uno de los chicos (o adultos infantilizados) que recurren a ellos de manera compulsiva. Topamos, ahora sí, con el aparato conceptual de la medicina: las aficiones que hemos mencionado no son “enfermedades” toman el lugar de “síntomas”; son, como el dolor, la fiebre, la sudoración o la falta o exceso de apetito, etc. modos espontáneos de curación que cumplen una función protectora contra otros males que, esos sí, pudiesen considerarse como “morbosos” y dignos de atención. Torpe es embestir contra los síntomas. Si se trata de a-dicciones en el sentido que hemos adelantado, el “remedio” salta a la vista: consiste en invitar al sujeto a expresar esa palabra que está sofocada, que no puede hacerse “oír” en el caos de las múltiples tentaciones de la “red” de inánimes aparatos que en vano claman por otro uso, uno que favorezca el desarrollo de las posibilidades de información, de placer estético, de conocimiento del mundo y de refuerzo del vínculo social entre los seres dotados de lenguaje. Mientras vemos con inquietud el avance inexorable hacia la “Internet de las cosas”, de los nuevos objetos dotados de sensores tecnológicos (microchips) que se comunican entre sí, soslayando al sujeto y más allá de toda conciencia, podemos propender a la “Internet” de la vida, es decir, del intercambio de los signos entre los cuerpos habitados por el lenguaje.

Así lo ilustró el esclavo Esopo cuando le pidieron que trajese lo mejor que había en el mercado y trajo lengua; e inmediatamente después, cuando recibió la orden de traer lo peor que había en el mercado nuevamente volvió con un envoltorio en el que había lengua. Acusado de incongruencia, Esopo se defendió argumentando que el órgano de la palabra hablada podía servir tanto para lo más noble como para lo más inicuo; del mismo modo, esas extensiones o prótesis del lenguaje que son los servomecanismos, incluyendo al más complejo de todos, la Internet, pueden recibir los más variados usos y prestarse a las más sofisticadas intenciones, las mejores y las peores. Pero, en todo caso, el problema no es médico ni psiquiátrico ni psicológico: es una cuestión ética, la misma de siempre para los seres que hablamos: ¿qué hacer con el tiempo, ese bien mayor y limitado que es el más preciado de los dones, sino el único, tutelado por el ubicuo dios Cronos, que es la carne de nuestra vida en el mundo que podemos habitar?

Néstor A. Braunstein

Doctor en medicina, psicoanalista, profesor de posgrado en diversas universidades, actualmente invitado por las universidades Complutense de Madrid y Autónoma de Barcelona, autor de numerosos libros de psicoanálisis, psicología crítica y política de la subjetividad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 thoughts on “ADICCIÓN A LOS DISPOSITIVOS Y APARATOS TECNOLOGICOS – Este País, México, abril de 2015

  1. Óscar says:

    En buena parte estoy de acuerdo: no se puede considerar enfermedad la “adicción” a una nueva tecnología o a una mascota; AUNQUE me parece que la adicción a una mascota es mucho más emocionante, poética… que la adicción a un samrtphone. Y POR ESO dejo aquí unas lúcidas palabras del filósofo ecosocialista Jorge Riechmann, de su libro “Autoconstrucción”: “Podemos simplemente plegarnos a los mecanismos que nuestra sociedad –toda sociedad– tiene ya dispuestos para ahormarnos: nunca han sido tan potentes como los del capitalismo que llamamos neoliberal para abreviar. Identidad a través del consumo, entretenimiento con la deriva que nos engolfa en infinitos contenidos audiovisuales, comportamiento político/apolítico preprogramado, control de deseos y conductas a través del Smartphone y sus big data, celebración de la moda juvenil, estilización de la “rebeldía” diseñada por “creativos” publicitarios: “sé tú mismo”, “el cielo es el límite”, etc.”

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