2 de febrero de 2016 – Congreso en Málaga – El final del análisis

En la ciudad de Málaga se realizó un Congreso de la Federación Europea para el Psicoanálisis (FEP) organizado por la Agrupación Lapsus de Toledo. EL tema era Refelexiones en torno al fin del análisis. Allí presenté un trabajo en español con traducción al francés titulado ELOGIO DE LO INCONCLUSO. Las dos versiones pueden leerse a continuación, primero en castellano, luego en francés. Agradezco a Daniel Koren y Jacques Nassif la sustancial ayuda brindada en la traducción.

ELOGIO DE LO INCONCLUSO

 

 

A Manya Steinkoler, mi amiga de Nueva York,

por soportar un plagio que continúa su trabajo

Néstor A. Braunstein*

Sólo la muerte, para cada uno, es el final, el Gran Capitón de la vida. Antes, todo es provisorio, inacabado, rectificable, merecedor de correcciones. También el psicoanálisis que vive ‘hanté’ por la cuestión del final de algo que no podría tener fin o que bien podría no tenerlo. El título del artículo de Freud de 1937, al que siempre volvemos cuando abordamos esta cuestión es, no una pregunta abierta, sino una afirmación: hay dos maneras de entender la terminación del análisis: “die endliche” y “die unendliche”, donde él invitaba a continuar y a reanudar el análisis “terminado” periódicamente, “cada cinco años”. ¿Por qué no más, por qué no menos si el tiempo no importa como sucesión de períodos sino como pausa y escansión en un desarrollo incontenible?

Todo está claro al principio: ya en 1900 (carta 133 a Fliess) Freud había dado con la expresión precisa con relación al análisis de un paciente que había llegado satisfactoriamente al final de su tratamiento:

“Empiezo a entender que la aparente ‘interminabilidad’ (Endlosigkeit) de la cura es algo acorde a ley y depende de la transferencia. Espero que ese resto no menoscabe su efecto práctico. En mis manos estaba continuar la cura pero vislumbré que ese es un compromiso entre salud y enfermedad, compromiso que los propios enfermos desean, y por eso mismo el médico no debe entrar en él. La conclusión asintótica de la cura a mí me resulta en esencia indiferente; decepciona más bien a los profanos”. (itálicas agregadas)

La cuestión de los análisis finalizados o inconclusos no es tanto un problema para los analizantes como para las instituciones que deben de algún modo aceptar ¾ya que no garantizar¾ que el miembro ha cumplido con los requisitos fijados para la habilitación del psicoanalista. El análisis inacabado es entonces preocupación de “los profanos” y de las escuelas, algunas (IPA) que hacen nominaciones de “candidatos” y “titulares”, y otras (lacanianas) de “AP”, “AME” y “AE”, que pretenden no ser grados jerárquicos pero que acaban siéndolo y hacen interminables, no a los análisis, sino a las discusiones sobre la correcta o, al menos, aceptable terminación de los mismos.

Más infinito que el análisis es la discusión sobre lo que debe entenderse como final del análisis. El debate sobre este tema nunca se acabará y, por lo tanto, así como “hay que saber hacer con el síntoma” hay que saber hacer con lo inconcluso. De allí nuestro “elogio”.

El compromiso entre salud y enfermedad que los propios enfermos desean”, decía Freud. Es lo que hoy entendemos como afirmación de las posiciones subjetivas ante el goce en la siempre problemática relación entre goce, deseo y fantasma. Eso se sintetiza, según entiendo, en la concepción lacaniana de un ‘sinthome’ con el que no se acaba, con el que hay que saber hacer. Ese síntoma, con el que “nos entendemos”, resulta de una decisión; no es reducible por el análisis, por la sucesión de sesiones que podría pero no debería prolongarse más allá en el tiempo.

Para Freud, a diferencia de lo que vino después, dentro y fuera de la IPA, el problema no era estructural: todo análisis es, en esencia, inconcluso y ello, no por un reglamento, sino por las reglas impuestas al cuerpo por la sexuación (algo acorde a ley: Freud; no hay relación sexual: Lacan) y, muy especialmente, por la pulsión de muerte a la que no se puede tratar con mecanismos administrativos o burocráticos como los jurys de recepción (accueil) y confirmación (agrément).

La pulsión, al igual que el análisis, no reconoce final en su recorrido sino relanzamientos de su movimiento. Nunca se acaba, siempre se vuelve a empezar. Gustaba Lacan de citar a Boileau:

Apresuraos lentamente y sin desanimar / regresando veinte veces al telar / hilar sin cesar y volver a hilar / agregando a veces, y en no pocas debiendo eliminar.

En el artículo siguiente, “Konstruktionen in der Analyse”, en 1938, Freud propone una idea, discutida y discutible, que deja intacta la cuestión del final y la hace aun más “indefinida”. Escribió: “Lo deseado es una imagen confiable e íntegra en todas sus piezas esenciales de los años olvidados de la vida del paciente … Es solo una cuestión de técnica analítica que se consiga traer a la luz de manera completa lo escondido.”

Para él la cuestión del análisis terminado o infinito se refería a los aspectos subjetivos y al logro de los objetivos teóricos o prácticos de la cura. Con la institucionalización del análisis (muy anterior, viene de los años ‘20) se había producido una bifurcación del análisis personal y del análisis didáctico. A Freud nunca se le planteó una disyuntiva entre lo que creía aceptable en el análisis personal y otro desiderátum, más exigente, para el análisis didáctico.

Lacan, en el principio de su enseñanza, encontró una solución conceptual (¿o tan solo retórica?) por medio de un artefacto de puntuación: “el psicoanálisis, didáctico”. La coma interpolada entre el sustantivo y el adjetivo no alcanzaba para edificar sobre ella una escuela de psicoanálisis. Se vio así llevado a promover la espinosa propuesta de la pase en 1967. A partir de la célebre Proposición, la bifurcación entre análisis personal y didáctico, que era propia de la IPA, se volvió también un problema y un eje instigador de cismas en la nueva EFP.

¿Cuál es el psicoanalista, más si es lacaniano, que no recuerde infinitas conferencias en torno al fin del análisis, que no tenga decenas de volúmenes y recopilaciones de artículos dedicados al tema, que no haya incurrido alguna vez en el riesgo o el pecado de formular sus propuestas en torno a la cuestión? ¿Quién considera, respecto de sí mismo, que verdaderamente ha llegado al momento de concluir y que no debiera regresar para trabajar el saldo inconcluso de su propio análisis? ¿Quién no aprovecha sus controles para ahondar en ese resto no analizado? ¿Quién no ha pensado en ese “pecado original” de nuestro oficio que es lo no analizado por Freud mismo, a falta de quien pudiera escucharlo?

¿Quién, en la línea y el linaje lacaniano, se ha librado de seguir las innumerables discusiones que, desde 1967, se entablaron en torno a la cuestión de la pase y de su alegado y confesado fracaso por el mismo Lacan en 1979, que llevó a la disolución de la Escuela? ¿Quién, desde la creación de la Escuela de la Causa Freudiana, sucesora de la anterior, no ha seguido dando vueltas al asunto, creando y disolviendo asociaciones con diferentes propuestas sobre la pase y la nominación de los analistas y sobre la legitimidad o el sinsentido de equiparar la pase con el fin del análisis?

¿Hay en verdad un fin del análisis según esa pretensión absolutista de Ferenczi elevada al rango de “segunda regla fundamental”? ¿Cuándo y cómo? El desacuerdo es casi universal. Se repiten fórmulas en torno a las cuales el rechazo y la incomprensión son la regla. Podríamos repetir esas fórmulas: “atravesamiento del fantasma” (no cualquiera, el “fantasma fundamental”), etc. Las hay maximalistas, exigentes, mientras otras son minimalistas, permisivas. Todas están apoyadas en citas correctas de Lacan que proceden de distintos momentos de su enseñanza sin que, cuando se las cita, se tomen en cuenta su secuencia y se las ordene cronológicamente.

El resumen sistemático de las disquisiciones lacanianas sobre el tema está disponible en la red en inglés en dos extensos artículos de Owen Hewitson, www.lacanonline.com. Leyéndolos, uno no acaba de reunir y comprender los propósitos y despropósitos que luego se divulgaron sobre la cuestión.

Ahora, después de inspirarme en su irónico ensayo sobre el fin del análisis, me permito traducir (en los bordes del plagio) a mi amiga Manya Steinkoler. Ella comienza su texto con la anécdota de una estudiante griega que formuló una pregunta al profesor que hablaba del tema : « ¿Por qué es que alguien que puede decir todo lo que pasa por su cabeza querría alguna vez que eso termine ? » No sin ironía, nuestra colega de Nueva York inventa la respuesta del profesor parisino que farfullaba en inglés : « ¡Oh ! Esa es una cuestión muy difícil que requière una profunda preparación teórica. »

 

Manya se acerca a la respuesta cuando dice estar cultural e históricamente desubicada para proponer un esclarecimiento sobre los « fines del análisis » pero que se siente en un terreno seguro diciendo que el final es, en todo caso y al mismo tiempo, un comienzo. Con esa derivación se acerca al final de dos conocidas novelas donde ambos protagonistas, Portnoy, en la célebre novela de Philip Roth, y Esther Tusquets, en el relato autobiográfico « Para no volver » terminan sus relatos de cientos de sesiones con sus analistas con la frase del psicoanalista alemán en Nueva York escrita en inglés macarrónico : « Now vee may perhaps to begin. Yes ? » (Roth) y, imitando en Cataluña el acento argentino de su analista, la paciente, en Barcelona, termina por decir: « ¿Sabés una cosa, Mago, me voy a psicoanalizar » [1]. Dos formas de proclamar que terminar el análisis es verdaderamente comenzar a vivir de otra manera, yendo o no a las sesiones pero oyendo las invitaciones, incitaciones e intimaciones a gozar de otra manera, divorciándose de la trivial y patética sumisión al deseo del Otro.

 

 

Todo ello significa ir más allá de Freud con sus ideas acerca de “trabajar y gozar”, “poner fin al sufrimiento neurótico”, “llenar las lagunas mnémicas”, “transformación de la miseria neurótica en insatisfacción banal”, “liquidación del vínculo transferencial”, etc.

Freud, con el tardío descubrimiento de la pulsión de muerte debió aceptar que el sufrimiento, la angustia y la culpabilidad eran insoslayables en la experiencia de toda subjetividad. Lacan afirmó que el psicoanálisis es un experiencia de la cual el sujeto puede extraer las consecuencias del hecho de estar parasitado por el lenguaje y de ser un hablente, alguien incapacitado para decir la verdad pues las palabras faltan para ello. Es por eso que se justifican el escepticismo, la renuncia a las creencias y a las convicciones, el desvanecimiento del fantasma de un saber totalizador que dé sentido a la experiencia vivida en el análisis mismo. La conclusión del análisis es su apertura; se empieza en el momento de terminar; no es el final el que pone el término… pues es el inicio el que es interminable, infinito. ¿Cómo se podría terminar algo que siempre está empezando?

Bien sabemos que una notable mayoría de los análisis se interrumpe, en el mejor de los casos, contentándose con un resultado terapéutico favorable, pero sin la creencia y mucho menos la convicción de haberlos terminado. ¿Qué criterio habilita para hablar del fin del análisis? Tal parece que el proceso de la cura hasta su finalización está suspendido de opiniones que se sostienen con tanta pasión como vaguedad. Algunos se contentan con un cierto equilibrio que habilitaría al analizante para continuar su existencia sin las muletas de la intervención de su analista, cortando con ese vínculo extraño y al margen de la respuesta o las luces adicionales surgidas en su transcurso. Lacan en los EEUU (1975):

Me excuso si lo que yo digo parece –sin que lo sea – audaz. Puedo solamente testimoniar de aquello que mi práctica me provee. Un análisis no tiene que ser llevado demasiado lejos. Cuando el analizante piensa que él es feliz por vivir es suficiente”.

¿No es esto lo más convergente con aquellas palabras de Freud que también parecen, sin que lo sean, audaces?

La conclusión asintótica de la cura a mí me resulta en esencia indiferente; decepciona más bien a los profanos”.

En las dos puntas de este recorrido encontramos propuestas “minimalistas” referidas más a la finalidad que al fin del análisis. (Koren, 2015, comunicación personal). La pase es preocupación de las instituciones psicoanalíticas y de sus variables sistemas de garantías y habilitación. La terminación del análisis es una decisión que abordan conjuntamente el analizante y el analista… en lo que podrán o no estar de acuerdo.

En Freud la conclusión es resignada: topamos en nuestro camino con un “hecho biológico” que es, en ambos sexos, “la desautorización de la feminidad”, próxima al “no hay relación sexual” de Lacan. Por eso ¾sostiene¾ no habiendo logrado dominar este factor “nos consolamos con la seguridad de haber ofrecido al analizado toda la incitación posible para reexaminar y variar su actitud frente a él”.

En tanto que Lacan fue variando sus propuestas pero no azarosamente: después de las formulaciones generales de los primeros tiempos “disolución de lo imaginario”, etc., pasó a las formulaciones maximalistas contemporáneas de la fundación de la EFP (“atravesamiento del fantasma”, “destitución subjetiva”, “des-ser del analista”) y luego a las expresiones minimalistas como la recién citada de su presentación en los EEUU (24/11/75) y el “saber hacer con el síntoma” (savoir y faire avec le sinthome, 16/11/76) de los tiempos finales. Entre unas y otras formulaciones no hay pasaje o compatibilidad sino una franca y nunca reconocida inconmensurabilidad. La pase acaba en impasse.

Una amplia mayoría de los análisis se interrumpe con un balance favorable pero sin la creencia y menos la convicción de haber llegado al final. A una terminación de hecho que no es “el fin” con su correspondiente mitología. Manya Steinkoler podía decir ¾imaginamos su sonrisa¾ que el psicoanálisis termina cuando el analizante deja de venir a sus sesiones. El balance final del psicoanálisis… se hará après-coup. La cura habrá tenido un buen final cuando, en el futuro anterior, “habrá sido” (aura été) un buen análisis, ese es un juicio independiente de los jurys y de las asociaciones corporativas. El análisis solo alcanzará su valor en el futuro, por su realización simbólica, por su integración a la historia del sujeto. Uno no acaba algo en el presente ni mucho menos en el pasado. La conclusión (el fin, la fin) pertenece siempre al futuro.

El recurso al sofisma de los tres prisioneros, promovido por Lacan al comienzo de su enseñanza es lo que confiesa ser: un nuevo sofisma lógico. El tiempo para comprender que se extiende hasta llegar al momento de concluir muestra una insólita fluidez. Solo ha quedado claro el instante de la mirada cuando, tras las entrevistas preliminares, se ha decretado el comienzo del análisis. A partir de entonces comienza el tiempo para comprender, impredecible, incalculable, ligado a circunstancias que no excluyen el azar y donde los azares llevan las de ganar por encima de las mejores intenciones. El momento de concluir quedará sometido a los áleas de la experiencia aunque es menester, o al menos conveniente, anticipar las condiciones para un desenlace del proceso que será siempre indefinido.

El sujeto bordea, con el lenguaje a su disposición, eso que el lenguaje no puede decir de su deseo como vacilante respuesta al incognoscible deseo del Otro. Ese trabajo en el borde extremo de lo que puede decirse, necesariamente inconcluso, es el final del análisis … à continuer.

 

[1] Tusquets, E. Para no volver. Barcelona, Anagrama, 1985, p. 127.


 

ÉLOGE DE L’INACHEVÉ Málaga (Spain) le 2 mars 2016

Dans le cadre des Journées organisées par la Féderation Européenne pour la Psychanalyse (FEP) sous le titre de Reflexions autour de la fin de l’analyse j’y ai présenté une communication intitulée Éloge de l’inachevé.

Le texte, exposé le 19 février 2016 peut être lu à continuation

ÉLOGE DE L’INACHEVÉ

 

à Manya Steinkoler,

mon amie de New York,

et pour me faire pardonner un plagiat,

qui ne se veut que la poursuite

de son travail.

 

Seule la mort met pour chacun un point final, le point qui, tel un capiton, arrime le tout de la vie. Avant d’en arriver là, tout est provisoire, inachevé, insatisfaisant, rectifiable. Il en va de même pour la psychanalyse, puisqu’on peut même la dire hantée par la question du terme de ce qui ne saurait avoir de fin, voire de ce dont il se pourrait bien qu’il n’y ait jamais une fin. Le titre de l’article de Freud de 1937, auquel nous faisons retour chaque fois que nous abordons cette question, ne pose pas, quant à lui, une question qui pourrait rester ouverte : il tranche, affirmant qu’il y a deux façons d’envisager la terminaison d’une analyse, la “endliche” et la “unendliche”, d’où il découlait qu’à son avis il fallait se considérer comme invité à continuer l’analyse “terminée”, en en renouant “périodiquement” le lien : « tous les cinq ans », était-il même précisé. Mais pourquoi pas plus ou moins, si le temps n’importe guère, étant à considérer, non comme la succession des périodes, mais rythmé par des pauses et des scansions d’une poussée incoercible?

Dans l’esprit de Freud, tout est clair dès le début : qu’on se reporte à la lettre 133 à Fliess où il appert que, dès 1900, il a pu découvrir comment s’exprimer en des termes précis et qui pourraient encore être valides à présent, disant à propos d’un patient qui avait conclu son analyse de la bonne manière :

« Je commence à comprendre que le caractère apparemment sans fin (endlosigkeit) de la cure est quelque chose de régulier et qui dépend du transfert. J’espère que ce reste n’affectera pas le résultat pratique. Il ne tenait qu’à moi de poursuivre la cure, mais j’ai soupçonné que c’était là un compromis entre la maladie et la santé que les malades eux-mêmes souhaitent et que pour cette raison, le médecin ne doit pas accepter. L’achèvement asymptotique de la cure m’est en soi indifférent ; c’est quand même plus pour les profanes qu’il reste une déception. » (p. 517 de la traduction Masson des Lettres à Fliess, aux P.U.F. Paris 2013, souligné par moi).

La question des analyses menées ou non à leur terme ne préoccupe donc pas tant les analysants ; elle est, en revanche, le souci des institutions, dans la mesure où celles-ci doivent d’une certaine façon entériner –même si ce n’est pas pour garantir des personnes– le fait que l’impétrant a bien rempli les conditions fixées par l’institution elle-même pour l’habilitation du psychanalyste. Une analyse inachevée demeure ainsi un sujet de préoccupation soit chez les “profanes” soit dans le cadre des écoles, qu’il s’agisse de celle qui procède à la nomination de “candidats” et de “titulaires” (l’I.P.A.), ou de celles qui décernent, parmi les lacaniens, les titres de « A.P., A.M.E. ou A.E. », tout en prétendant qu’ils ne devraient pas conférer un grade hiérarchisant, même s’ils finissent bel et bien par le devenir ; toutes ces chicanes rendant interminables, non pas tellement les analyses elles-mêmes, que les discussions sur la terminaison, sinon correcte, du moins recevable ou acceptable.

Encore plus infinie que l’analyse elle même est le lassant débat sur ce qui doit être entendu comme le final d’une analyse. Il faut se faire à l’idée que la discussion à ce propos n’aura pas de fin, tant et si bien que, si “savoir y faire avec son symptôme” a été marqué comme but à atteindre, il faudra aussi bien que joue un « savoir y faire avec l’inachèvement » que se soit celui des cures ou des discussions à ce sujet. D’où le titre que nous proposons d’un « éloge de l’inachevé ».

“Le compromis entre la maladie et la santé que les malades eux-mêmes souhaitent”, pour reprendre le dire de Freud, est ce que nous comprenons aujourd’hui comme l’affirmation des modalités de la toujours problématique et variable relation qu’entretiennent la jouissance, le désir et le fantasme chez l’analysant. Selon ce que j’en ai compris, cela est synthétisé dans la conception lacanienne d’un “sinthome”, avec lequel il va falloir apprendre à se débrouiller, celui-ci étant la conséquence d’une décision incontournable du sujet ; un “sinthome” ne saurait donc être réduit par l’analyse, même si elle pourrait –mais ne devra pas– être prolongée au-delà de sa mise au jour.

Pour Freud, et à la différence de ce qui eut cours après lui au sein et en dehors de l’I.P.A., le problème n’était pas celui posé par l’institution analytique, mais celui qui survient structuralement et qui ferait que toute analyse, par essence, buterait sur du sans conclusion, et cela, sans qu’on n’ait à l’entériner par des régulations d’ordre administratif, mais dans la mesure où interviennent les règles auquel un corps est soumis du fait de sa sexuation (« il n’y a pas de rapport sexuel ») et, plus spécialement, du fait qu’intervient toujours ici la pulsion de mort qui ne se laisse jamais impressionner par des dispositifs bureaucratiques, tels qu’il fonctionnent quand sont constitués des jurys, qu’ils soient d’accueil ou d’agrément.

À l’instar de l’analyse elle-même, la pulsion d’ailleurs ne se reconnaît pas de terme, une fois qu’elle s’est mise en jeu, n’arrivant jamais à ses fins et ne cessant de relancer son mouvement. Elle n’en a jamais fini, elle recommence toujours. N’est-ce pas à son propos que Lacan se plaisait à citer ce quatrain de Boileau ?

Hâtez-vous lentement, et sans perdre courage,

Vingt fois sur le métier remettez votre ouvrage,

Polisses-le sans cesse et le repolissez,

Ajoutez quelquefois, et souvent effacez.

Le dernier article que Freud ait consacré à la pratique analytique, après celui de 1937, est celui de 1938 qui s’intitule : Constructions dans l’analyse. Il y propose une conception très controversée et tout à fait contestable qui remet en jeu la question du final, mais pour la laisser à nouveau sans solution en rendant celui-ci encore davantage unendliche. Je le cite :

« L’intention du travail analytique, on le sait, est d’amener le patient à supprimer les refoulements -entendus ici au sens le plus large- de son tout premier développement, pour les remplacer par des réactions qui correspondraient a un état de maturité psychique … Ce qui est souhaité, c’est un tableau fiable des années oubliées par le patient, tableau complet dans toutes ses parties essentielles… C’est une simple question de technique analytique que de savoir si on réussira à faire apparaître entièrement ce qui a été caché. » (“Constructions dans l’analyse”, Œuvres Complètes, Vol. XX, Paris, PUF, 2010, pp. 61, 62, 64)

 

Pour Freud donc, la question de l’analyse achevée ou inachevable, en étant articulée aux positions subjectives d’une cure donnée, se voyait ainsi dépendre de la réalisation des objectifs théoriques ou pratiques de celle-ci. L’institutionnalisation de l’analyse depuis les années 20 produisit une bifurcation problématique entre ce qui pouvait être considéré recevable dans l’analyse personnelle et un autre desideratum, plus exigeant. pour l’analyse didactique. Cette question n’avait jamais posé un dilemme aux yeux de Freud.

Dès le début de son enseignement, Lacan s’est ingénié, d’abord par le biais d’une astuce rhétorique, mettant une virgule entre psychanalyse et didactique, à trouver une solution conceptuelle à cette non bifurcation obligée entre les deux modalités de l’exercice. Mais cela ne lui paraissant pas suffire pour donner à son école une assise, il se vit conduit à promouvoir, après l’avoir fait adopter par un vote en 1967, sa proposition de la Passe, acte qui occasionna le départ mouvementé de ceux qui se baptisèrent “quatrième groupe” et dont faisaient partie plusieurs de ses meilleurs et plus fidèles disciples. Or à partir de ce moment, l’alternative entre analyse personnelle et analyse didactique, qui était le propre de l’I.P.A., se réintroduisit paradoxalement au sein de l’E.F.P. elle-même, y refaisant problème et bientôt grosse de nouveaux schismes entre les lacaniens eux-mêmes.

Quel est le psychanalyste, surtout s’il est lacanien, qui ne se souvient pas d’innombrables conférences concernant la fin de l’analyse ? Lequel n’a pas sa bibliothèque encombrée par des dizaines de volumes et de recueils d’articles afférant au thème ? Qui ne s’est pas, une fois ou l’autre, aventuré, succombant à ce péché, à formuler ses propres idées sur la question ? Lequel, l’ayant peut-être lu une bonne dizaine de fois, n’a pas pu s’empêcher de citer encore l’article de Freud sur l’analyse « avec fin et sans fin », datant pourtant de 1937 ? Qui n’a pas dû constater, retournant sur lui-même, qu’ il lui fallait, après avoir pensé qu’il avait vraiment atteint le moment de conclure, considérer un peu plus tard qu’il devait revenir sur sa décision pour travailler sur un reliquat qui était resté sans être analysé ? Qui ne profite pas de l’aubaine que représentent des séances de contrôle pour approfondir la question de ce qui est resté chez lui inanalysé ? À qui n’est pas venu à l’idée qu’il était lui-même souillé par un “péché originel”, celui qui s’incarne dans le fait que Freud lui-même n’a pas pu être analysé, faute de quelqu’un qu’il aurait jugé digne de l’écouter ?

Mais qui, dans la ligne de l’enseignement de Lacan et dans la lignée de sa descendance, s’est abstenu de participer aux innombrables discussions qui ont été lancées, depuis 1967, autour de la question de la passe et de son prétendu –ou proclamé– “échec”, puisque c’est par son auteur qu’il a été avoué et que c’est à partir de là que Lacan a été lui-même amené à déclarer son école dissoute ? Qui, depuis la fondation de l’École du Champ Freudien, qui a succédé à l’E.F.P. dissoute, n’a pas continué à travailler la question, à travers la création de nouvelles associations où se promeuvent différentes propositions sur la passe et la nomination des analystes, pour savoir s’il est légitime ou absurde d’assimiler la passe avec la fin de l’analyse ?

À dire vrai, y a-t-il une fin de l’analyse ? Quand advient-elle et comment ? La durée des cures ne manque pas de passer comme un indicateur fiable du résultat entraîné par les conceptions théoriques et la pratique effective des analystes d’aujourd’hui dans leurs diverses associations ; leur dissentiment saute aux yeux chaque fois que sont reprises aveuglément des formules autour desquelles le désaccord et l’incompréhension sont de règle. Répétons-les pour voir, la principale étant la fameuse : “traversée du fantasme” (pas n’importe lequel : le “fantasme fondamental”), mais bien d’autres encore. Il en est qui sont maximalistes dans leur exigence, d’autres qui énoncent un minimum requis, se montrant plus permissives. Toutes s’appuient évidemment sur la citation correcte de phrases prononcées par Lacan, bien qu’à des moments différents de son enseignement, sans que leur reprise soit pour autant faite en tenant compte de leur contexte ou en tentant de les réordonner chronologiquement.

Un résumé où sont systématiquement recensés les différends entre lacaniens à propos de la fin d’une analyse est actuellement disponible en anglais sur la toile à www.lacanonline.com, où on trouvera deux longs articles de Owen Hewitson dont l’un n’en finit pas d’énumérer et de confronter les propos orthodoxes ou hérétiques qui ont été répandus sur la question.

M’étant jusqu’ici inspiré du ton ironique de l’essai de mon amie Manya Steinkoler, sur la fin de l’analyse, je me permets de frôler à présent le plagiat en rapportant certaines de ses idées. Elle commence son écrit avec l’anecdote d’une étudiante grecque posant à son professeur la question : “Mais pourquoi donc quelqu’un qui aurait le loisir de dire tout ce qui lui passe par la tête pourrait avoir envie de s’arrêter ?” Non sans ironie, notre collègue de New York invente la réponse que bredouille dans son anglais le professeur parisien : “La question que vous posez est bien difficile et requiert une longue préparation théorique”. Mieux vaut encore l’énoncer en anglais :“Why on earth would any one ever stop ? Ah, he said, this is a very difficult question that requires a great deal of theoretical preparation.”

Cette réponse n’est pas en fait si éloignée de celle que fait Manya, quand elle se déclare trop en décalage, historique ou culturel, pour apporter quelque éclaircissement à la question des “fins d’analyse”, avouant cependant qu’elle se retrouve en terrain mieux connu, quand elle retombe sur cette idée que le final est, de toute façon et en même temps, un commencement. Par ce détour et même si elle ne les mentionne pas, elle est fort proche de retrouver ce qu’énoncent deux romanciers fort connus à propos de leur protagoniste : le célèbre Portnoy du roman de Philip Roth et Esther Tusquets dans son récit autobiographique : Para no volver (Pour ne pas y revenir). Après des centaines de séances avec leur analyste respectif, ces auteurs terminent leur récit, en évoquant soit la phrase du psychanalyste allemand de New York, qui, dans son impayable anglais, laisse tomber : « Now, vee may perhaps begin. Yes ? » (Et maintenant, il vaudrait peut-être de commencer, non ?), soit celle prononcée avec un fort accent argentin par l’analyste de Barcelone qui finit par dire : « Tu sais, Magicien, il ne me reste plus qu’une chose à faire, aller me psychanalyser ! » Ce sont là deux bonnes façons d’exprimer le fait qu’arrêter son analyse, c’est véritablement commencer à changer de vie, que l’on aille encore ou que l’on n’aille plus à ses séances, mais en s’étant rendu capable de prêter l’oreille aux incitations ou aux sommations à jouir d’une autre façon, en ayant pu rompre les liens qui vous soumettaient encore au trivial et pathétique désir de l’Autre.

Mais tout cela suppose que l’on soit parvenu un peu plus loin que là où Freud nous avait laissés avec les fins qu’il assignait à l’analyse : de “travailler et jouir”, d’ “en avoir fini avec la souffrance névrotique”, de “combler les lacunes mnésiques, en reconstruisant les années oubliées de l’amnésie infantile” de “parvenir à sublimer les pulsions”, de “transformer la misère névrotique en souffrance banale”, de “liquider le lien transférentiel”, etc. Freud lui-même, pour avoir découvert tardivement ce qu’était la pulsion de mort, a bien dû reconnaître que le manque, la souffrance et l’angoisse, la culpabilité, dans l’expérience de toute subjectivité, ne sauraient être des choses à juguler. C’est là ce qu’on peut entendre par “castration”, si vous voulez.

Quant à Lacan, il a pu nous permettre de constater que la psychanalyse est une expérience au cours de laquelle le sujet parvient à tirer les conséquences du fait qu’il se voit parasité par le langage et que, s’il est bien un parlêtre, cela le rend incapable de dire la vérité, les paroles faisant défaut pour cela. Par conséquent, il n’est pas si étonnant que ce qui se rencontre au bout du chemin, ce soient : le scepticisme, le renoncement aux croyances, aux illusions ou aux convictions, l’écroulement d’un savoir totalisant qui pourrait donner du sens à l’expérience vécue dans l’analyse elle-même. La conclusion d’une analyse en est l’ouverture ; on commence au moment de terminer ; ce n’est pas la fin qui y met un terme, c’est son commencement qui est interminable. C’est ce début qui est infini, toujours inachevable.

N’est-ce pas là un terme et un problème qui est déjà apparu à l’époque héroïque où Freud lui-même, en 1937, se voyait contraint de reconnaître la difficulté qu’il pouvait y avoir à réduire la durée des analyses ? Il est donc notable que dans la majorité des cas, l’analyse se voie interrompue, au mieux, avec la satisfaction d’avoir permis un résultat thérapeutique favorable, mais sans que s’imposent la croyance et encore moins la conviction qu’on a pu la terminer. On aurait ainsi affaire à une finalisation, sans la fin et sa “mythologie”. Manya Steinkoler dirait –et je vous laisse imaginer avec quel sourire malicieux– que la psychanalyse est finie quand l’analysant cesse de venir à ses séances. Il faut donc renoncer au bilan final d’une analyse dont les bénéfices, si elle en a, ne pourront être jugés que dans l’après-coup. L’analyse aura eu un bon final, quand l’analysant, au futur antérieur, pourra se dire que ç’aura été une vraie analyse, un jugement qui ne saurait être rendu qu’indépendamment des jurys et du corporatisme des associations. L’analyse ne prend ainsi toute sa valeur que dans le futur, par sa réalisation symbolique, par le moyen qu’elle invente pour se réintégrer à l’histoire du sujet. Dès lors, ce n’est pas dans le présent qu’on achève quelque chose ; seulement dans l’imprévisible futur antérieur (‘aura été’). La conclusion, au sens du résultat final, ne se verra que dans le futur, auquel elle appartient.

Y a-t-il donc un critère qui habiliterait certains à parler de la fin de l’analyse ? Tout laisse, au contraire, penser que, selon toute apparence, la cure, jusqu’au moment de sa finalisation, se voit suspendue à l’émission d’opinions qui sont soutenues avec d’autant plus de passion qu’elles restent totalement imprécises. Nombreux sont ceux qui se contentent de l’obtention d’un certain équilibre qui habilite l’analysant à continuer son existence, sans la nécessité de devoir conserver ce lien étrange avec une personne grâce à laquelle il peut entendre jusqu’où iraient les conséquences de sa parole, en marge de la réponse ou des lumières additionnelles que lui apportaient les interventions de son analyste.

Finalement, c’est bien ce que disait Lacan lors de son dernier voyage aux U.S.A. : « Je m’excuse si ce que je dis semble –ce que ce n’est pas– audacieux. Je peux seulement témoigner de ce que ma pratique me fournit. Une analyse n’a pas à être poussée trop loin. Quand l’analysant pense qu’il est heureux de vivre, c’est assez. »

Mais cela n’est-il pas cohérent avec les paroles citées plus haut, qui paraissaient, sans qu’elle le soient vraiment, audacieuses, mais qu’il vaut donc la peine de reprendre ici : « La conclusion asymptotique de la cure m’est par essence indifférente : c’est plutôt les profanes qu’elle déçoit. » Mais ces mots qui semblent encore audacieux en 1900 ne sont-ils pas le comble de la rationalité et n’indiquent-ils pas ce qu’est l’éthique de la psychanalyse ?

Aux deux bouts du parcours de théorisation de l’expérience nous rencontrons des propositions “minimalistes” qui concernent moins le final d’une analyse que sa finalité” (Koren, communication personnelle, 2015). La passe répond aux soucis qu’ont les institutions psychanalytiques de proposer des systèmes de garantie et d’habilitation. L’achèvement y devient une décision, prise en principe conjointement par l’analysant et l’analyste, mais pas nécessairement en commun accord.

Chez Freud, la conclusion est prise avec résignation : elle est le fait d’une butée sur un “fait biologique”, qui est, chez les deux sexes, le “désaveu de la féminité”, une formulation qui n’est pas si distante du “il n’y a pas de rapport sexuel” de Lacan. C’est pourquoi, faute d’avoir réussi à maîtriser ce facteur, “nous nous consolons, aux dires de Freud, en nous rassurant à propos du fait que nous avons bien dû offrir à l’analysé toutes les raisons pour l’inciter à bien examiner cette donnée et à changer d’attitude à son propos.”

Quant à Lacan, il est remarquable que ses positions aient varié à ce propos, mais pas de n’importe quelle manière : à partir des formulations générales des premiers temps (“dissolution de l’imaginaire”, etc.), il en vient à émettre des formulations maximalistes, contemporaines de la fondation de l’E.F.P. (“traversée du fantasme”, “destitution subjective”, “désêtre de l’analyste”), suivies par les expressions minimalistes que nous venons de citer lors de sa présentation aux Etats-Unis (le 24/11/75), par le :“savoir y faire avec son symptôme” (du 16/11/76) des temps finaux. Entre les premières formulations il n’y a ni passage ni compatibilité, mais bien une franche et jamais avouée incommensurabilité. Ce qui fait que la passe se termine en impasse.

Que ce soit au travers de la logique et du calcul, de la définition précise des variables à modifier, de la prise en compte du critère thérapeutique, tout se révèle insuffisant à préciser le point logique ou chronologique de la fin de l’analyse. Le recours au sophisme des trois prisonniers promu par Lacan en apologue au début de son enseignement n’est pas que l’avoué : un nouveau sophisme logique. Mais il vaut de noter que le “temps pour comprendre”, lorsqu’il se rallonge, différant toujours le “moment de conclure”, fait preuve d’une insolite fluidité. Seul restera clair “l’instant de voir” qui isole ce qui se passe à la fin des entretiens préliminaires, quand il a été décrété que se commençait l’analyse comme lancement d’un temps pour comprendre, qui aura, lui, à susciter du consensus entre l’analysant et l’analyste. Le moment de conclure reste quant à lui imprévisible, incalculable, étant lié à des circonstances qui n’excluent pas l’intervention du hasard, ces hasards l’emportant de loin sur les meilleures intentions ou indications d’objectifs mieux appréhendés : il est donc soumis aux aléas de l’expérience, même s’il est indispensable ou au moins convenable de ne pas laisser dans l’indéfinition les conditions du dénouement d’un procès qui quant à lui restera pourtant indéfini. Où se trouve cependant la marque de ce qui discrimine ce qui peut de ce qui ne peut pas être attendu du déroulement de ce procès, le poinçon de ce qui le caractérise comme étant avec ou sans fin ?

 

Le sujet ne cesse, avec le langage à sa disposition, d’aller au bord de ce que le langage ne peut pas dire à propos de son désir, comme réponse vacillante à l’inconnaissable désir de l’Autre. Ce travail de déplacement de la limite de l’indicible reste nécessairement sans conclusion , ce qui ponctue la fin de l’analyse, et de cette communication, qui devrait donc continuer…

 

 

(Traduction de l’auteur, large et généreusement corrigée par Jacques Nassif et par Daniel Koren, avec mes remerciements pour ses sagaces remarques sur le texte lui-même)

 

 

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