HOW TO DO THINGS WITHOUT WORDS – El callar del analista y sus enunciados

Gradiva, tradicional y prestigiosa institución psicoanalítica de Barcelona que reúne a colegas que siguen distintas líneas de pensamiento, organizó sus IX Jornadas de Intercambio en Psicoanálisis con el título EL TRABAJO DEL PSICOANALISTA. Diálogos sobre técnica psicoanalítica . Las mismas se desarrollaron en los días 18 y 19 de noviembre de 2016 en la Universidad Ramón Llull de la capital de Cataluña. En esa ocasión pronuncié una conferencia que llevaba por título el de esta entrada en el blog, una inequívoca referencia al célebre libro de J. L. Austin How to do things with words (1962). El texto fue publicado en las memorias de ese encuentro, en 2018, editado por Xoroi Ediciones con el ISBN 978-84-947520-8-7 (396 pp.)  Reproduzco a continuación el artículo que aparece en las pp 23-34 del citado volumen.

EL TRABAJO DEL ANALISTA. Diálogos sobre técnica psicoanalítica

 

IX Jornadas de Intercambio en Psicoanálisis

 

How to do things without words. (El callar del analista y sus enunciados)

Néstor A. Braunstein

 

He preferido dar a mi intervención en este importante, bien pensado y bien organizado evento, en este evento que da lugar al diálogo infrecuente entre las distintas corrientes del pensamiento analítico, un título en inglés que evoca y a la vez contraría otro título, el de una de las piezas más importantes de la lingüística de la posguerra , una obra señera, la de J. L. Austin (1911-1960): How to do Things with Words (1962). “Hacer cosas con palabras”, dice, hacerlas sin palabras, con la administración del silencio, digo yo, para hablar de las intervenciones del analista lacaniano en la sesión. La publicación póstuma de las conferencias de Austin dio lugar a una teoría de los “actos de lenguaje” (Speech acts) bravamente defendida por su discípulo, J. R. Searle, en épicas polémicas con Jacques Derrida (1988), el filósofo francés que impugnó, no a la teoría, sino a ciertas discutibles consecuencias de la distinción, hoy ya clásica, entre lo constatativo y lo performativo que todos vosotros conocéis. En fin, un tema formidable para discutir… pero ajeno a los fines de esta exposición.

 

El aporte de Austin es insoslayable: decir no es lanzar palabras al viento sino aceptar que las palabras hacen aquello que dicen, independientemente de su verdad o falsedad, tienen efectos que cambian a los interlocutores. Una frase constatativa es aquella en la que hay un sujeto, un verbo y un predicado y que puede someterse a un juicio que determine si es “verdadera” o “falsa” con relación a criterios que son exteriores a la frase misma, que pueden ponerse a prueba en relación a una “realidad exterior”. Tácitamente va precedida de un “yo sé que… o yo pienso que… y te propongo que lo aceptes”; es una pro-posición. Para dar un ejemplo que no es cualquiera: “Voy a Cracovia”. Puede ser verdad o puede tratarse de un engaño incluso del engaño de hacer creer que es un engaño cuando es la verdad. En cambio, la frase performativa, construida también con sujeto, verbo y predicado, es aquella que, por el mismo hecho de ser enunciada, cambia la posición del sujeto que la emite y de quien la recibe sin que pueda ponerse en duda la exactitud del enunciado. Por ejemplo, “Te prometo que pagaré mi deuda la semana próxima”. La promesa es un “acto de lenguaje” y, como tal, verdadero, infalsificable. La promesa es tal al margen de que quien la hace esté dispuesto a cumplirla o no. Ha sido hecha y no podría ser falsa.

 

Vayamos rápidamente al corazón de la cuestión: podemos decir que todo enunciado provisto de sujeto, verbo y predicado es un pedido de creencia: un acto que hace aquello que propone; no hay mejor ejemplo que lo que dice un analista en el contexto de una sesión, eso que llamamos una “interpretación”, una inter-prestación de sentido. En otros términos, lo que dice el analista es una “oración”. Valgan todos los sentidos de la palabra: es una emisión vocal (oris, la boca como órgano con su correspondiente “placer de órgano” (Organlust), es una frase que al estar conjugada tiene un sentido por banal que sea (“el niño corre tras el balón”) está destinada a que el otro, uno cualquiera, quien la escuche, juzgue si es V o F (verdadera o falsa) y es una “oración” pues está dirigida al Otro, al gran Otro que debe recibir esta plegaria, este pedido de que se dé fe a la palabra. Una oración pues, ya en el decir de Aristóteles (s. IV a.C.), en un libro que no por nada se llama Peri hermeneias (De la interpretación) y que integra el conjunto de la Lógica, el gran Otro, el Dios que escucha la plegaria, sabe que el rezo no puede ser ni verdadero ni falso, simplemente, es.

 

Toda “oración” tiene un sentido, sea que se trate de una afirmación, “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” (una catáfasis) o que se trate de una negación “La mujer no existe” (una antífasis). En cualquiera de los dos casos, se trata de una pro-posición, algo que se pone por delante, y está destinado a que, quien la recibe, haga un juicio de valor, una estimación en términos de “sí”, “no” o “si y solo si” o “puede ser”.

 

La idea psicoanalítica desde los comienzos freudianos es que la interpretación analítica, dirigida por lo común a una formación del inconsciente, devela o revela una verdad insabida (unbewusst) por el sujeto que la recibe y que, de ese modo, puede “comprender” lo que antes se le escapaba, hacer consciente lo inconsciente. Con el correr del tiempo algunos han podido distinguir tipos de interpretación según el objeto de la misma y clasificarlos como interpretaciones referidas al contenido, o al afecto, o al significado transferencial o a la manifestación del pasado histórico-vivencial desconocido por el sujeto. En todos esos casos el enunciado del psicoanalista está orientado al levantamiento de la represión de eventos pasados que han sido oscurecidos por la amnesia infantil y por las defensas del yo. Más allá, integrando múltiples actos de interpretación, podría arribarse a una “construcción” propuesta al paciente para dar sentido a bloques enteros de su historia sin que a Freud (1937) se le escape que esas “construcciones en el análisis” tienen un estatuto similar al de las sistematizaciones religiosas o delirantes y que su objetivo es crear en el sujeto una “convicción” (Überzeugung) en la verdad de la construcción producida por su analista. En otras palabras, engendrar o ratificar una creencia en el psicoanálisis como ciencia del inconsciente.

 

En nuestra práctica, basada en la enseñanza de Lacan, tal como yo la entiendo pero que no debe necesariamente ser suscripta por otros lacanianos, la idea de interpretación es radicalmente distinta.

Es fama bien ganada la de que el analista lacaniano habla poco en las sesiones (y puede que demasiado afuera). Expondré mi argumento trayéndoles una pro-posición, un enunciado en apariencia paradójico pero que se justifica en el marco de este encuentro que no tiene nada de una sesión de psicoanálisis. Mi anhelo, en síntesis, es el de defender la tesis siguiente: Los enunciados del analista, idealmente, deben ser enunciados no proposicionales. O sea, carentes de sentido y no conjugados gramaticalmente mediante la ligazón verbal de un sujeto con un predicado.

 

Que no se entienda esto como una prescripción que implicaría la proscripción de los enunciados proposicionales, es decir, dotados de cierto sentido que el analista conoce y quiere transmitir a su analizante. Puesto que no hay nada que esté proscripto se entiende que todo está permitido, a condición, no de que uno sepa lo que dice, sino que uno sepa lo que hace. Lo que el analista hace lo hace fundamentalmente sin palabras actuando con su ser y no con su saber, without words.

 

Al decirlo, estoy en este mismo momento formulando una declaración que tiene un sentido al cual vosotros podréis acordar o, si os parece, manifestar un desacuerdo. Más bien, y francamente, os pido el asentimiento. Es una oración: “les ruego que me crean”. No lo diría en una sesión, no le propondría al sujeto en análisis una hipótesis hecha por mí sobre un sueño, un lapsus, un síntoma, un enunciado salido de mi cabecita, una hipótesis, fundada o no, que pudiera ser discutida por él. Considero que es tan peligroso, en tal caso, que él la acepte, y de tal modo ratifique la idea de que yo soy quien sabe acerca de su inconsciente (o sea, que me coloque en el lugar del sujeto que realmente sabe), o que la rechace poniéndome en la disyuntiva de, ora discutir con él mi propuesta, ora decirle algo equivalente a: “Tiene usted razón”. Ni sí ni no. Más bien le digo: “Sigo oyendo”. “Veamos”. “Oigamos”.

 

Renunciar al uso de las interpretaciones es un trabajo difícil. Decía un gran analista clásico, hoy casi olvidado, John Klauber, (1972): “ Lo cierto es que casi todos los pacientes tienen necesidad de un sólido método de explicación histórica para quedar satisfechos, comprometerse con el tratamiento y curarse. Sin eso el analista estaría perdido” Y agregaba: “Los analistas viven de interpretación. Es ella la que resuelve nuestros problemas emocionales e intelectuales. Cuando tenemos el sentimiento de comprender algo, debemos encontrar el medio de comunicar nuestra comprensión. Si nos vemos privados de esa satisfacción no tardamos en preocuparnos. Y no hablo aquí de la situación particular de un analista perturbado”. Todos sabemos que el prerrequisito de la interpretación es la transferencia pero el problema es que, habiendo la transferencia, perdemos toda garantía o capacidad de probar la interpretación. En otras palabras, nuestra tarea, entendida al modo tradicional consistiría en fabricar en la sesión enunciados cuyo destino depende, no de la verdad o falsedad de los mismos sino de la confianza que nos brinda quien la recibe. Es saludable, creo, que desconfiemos de la confianza o la convicción que se nos acuerda.

 

O sea: los pacientes esperan interpretaciones y nosotros se las damos porque ellos y nosotros sufriríamos si no se las damos. La interpretación nos calma a los dos. Más bien tiendo a creer que cuando decimos lo que creemos que está en el inconsciente del otro nos satisfacemos con nuestras oraciones y de ese modo nos privamos de escuchar el saber que surge del sujeto sometido a la regla fundamental, diciéndolo todo. Que las interpretaciones dotadas de sentido son resistencias. Del analista. La resistencia del psicoanalista consiste en sustituir con su palabra eso que el propio paciente debe escuchar. El analizante debiera producir el sentido, no recibirlo.

 

Les propongo una idea alternativa: la de que el analista no dice sino que hace y no lo hace with words (con sus palabras, en la tesis de Austin-Searle) sino without words, sin palabras, sin postularse él mismo como fuente o como agente de una verdad más allá o superior a la de quien verdaderamente sabe: el inconsciente. Según la concepción tradicional, la expuesta por Klauber que sigue a Freud, el analista hace entender, interpreta, explica, da sentido a lo incomprensible, construye y reconstruye la memoria de los años olvidados de la infancia del paciente. Lacan (1968) planteó algo distinto: “La esencia de la teoría psicoanalítica es un discurso sin palabra (sans parole)”. ¿Cuál sería el objetivo de esa abstención de los enunciados propositivos? Desconstruir las certidumbres, desarmar los espejismos de la comprensión, hacer surgir el sinsentido o, en otras y claras palabras, permitir que el inconsciente, los procesos primarios, hagan su trabajo equivalente en la sesión al trabajo del sueño. Trabajar con el equívoco lógico, gramatical y homofónico y con el enigma de su deseo, el suyo, el del analista, esa incógnita, una x algebraica que se revelará en el final del análisis.

 

Resumamos esquemáticamente las distintas posiciones en torno a la interpretación dentro del marco tripartito pensado para este congreso:

  1. a) Para el analista freudiano la interpretación consiste en una explicación histórica referida a la vida infantil del paciente y actualizada en la transferencia por el traslado de una figura del pasado al analista ahí presente. (“Recuerdo, repetición y traslaboración” (1917) y “Construcciones en el análisis” (cit.) son los textos de referencia). El analista debe hablar poco y tratar de que sus intervenciones sean transformadoras para el sujeto que las escucha, debe ser neutral.
  2. b) Los analistas kleinianos y sus descendientes en las varias “teorías de las relaciones objetales” no renuncian a este tipo de interpretación histórica sino que remiten sus enunciados a la explicación de las fantasías más arcaicas de sus pacientes tal como se revelan en el aquí y ahora de la sesión y eso desde la primera sesión. El analista habla tanto y a veces más que el paciente.
  3. c) El analista lacaniano es lacónico y espera a que se manifieste la demanda del paciente a la que no responde ni satisface para permitir que se escuche el deseo subyacente. Sus enunciados no son explicativos sino que implican otra demanda: la de que el sujeto se oiga a sí mismo y que la transferencia se despliegue en lo simbólico y en lo real, en el campo de la palabra, la del analizante, con vaciamiento de lo imaginario y especular.

 

Es imposible zanjar la discrepancia entre estas tres modalidades con el recurso a la eficiencia, ya que todos, junguianos y terapeutas cognitivo-conductuales incluidos, pueden alegar la propia. También los magos, chamanes, sacerdotes, médicos y autores de libros de autoayuda. Desde el psicoanálisis podemos afirmar que, cualquiera que sea el método seguido para aliviar el sufrimiento o para permitir al sujeto una vida mejor, el resultado dependerá de la transferencia y del modo de operar en ella, es decir, de la administración de las tres pasiones fundamentales que son el amor, el odio y la ignorancia tal como se manifiestan en el vínculo social, en el discurso, en la posición del sujeto ante el saber (nous).

 

¿Cuál es la forma más adecuada de intervenir? ¿Cuál es el objetivo del psicoanálisis? Cada uno de los tres tiene su respuesta y ellas no coinciden. Reconocerlo hace a la riqueza del pensamiento y de la práctica del psicoanálisis aunque, claro, hay que elegir y optar, sabiendo porqué y para qué. El psicoanálisis es una lengua con varios dialectos que no siempre pueden traducirse. ¿Qué es lo que decide de esa opción? ¿La transferencia con el propio analista al que habría que imitar identificándose con él? ¿La teoría y la práctica dominantes en la institución en la que uno se formó y en la que se aspira a ser un miembro leal? ¿La deliberación acerca de las distintas modalidades interpretativas y su justificación? En ello se juega lo que Lacan llamaba “el deseo del analista” y que se plantea en relación con los fines y, más aun, con el final del psicoanálisis. El deseo del analista es y debe ser un enigma para el analizante, una pregunta sin respuesta. Él tiene que preguntarse qué es lo que quiere este ser más bien indolente, “objetivo”, una suerte de sujeto borrado, un simulacro de una cosa (el famoso objeto @) que lo llama a venir y hablar. El propósito no es que al final se produzca la identificación con el analista sino lo contrario, la expulsión, el rechazo del analista como un objeto de desecho una vez que el proceso ha terminado.

 

En eso el psicoanálisis se manifiesta como una verdadera ateología: no hay ningún sujeto supuesto saber y cada uno tiene que arriesgarse solo en la puesta en marcha de su deseo, liberándose de la demanda del otro. Sacrificar el deseo a la demanda del otro es la definición misma de lo que en términos médicos se tiende a llamar la neurosis (o la adaptación a la realidad), y que yo, en términos de la ética, tiendo a llamar como ortonoia, a diferenciar de la metanoia (reconocer la realidad sin desmentirla a la vez que esforzándose por transformarla) y de la paranoia (que se aparta de la realidad y la sustituye por otra de su invención). Esas tres modalidades de la posición del sujeto son las enunciadas claramente por Freud (1924) en su artículo sobre “la pérdida de la realidad en las neurosis y en las psicosis”. Las opciones freudianas que privilegian una, la que él consideraba la más “sana” y normal, ahora llamada perversión, y que ha sido caricaturizada y disfrazada como una simplista y convencional tripartición de “estructuras clínicas” entre neurosis, perversión y psicosis.

 

La interpretación clásica, la que se formula como tal, la sensata y sensitiva, se dice de forma proposicional y es referida a un saber que ha sido descubierto por el profesional que realiza su oficio de analista, que es proferida en forma unilateral y en sentido único: del analista al paciente.

 

Sabemos de la innovación lacaniana que inventa un neologismo: no es el paciente, no es el analizado, sino que es el analizante (Lacan, 1968), quien tiene a su cargo la parte activa, es él quien hace con su palabra, mientras que el analista motoriza el decir del sujeto, es quien insta y hasta fuerza al inconsciente a manifestarse mediante sus intervenciones no proposicionales en el ámbito del marco analítico creado por ese par de liberados: la asociación libre y la libremente flotante atención. En ese ámbito, en ese campo, es ocioso distinguir entre transferencia y contratransferencia: la tarea del analista tiene un prerrequisito: el de no impostar el saber sino aguardar la emergencia del saber indiscutido e indiscutible en el decir del analizante. El inconsciente es lo que se produce entre ambos, no es del uno o del otro; eso es la clínica bajo transferencia, no el análisis de la transferencia en términos de tú y yo sino el análisis en la transferencia que no es intersubjetiva sino transubjetiva, que no es del uno y del otro. La transferencia en una situación estructurada hasta en sus mínimos detalles para la manifestación del inconsciente. Por eso el analista lacaniano habla poco y, cuando habla, no dice sino que impulsa a decir a quien verdaderamente sabe: el Otro.

 

Es difícil, para quien recibe una demanda de aliviar el sufrimiento, una demanda de análisis, abstenerse de confirmar la sospecha y la plegaria de quien la formula, la de encontrar realmente a un ser humano sabio y comprensivo de ese sufrimiento. El analista acepta el lugar en el que lo pone el analizante, el lugar del “sujeto supuesto saber” (Lacan, 1961) pero no confirma ni refuta la hipótesis de su “paciente” (el que padece, el que espera con paciencia) a quien se le transforma en analizante. Deja en suspenso esa hipótesis de un gran Otro que es dueño de las respuestas. El objetivo es que, en el final del análisis se produzca la destitución, la caída, del sujeto supuesto saber. Por eso calla e interviene como una aspiradora, como una sopapa que, con el vacío, destapa las cañerías donde lo insabido se ha acumulado (chimney sweeping, no es vano recordar aquí la metáfora original de Freud). El analista no desciende tiznándose por la chimenea sino que pone a funcionar una máquina que absorbe las formaciones del inconsciente y las propone como palabras orcaulares para provocar la extrañeza en el analizante: “Ahora caigo en cuenta de que las cosas no son como yo pensaba que eran”.

 

En la cura analítica el analizante se confronta con la personificación de su inconsciente en la figura del otro, de su analista. El trabajo analítico tiene una meta: la manifestación de una diferencia absoluta, con respecto al analista y a cualquier otro, la emergencia de un deseo y de un amor sin límite pues está fuera de los límites de la ley. Eso llama, en la tekhné, es decir, en el arte del psicoanalista, a la taciturnidad, que no es el silencio ni el mutismo. Para evitar la alienación en el saber del otro o en la sabiduría convencional.

 

En un ensayo fenomenal, actualmente en prensa en México, un libro que me congratulo en recomendar antes aun de su salida a la venta, el autor, Alfonso Herrera (2017), hace una clara diferencia entre el silencio (silere) y el callar (tacere). Dice:

 

“[Debemos] distinguir el silencio (en el que la palabra falta o no acude), del callar (donde la palabra es retenida). Dicho de otra manera: el silencio es anterior a la palabra, mientras el callar es posterior a ésta. Y así como nunca es más profundo el silencio que después de un grito, cuanto más callemos mayor será la evidencia de que la palabra siempre falla al pretender decir aquello que el silencio tan elocuentemente enuncia”. (las bastardillas son del autor)

 

Insistiré ahora y aquí en esa propuesta técnica, artística, de que la palabra del analista debe tender a ser no-proposicional. Nada de: “Te propongo que entiendas esto como yo lo entiendo” o “Yo te voy a decir lo que tu decir quiere decir”, propias de los discursos del amo y de la universidad. Esas proposiciones que suponen un saber superior en el “profesional del inconsciente”, que parece tener un diccionario con el cual traduce los enunciados de los pacientes en los suyos propios: históricos, transferenciales, fantasmáticos, contratransferenciales, del contenido, del afecto puesto en juego. ¿De dónde le vendrían ese saber y ese código: de su propio análisis, del estudio de los libros escritos por los mejores o los peores de sus colegas y maestros, de su “experiencia” medida en años, de sus capacidades intuitivas, del título otorgado por alguna de las escuderías a las que pertenece?

 

Veamos cuales son las herramientas del saber no proposicional: la frase no conjugada: “mi madre con su bebé”, un sustantivo con su artículo o su genitivo dicho en forma dubitativa, interrogativa, admirativa, etc. (“¡¿la/su/madre!?”), una ambigüedad (“¿”su” madre, la de él o la mía?”), un adverbio (“realmente”), una interrogación (“¿realmente?”) una cita de lo recientemente escuchado: “se puso furioso” o “mientras le hacía el amor”, la denegación (“no es mi madre”), el infinitivo: (“pegar”), el gerundio (“pegando”, “amamantando”), el participio pasado (“un niño es pegado”), el adverbio superfluo (“obviamente”, que manifiesta la incertidumbre del hablante), una expresión coloquial o un proverbio (“poner en su lugar”), el suspiro, un homofonía (“hay” “¡Ay!” “ahí”), una voz polisémica (“dura”), un equívoco gramatical (“la armadura o el arma dura?”),el gruñido, la repetición del clásico error de género (“estaba excitada” cuando el que habla es un hombre), el gesto, el corte de la sesión levantándose e indicando la puerta de salida, la modulación infinitamente variada de la sílaba “si”. No se podría terminar de formular las variaciones de intervenciones que no dicen nada por sí mismas pero que llaman al decir del sujeto sin hacer valer el saber del analista que vendría a confirmar el equívoco fundamental en el que se basa el psiconálisis que es el de la transferencia … cuando de lo que se trata es de disolverlo.

 

La ética del psicoanálisis nos obliga a evitar la operación de inyectar un supuesto sentido que sería, según nosotros, sus intérpretes, el inconsciente del paciente. En términos de Lacan, hay una sola cosa que el psicoanalista debe saber: “ignorar lo que sabe”. No le falta un predecesor ilustre, Nicolás de Cusa (1449), que ya lo decía (y díganme si no está hablando proféticamente del inconsciente mismo que es el objeto de nuestros desvelos): “el conocimiento por el cual uno cree conocer lo que no puede ser conocido no es un verdadero conocimiento y en tal caso el único conocimiento válido es el que nos permite saber lo que no puede ser conocido”, que se completaría con el hoy ya clásico cierre del Tractatus Logico-philosophicus: “De lo que no se puede hablar hay que callar” (Wittgenstein, 1921). O, para citar a Bion : “Es necesario impedir que alguien que sabe llene el espacio vacío”. Pero quien sabe y nunca calla es el inconsciente, el intruso que sigue hablando hasta cuando dormimos, el que está destinado, con sus enunciados, a llenar ese espacio vacío de los Schwärmerei. De reveries.

 

Nosotros no decimos la verdad porque no la sabemos. Si creyésemos decirla no hay nadie que pueda asegurarnos de que no somos impostores. La verdad es eso que nuestra práctica engendra. En la antigüedad, y creo que también ahora, a eso se le llama mayéutica.

 

Bibliografía

Aristóteles (hacia 340 a.C.) De la expansión o de la interpretación. En Obras completas. Madrid, Aguilar, 1977, pp. 256-270

Austin, J. L. (1962) How to do Things with Words. En castellano Cómo hacer cosas con palabras. Barcelona: Paidós, 1982.

Bion, W. R. (1970) Atención e interpretación. Buenos Aires: Paidós, 1974, p.170

Derrida, J. (1988) Limited Inc. Chicago: Nortwestern University Press

Freud, S. (1914) Recordar, repetir y reelaborar. Obras Completas (O. C.) Vol. XII. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1980, pp. 147-158

– (1924) La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis. O. C., Vol. XIX, p. 196

– (1937), Construcciones en el análisis. O. C., Vol. XXIII, pp. 257-270

Herrera Díaz, A. (2017) Silencio y psicoanálisis. México: Paradiso Ediciones, 2017. En prensa.

Klauber, J. (1972) La rencontre analytique. Ses difficultés. París: PUF, 1984, pp. 61-62

Lacan, J. (1961) Le Séminaire. Livre IX. L’identification. Cours du 15/11/1961.

Le Séminaire. Livre XV. L’acte psychanalytique. Cours du 19/06/1968

Le Séminaire. Livre XVI. D’un Autre à l’autre. Cours du 13/11/1968

Nicolás de Cusa (1440) De docta ignorantia. En castellano: Acerca de la docta ignorancia. Libro II. Buenos Aires, Biblos, 2004, p. 246

Wittgenstein L. (1921) Tractatus logico-philosophicus. Proposición 7. Madrid: Alianza Editorial, 2003

 

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