ICH BIN DEIN LABYRINTH de WOLFGANG RIHM

En abril de 2018 una cierta agrupación de Toledo que lleva en su nombre la esencia y la verdad de su ser (“lapsus”) organizó una reunión patrocinada por la Féderation Européenne pour la Psychanalyse, en la ciudad de Sevilla, con el título DE TOROS Y MINOTAUROS. No pude asistir por razones personales pero redacté un texto que hubiera leído allí, en español y francés, sobre la ópera “Dionysos” de Wolfgang Rihm (2010) en relación con un ditirambo de Nietzsche en donde refulge el verso ICH BIN DEIN LABYRINTH (“Yo soy tu laberinto”) dirigido a la ideal Diotima de Nietzsche. Acompaño las dos versiones para los interesados.

ICH BIN DEIN LABYRINTH de Wolfgang RIHM

Se usa en México una expresión sin equivalente en francés: “sobre advertencia no hay engaño”.

Aviso desde ya: mi comunicación de hoy (a pesar y debido a su forzada brevedad) no tendrá un argumento lineal; el recorrido será laberíntico, cual corresponde a su objeto. Habré de empezar reprimiendo el impulso de hablar de una figura colateral y muy desconocida aunque cautivante en la historia del psicoanálisis. Me refiero a George Sylvester Viereck, (Munich, 1884 – Massachusetts, 1962), poeta, ensayista, novelista, periodista, precursor de la literatura gay y connotado defensor del nazismo. Desde 1914 fue amigo y admirador de Sigmund Freud y a él debemos las dos mejores entrevistas concedidas por el maestro vienés en toda su vida. Preludiando la conversación que tuvo con el psicoanalista, en 1927, Viereck escribió:

“Freud es el Cristóbal Colón del inconsciente … A la luz del psicoanálisis podemos comprender por primera vez el enigma de la naturaleza humana. He tenido el privilegio de visitarlo en varias oportunidades. En todas ellas se me revelaron destellos fascinantes de su personalidad”.[1]

 

La conversación entre estos dos personajes muestra una verdadera opulencia de ideas y es digna de una novela en la que ambos serían personajes. He de limitarme a un único momento de la misma (cit., p. 5). Viereck, que ha elogiado la simplicidad de la vida animal le dice al psicoanalista:

« Incluso usted, profesor, considera que la existencia es demasiado compleja y, me parece a mí que usted mismo es en cierto modo responsable de las complicaciones de la cultura moderna. Antes de que usted inventase el psicoanálisis ignorábamos que nuestra personalidad está dominada por una belicosa multitud de complejos altamente censurables. El psicoanálisis ha hecho de la vida un embrollado rompecabezas ».

A lo que Freud respondió de una manera que hoy nos interesa pues se habla de laberintos y minotauros:

« De ningún modo. El psicoanálisis simplifica la vida. Después del análisis adquirimos una nueva síntesis. El psicoanálisis reacomoda el dédalo de los impulsos descarriados y trata de enhebrarlos alrededor del carrete al cual ellos pertenecen. O, cambiando la metáfora, aporta el hilo que saca al ser humano del laberinto de su propio inconsciente ».

En palabras freudianas, el Ello, calderón rebosante de hirvientes estímulos, es el intrincado laberinto en el que se extravían los seres hablantes; el psicoanálisis, cual Ariadna, ofrece al aventurero que se interna en él una cuerda que le permite salir pero no sin haberse primero confrontado y luchado contra el ser ambiguo, a medias humano, a medias monstruoso, que habita en el interior de cada uno y cobra el tributo vital de inocentes que se le entregan a título de ofrenda.

Como participamos en un congreso dedicado a los toros y los minotauros, en la emblemática ciudad de Sevilla, los psicoanalistas nos vemos llevados de la mano a la imagen de esa bestia fabulosa de Creta encerrada en el mítico laberinto diseñado por Dédalo: una isla enclavada en medio de una isla mayor. Es natural que caigamos en la mitología, pero sin que por ello perdamos de vista lo que el laberinto es como órgano anatómico, imprescindible para nuestra actividad, la de la escucha y, también, para mantener el equilibrio que nuestra hybris como presuntos héroes, Teseos a la caza de lo bestial, podría hacernos perder. No necesito recordaros que el laberinto es un sistema de pasillos fluidos en el oído interno, que incluye tanto la cóclea, que forma parte del sistema auditivo como el sistema vestibular que provee el sentido del equilibrio. Se le llama laberinto por analogía con la apariencia de la casa de Asterión, el terrible engendro, hijo de la cópula bestial de su madre con un padre desenfrenado, un toro con instintos indomables.

El laberinto es la región del oído interno formado por canales semicirculares que, al ser activados, llevan a la cóclea (el órgano auditivo en la corteza cerebral). El sistema vestibular se coordina en el laberinto con el sistema visual para mantener enfocados los objetos cuando la cabeza se mueve. El cerebro recibe, interpreta y procesa la información de estos sistemas para controlar el equilibrio del cuerpo. Los dos laberintos, izquierdo el uno, derecho el otro, son los órganos fundamentales para la práctica del psicoanálisis.

Hay pues un laberinto mìtico para contener y apaciguar a la bestia sedienta de sangre y otro laberinto orgánico, puede que no muy distinto, para escuchar y no caer dando tumbos. Entraremos en el mítico por medio de los anatómicos.

El extraño título que doy a mi comunicación de hoy procede de la escucha, visión y lecturala escucha, visión y lectura del libro de una magnífica ópera estrenada en esta década: una “fantasía operística” de Wolfgang Rihm (n. en Karlsruhe, 1952), estrenada en 2010 que se titula Dyonisos. Esta curiosa creación está centrada en una línea de un ditirambo de Nietzsche escrito en la frontera de la locura (1888-1889) en la que Dionisos, otro heterónimo del filósofo (como Zaratustra) después de escuchar el lamento de Ariadna, dice a la infortunada princesa : Ich bin dein Labyrinth – Yo soy tu laberinto. “¿Quién si no yo sabe quién es Ariadna?“ (En Ecce Homo Zaratustra, 8) El enigma ya no lo es: para Nietzsche, Ariadna era Cósima Wagner, la esposa de su enemigo, el músico hechicero que lo había encantado y que lo traicionó al adherir al cristianismo[2]. Él mismo podía definirse como “el hombre laberíntico, aquél que nunca busca la verdad sino tan solo a su Ariadna” (Z:) “A labyrinthine man never seeks the truth, but only his Ariadne.”

Por razones de tiempo y espacio me ocuparé solo de esta obra maestra de la lírica del siglo XXI. La segunda composición a la que hubiera querido remitirme en este laberinto y que hoy dejaré de lado, es obra del músico británico Harrison Birtwhistle (n. en Hull, 1934), estrenada en 2008, con versos de David Harsent, titulada The Minotaur, ópera que propone una (sub)versión del mito griego que todos conocemos.

Construyo mi texto solo sobre la ópera de Rihm, según mi advertencia inicial, como un rompecabezas dedálico, con varias entradas y cierta esperanza de alcanzar una salida con el hilo del psicoanálisis.

Hablaré de la extraña “fantasía operística” de Rihm (“Ein opernphantasie”) que lleva por título el verso de Nietzsche, sin entrar de modo abrupto en ella. La abordaré sesgadamente, con una referencia indirecta que lleva a otra referencia: tomo de un erudito y nunca bien ponderado ensayo[3], una cita de Luce Irigaray[4]:

“Ella es tu laberinto y tú eres el suyo. Un sendero desde ti a ti mismo se pierde en ella y de ella hacia sí misma se pierde en ti. Y si uno tan solo busca un juego de espejos en todo esto, ¿no es ello ya el abismo?”.

En otras palabras, tampoco entre Ariadna y Dionisos, su futuro esposo, hay relación sexual. El Otro, el otro sexo, la figura y la persona del otro, es un oscuro objeto del deseo, un laberinto donde cada uno de los dos se pierde en el abismal e infinito espejo que les devuelve a él y a ella una imagen invertida[5]. De Rihm a Nietzsche (Yo soy tu laberinto), de Nietzsche a Catalá, de ahí a Irigaray y Lacan, después, a mis palabras de hoy que dirijo a vuestros laberintos donde las escucháis (o leéis). Es momento propicio para complicar nuestro recorrido agregando una nueva bifurcación y recorrer otro pasillo que, quién sabe, quizás no llegue a ninguna parte … o sí.

Encuentro en Gilles Deleuze [6] , según lo que entiendo y sin poder garantizar la fidelidad, una idea de valor inestimable. Dice (¿diría?) el partener filosófico del psicoanalista Félix Guattari que cuando consideramos a los laberintos los pensamos como construcciones espaciales sin puertas de salida. Deleuze concibe otras dos modalidades del laberinto, ya no espaciales sino temporales: circular una, lineal la otra. Un laberinto sería el del tiempo circular, del eterno retorno de lo mismo, perenne repetición de lo idéntico, totalmente previsible. El otro sería el del tiempo histórico, sin reiteración, lanzado eternamente hacia un final que se posterga, imprevisible. Dos modalidades de la errancia humana por esa maraña de senderos que es la vida: o la ley del inexorable retorno y/o la regla de la línea recta, infinitas ambas[7].

Deleuze entra en ambos laberintos del tiempo internándose en un carril distinto, no menos legendario: el marcado por Shakespeare a través de un personaje, otro príncipe, Hamlet: “el tiempo ha salido de sus goznes” (time is out of joint). Permítanme que aclare recalcando, subrayando: hay dos clases de desquicio en la dimensión temporal : uno es el eterno retorno, una identidad para la cual no hay salida, en nuestra clínica, la compulsión (“Wiederholungszwang”), el interminable y coagulado fort-da, fort-da, fort-da. Repetición de un origen que es eterno, prisión del oso en la jaula del zoológico que marca y hunde el suelo con sus interminables pasos. El segundo, es el del tiempo, ya salido de sus goznes, que deja de ser un movimiento que retrotrae a los orígenes y continúa sin pausas, convertido en un cordón unilineal, rectilíneo, que impone a todo movimiento posible la sucesión de sus determinaciones ; es de aquí en más un tiempo vacío, azaroso sin nada originario ni derivado que dependa de su movimiento. El laberinto ha cambiado de aspecto : no es ya ni un círculo ni una espiral sino una cuerda, una pura línea recta tanto más misteriosa cuanto que es simple, inexorable, terrible, un desliz del carrete hacia el exterior (o-o-o), sin regreso (a), fort sin da. En el decir del amante de los laberintos que fue Jorge Luis Borges : « el laberinto que se compone por una sola línea recta y que es invisible, incesante”, dos epítetos que Deleuze sustituye por los tres ya mencionados, los dramáticos: “simple, inexorable, terrible” (unheimliche). Para Borges, el buen monstruo que es el minotauro, puede jactarse de que en él “se anudan los caminos de interminable piedra” (Laberinto), mientras espera la llegada de su liberador y terminará por entregarse pasivamente a la redentora espada de Teseo (La casa de Asterión). (“¿Lo creerás, Ariadna?, el Minotauro apenas se resistió”)

Uno es el laberinto de la compulsión a la repetición, circular, insistente, otro es el de la vida conciente, lanzada hacia la muerte como única salida, inexorable, hecha de pasos sucesivos y sin retorno ni hilo de Ariadna que reconduzca al punto de partida como no sea el del dormir sin soñar, el regreso a la matriz originaria. ¡Qué laberinto aquel donde el hilo de Ariadna es el cordón umbilical!

Demos una vuelta en redondo y recordemos que en el ditirambo de Nietzsche, disparador de la ópera de W. Rihm, después de escuchar el lamento de Ariadna y de un relámpago, Dionisos se hace visible en todo su radiante esplendor y  canta a su amada:

Dionisos:

¡Sé inteligente, Ariadna!

Tienes orejas pequeñas, tienes mis orejas:

¡introduce una palabra inteligente en ellas! —

¿No tiene uno primero que odiarse, si ha de amarse?…

Yo soy tu laberinto

 

Sei klug, Ariadne!…
Du hast kleine Ohren, du hast meine Ohren:
steck ein kluges Wort hinein! —
Muss man sich nicht erst hassen, wenn man sich lieben soll?…

Ich bin dein Labyrinth…

Nietzsche cree saber de la excelsitud y el valor de sus ditirambos cuando escribe para ellos, después del estallido de la locura (1889), una dedicatoria que los psiquiatras no dudarían en llamar megalomaníaca para encontrar ahí una prueba de su extravío: “As I want’d to bestow mankind a boundless benefaction, I give them my dithyrambs”. “Puesto que deseaba ofrecer a la humanidad un ilimitado don, le he dado mis ditirambos”.

Dioniso, el Otro, el dios, Dios mismo, es el laberinto en el que Ariadna está extraviada. Recordemos que no es la Ariadna de Creta, la que da el hilo a Teseo para que pueda salir del laberinto, sino la de Naxos que, tras provocar el asesinato de su medio hermano, el Minotauro, ha escapado con el héroe griego. La plañidera es la doncella seducida y después abandonada en la isla de Naxos por ese mismo Teseo que, huyendo de ella, de su culpa por dejarla en la ínsula desértica, comete el imperdonable lapsus de olvidar cambiar las velas negras por velas blancas y provoca el suicidio de su padre, Egeo, rey de la Hélade, quien se arroja al mar que de ahí en más llevará su nombre. Ariadna quiso huir de la isla y de la soledad en Creta para llevar una vida olímpica en Atenas y terminó ahogada en sus lágrimas en otra isla, menor y aun más estéril, Naxos. Es allí donde Dioniso oye su desconsuelo y responde con los versos citados por Nietzsche-Zaratustra: “recibe mis palabras en tus orejas” (Invitación al diálogo imposible entre los sexos, ya lo vimos). Dioniso, el ídolo excesivo e incontinente, es su laberinto y, según el mito, ella acaba por ser su enamorada esposa. Nietzsche, identificado con Dioniso, perdido también él en el laberinto de su locura, exclama: “¿Quién si no yo sabe quién es Ariadna?”. Richard Strauss con los versos de Hugo v. Hoffmanstahl hizo una humorística sátira de la situación mezclando la Ariadna quejosa del principio (la ópera seria) con la Ariadna que se consuela y ríe al encontrarse con otro galán (en la commedia dell’arte) que se representa simultáneamente para beneplácito del público burgués de la Viena de Freud.

La limitación de las 2000 palabras me fuerza a interrumpir aquí mi exposición.

 

[1] Cf. Niel M. Johnson, George Sylvester Viereck: Poet and Propagandist. Pages 22-24 y 28-36. Books at Iowa 9 (November 1968)   http://ir.uiowa.edu/bai/vol9/iss1/3/ El texto completo de la entrevista apareció en: En : Th. Reik, C. Staff, B. Nelson (ed.) Psychoanalysis and the future. Nueva York, National Psychological Association for Psychoanalysis, 1957.Entrevista reproducida en línea como : G. S. Viereck – S. Freud An interview with Freud http://www.psychanalyse.lu pp. 1-7

 

[2] Si bien alguien muy calificado, K. Hildebrand, en 1936, pudo atreverse a decir que esa identificación es « una broma de mal gusto », habrá que tener en cuenta que ese autor no conocía la carta escrita por el « loco » Nietzsche el 3 de enero de 1889 que fue enviada a Bayreuth, a Cósima Wagner « la princesa Ariadna, mi bienamada ». (Nietzsche. Dernières lettres. Hiver 1887-Hiver 1889, Manucius, París, 2011, p. 234). Con sobrada razón (vide infra) G. Deleuze affirma que no se trata de personas o personajes (Wagner-Teseo, Cósima-Ariadna, Nietzsche-Dionisos) sino de fuerzas y voluntades.

[3] Josep Ma. Catalá, Viaje al centro de la imagen, Santander, Shangrila, 2017, p. 229),

[4] Luce Irigaray “Amante marine. De Friedrich Nietzsche“,Paris, Editions de Minuit, 1980

[5] Lacan lo diría con precisas palabras : “quedando prohibido el diálogo de un sexo con el otro porque un discurso, sea cual fuere, se funda por excluir lo que el lenguaje aporta ̃ allí de imposible, a saber, la relación sexual. Consecuencia de ello es un cierto inconveniente para el diálogo al interior de cada sexo”. (J. Lacan, L´étourdit, en Autres écrits, Paris, Seuil, 2001, p. 487)

[6] G. Deleuze : Critique et clinique, Paris, Minuit, 1993, pp. 40 y ss. Es imposible citar aquí in extenso el estupendo ensayo que forma el duodécimo capítulo de ese libro : « Mystère d’Ariane selon Nietzsche » (cit., pp. 126-134) pero debo confesar mi honda decepción por no hacerlo. Deleuze analiza allí la frase « Soy tu laberinto » como un alquimista que extrae, con su opus magnum, la piedra filosofal del ditirambo nietzscheano.

[7] Lacan entendió esta doble modalidad con un concepto topológico que me extraviaría al exponer ahora : la asfericidad (Cf. : J. Lacan, « L’étourdit », cit., p. 471). René Lew (comunicación personal, 2018, nota con toda pertinencia : « L’intérêt de l’asphérique est qu’on peut en sortir dans le même temps où l’on y est emprisonné“). “El interés de lo “asférico” es que uno puede salir al mismo tiempo que queda aprisionado”. Es la topología propia del laberinto.

 

En traducción al francés:

ICH BIN DEIN LABYRINTH de Wolfgang RIHM

Au Mexique, on utilise une expression qui n’a pas d’équivalent en français : “sobre advertencia no hay engaño” (n’est pas traître celui qui prévient)

Je préviens dès maintenant : ma déclaration d’aujourd’hui (malgré et à cause de sa brièveté) n’aura pas un raisonnement linéaire : le parcours sera labyrinthique, ce qui correspond à son objectif/but. Je commencerai par réprimer mon envie de parler d’une figure qui, bien que captivante/ravissante, est restée écartée et méconnue dans l’histoire de la psychanalyse. Je fais référence à George Sylvester Viereck, (Munich, 1884 – Massachusetts, 1962), poète, essayiste, romancier, journaliste, précurseur de la littérature gay et tristement célèbre défenseur du nazisme. A partir de 1914, il devint un ami et un admirateur de Sigmund Freud, et nous lui devons les deux meilleures entrevues jamais accordées par le maître viennois. Préludant la conversation qu’il a eu avec le psychanalyste en 1927, Viereck avait écrit :

“Freud est le Cristobal Colomb de l’inconscient… à la lumière de la psychanalyse, nous pouvons comprendre pour la première fois le mystère de la nature humaine. J’ai eu le privilège d’être l’invité de Freud à plusieurs occasions. À chaque fois, il m’a révélé de nouvelles facettes de sa personnalité fascinante”.[1]

 

La discussion entre ces deux personnages montre une vraie opulence d’idées et est digne d’un roman dont les deux seraient les héros. De cette conversation, il faut que je délimite un seul moment (cit., p. 5) : Viereck, qui fait l’éloge de la simplicité de la vie animale, dit au psychanalyste :

 

« Même vous, professeur, trouvez l’existence excessivement complexe. Il me semble tout de même que vous êtes en partie responsable des complexités de la civilisation moderne. Avant que vous inventiez la psychanalyse, nous ne savions pas que notre personnalité était dominée par une troupe belligérante de complexes contestables. La psychanalyse fait de la vie un véritable casse-tête».

 

Ce à quoi Freud répondit d’une façon qui, aujourd’hui nous intéresse puisque il y parle de labyrinthes et de minotaures :

« En aucun cas. La psychanalyse rend la vie plus simple. Nous acquérons une nouvelle synthèse après l’analyse. La psychanalyse réordonne l’enchevêtrement de pulsions dispersées, elle s’efforce de les enrouler autour de leur touret. Ou, pour changer de métaphore, la psychanalyse procure le fil qui conduira la personne hors du labyrinthe de son propre inconscient».

 

En des termes freudiens, le ça, chaudron débordant de bouillants stimulus, est le labyrinthe où s’égarent les êtres parlants; la psychanalyse, à l’instar d’Ariane, offre à l’aventurier qui y pénètre une corde qui lui permet d’en sortir, non sans avoir d’abord fait face et lutté contre l’être ambigu, moitié homme et moitié monstre, qui existe en chacun de nous et qui recouvre le tribut vital d’innocents qu’on lui donne en guise d’offrande.

 

Comme nous sommes à un congrès dédié aux taureaux et aux minotaures, dans l’emblématique ville de Séville, nous-autres, psychanalystes, nous voyons ravis par l’image de cette fabuleuse créature de Crête enfermée dans le mythique labyrinthe conçu par Dédale : une île enclavée au milieu d’une île plus grande. Il est naturel que nous touchions à la mythologie, mais ce n’est pas pour autant qu’il faille perdre de vue ce que le labyrinthe est en tant qu’organe anatomique, un organe indispensable pour notre activité, celle de l’écoute et, aussi, pour maintenir l’équilibre que notre hybris comme présumés héros, comme des Thésées chassant la créature, pourrait nous faire perdre. Je n’ai pas besoin de vous rappeler que le labyrinthe est un système de couloirs fluides dans l’oreille interne, qui englobe aussi bien la cochlée, qui fait partie du système auditif, et le système vestibulaire qui donne l’équilibre. On l’appelle labyrinthe par son analogie avec l’apparence de la maison d’Astérion, le terrible monstre, né d’un accouplement bestial entre sa mère et un père sauvage, un taureau aux instincts indomptables.

 

Le labyrinthe est la partie de l’oreille interne formée par des canaux semi-circulaires qui, lorsqu’ils s’activent, conduisent à la cochlée (l’organe auditif dans le cortex cérébral). Le système vestibulaire se coordonne dans le labyrinthe avec le système visuel pour maintenir une mise au point des objets lorsque la tête bouge. Le cerveau reçoit, interprète et traite l’information de ces systèmes pour contrôler l’équilibre du corps. Les deux labyrinthes, l’un à gauche et l’autre à droite, sont les organes fondamentaux dans notre pratique de la psychanalyse.

 

Il y a donc un labyrinthe mythique pour garder et calmer la créature assoiffée de sang, et un labyrinthe organique, peut-être pas si distinct, pour écouter et ne pas chanceler. Nous entrerons dans le mythique par le biais des labyrinthes anatomiques.

L’étrange titre que je donne à mon discours d’aujourd’hui vient de l’écoute, de la vision et de la lecture de’une magnifique opéra sorti cette décennie : une « Fantaisie-Opéra » de Wolfgang Rihm (né Karlsruhe en 1952), dont la première a eu lieu en 2010 et qui s’intitule Dionysos. Cette curieuse création est centrée sur un dithyrambe de Nietzsche où Dionysos, autre hétéronyme du philosophe (comme Zaratustra), après avoir écouté les lamentations d’Ariane, dit à la pauvre princesse : ” Ich bin dein Labyrinth – Je suis ton labyrinthe. “Qui mieux que moi sait qui est Ariane ?“ (Dans Ecce Homo Zaratustra, 8) Le mystère n’est plus : pour Nietzsche, Ariane était Cosima Wagner, l’épouse de son ennemi, le musicien ensorceleur qu’il avait adoré et qui l’avait trahi en adhérant au christianisme. Lui-même se définissait comme “l’homme labyrinthique, celui qui ne cherche jamais la vérité mais seulement son Ariane”. (Z: “A labyrinthine man never seeks the truth, but only his Ariadne.”)

Pour des raisons de temps et d’espace, je m’occuperai seulement de celle-ci. La deuxième opéra dont j’aurais aimé parler pour me référer au labyrinthe et que je laisserai aujourd’hui de côté, est l’œuvre du musicien britannique Harrison Birtwhistle (né à Hull en 1934), sortie en 2008, avec des vers de David Harsent, intitulée The Minotaur, opéra qui propose une subversion du mythe grec que nous connaissons tous.

 

J’ai construit mon texte seulement sur l’œuvre de Rihm, suivant ma mise en garde initiale, en guise de casse-tête dédalique, avec plusieurs entrées et un certain espoir de trouver une sortie grâce au fil de la psychanalyse.

 

Je parlerai de l’étrange “Fantaisie-Opéra” de Rihm (Ein Opernphantasie) qui a comme titre un vers de Nietzsche, sans y rentrer de façon trop abrupte. Je l’aborderai obliquement, avec une référence indirecte qui conduit à une autre référence: j’emprunte à un érudit essai, jamais sufisemment loué[2], une citation de Luce Irigaray[3]:

“Elle est ton labyrinthe et tu es le sien. Un sentier de toi à toi-même se perd en elle, et un d’elle vers elle-même se perd en toi. Et si quelqu’un cherche un jeu de miroirs dans tout cela, n’est-ce pas là le gouffre ?”.

 

En d’autres termes, même dans le couple mythologique d’Ariane et Dionysos, son futur époux, il n’y a pas du rapport sexuel. L’Autre, l’autre sexe, la figure et la personne de l’autre, est un obscur objet de désir, un labyrinthe où chacun des deux se perdent dans l’abyssal et infini miroir qui leur renvoie une image inversée[4]. De Rihm à Nietzsche (Je suis ton labyrinthe), de Nietzsche a Catalá, de là à Irigaray et Lacan, après à ces mots qu’aujourd’hui je dirige vers vos labyrinthes d’où vous m’écoutez (ou lisez). C’est un moment propice pour compliquer encore notre parcours en ajoutant une nouvelle bifurcation et traverser un autre couloir qui, qui sait, ne mène peut-être nulle part… ou alors si.

Je trouve chez Gilles Deleuze[5] , selon ce que je comprends et sans pouvoir le garantir avec exactitude, une idée de grande valeur. Le partenaire philosophe du psychanalyste Felix Guattari dirait que lorsqu’on examine les labyrinthes, nous les pensons comme des constructions spatiales sans portes de sortie. Deleuze conçoit deux autres modalités du labyrinthe, non plus spatiales mais temporelles : l’une circulaire, l’autre linéaire. Un labyrinthe serait celui du temps circulaire, de l’éternel retour, pérenne répétition de l’identique, totalement prévisible. L’autre serait celui du temps historique, sans réitération, fonçant à l’infini vers un final qui se reporte, imprévisible. Deux modalités de l’errance humaine dans un enchevêtrement de sentiers qu’est la vie : soit la loi de l’inexorable retour ou/et la règle de la ligne droite, toutes les deux infinies[6].

 

Deleuze entre dans les deux labyrinthes du temps en s’introduisant par une voie différente, mais pas moins légendaire : celle prononcée par Shakespeare à travers un personnage, un autre prince, Hamlet :“le temps est sorti de ses gonds” (time is out of joint). Permettez-moi d’insister : il y a deux façons de sortir de ses gonds dans la dimension temporelle : l’une est l’éternel retour, une identité pour laquelle il n’y a pas de sorties, dans notre clinique, la compulsion (Wiederholungszwang), l’interminable et coagulé fort-da, fort-da, fort-da. Répétition d’une origine qui est éternelle, prison de l’ours dans la cage du zoo qui marque et écrase le sol avec ses pas interminables. La deuxième, c’est celui du temps, déjà sorti de ses gonds, qui arrête d’être un mouvement, qui ramène aux origines et qui continue sans pauses, devenu une corde linéaire, rectiligne, qui impose à tous mouvements possibles la succession de ses déterminations ; c’est alors un temps vide, hasardeux sans rien d’originaire ni dérivé qui ne dépende de son mouvement. Le labyrinthe a changé d’aspect : ce n’est plus un cercle ni une spirale mais une corde, une pure ligne droite d’autant plus mystérieuse qu’elle est simple, inexorable, terrible, un faux-pas de la bobine vers l’extérieur (o-o-o), sans retour (a), fort sans da. Selon les dires de l’amoureux des labyrinthes qu’était Jorge Luis Borges : « le labyrinthe qui est formé d’une seule ligne droite et qui est invisible, incessante”, deux épithètes que Deleuze remplace par les trois déjà mentionnés : “simple, inexorable, terrible” (unheimliche). Pour Borges, le bonhomme du minotaure peut se vanter en disant que chez lui « se nouent les chemins d’interminable pierre » (Laberinto), alors qu’il attend l’arrivée de son sauveur et qu’il finira par se livrer pacifiquement à la rédemptrice épée de Thésée (La Maison d’Astérion). (“Tu y crois, Ariane? le minotaure a à peine résisté ”)

 

L’un est le labyrinthe de la compulsion à la répétition, circulaire, insistante, l’autre est celui de la vie consciente, fonçant à toute vitesse vers la mort comme unique sortie, inexorable, faite d’étapes successives et sans retour ni fil d’Ariane qui reconduise au point de départ qui ne soit celui de dormir sans rêver, le retour à la matrice d’origine.

 

Faisons un retour en arrière et rappelons-nous que dans le dithyrambe de Nietzsche, déclencheur de l’opéra de Rihm, après avoir entendu les lamentations d’Ariane et en un éclair, Dionysos se révèle dans toute sa splendeur et lui chante :

 

Dyonisos:

Sois avisée, Ariane !…
Tu as de petites oreilles, tu as mes oreilles :
mets-y un mot avisé ! –
Ne faut-il pas d’abord se haïr, si l’on doit s’aimer ?…
Je suis ton labyrinthe…

 

Sei klug, Ariadne!…
Du hast kleine Ohren, du hast meine Ohren:
steck ein kluges Wort hinein! —
Muss man sich nicht erst hassen, wenn man sich lieben soll?…

Ich bin dein Labyrinth…

Nietzsche croit connaître la valeur exceptionelle de ses dithyrambes lorsqu’il écrit pour eux, après l’éclatement de la folie (1889), une dédicace que les psychiatres n’hésiteraient pas à qualifier de mégalomaniaque et y trouver la preuve de son égarement: “As I want’d to bestow mankind a boundless benefaction, I give them my dithyrambs””. “Puisque je voulais offrir à l’humanité un don illimité, je l’ai donné mes dithyrambes.”

Dionysos, l’Autre, le dieu, Dieu lui-même, est le labyrinthe dans lequel Ariane s’est perdue. N’oublions pas que ce n’est pas l’Ariane de Crête, celle qui donne le fil à Thésée pour qu’il puisse sortir du labyrinthe mais celle qui, après avoir provoqué le meurtre de son demi-frère, le Minotaure, s’est échappé avec le héros grec ; c’est la pucelle séduite et abandonnée à Naxos par le même Thésée qui, la fuyant, par sa faute en la laissant sur une île déserte, commet l’impardonnable impair d’oublier de changer les voiles noires par des voiles blanches et provoque le suicide de son père, Egée, qui se jette dans la mer qui désormais portera son nom. Ariane a voulu fuir l’île et la solitude en Crête pour mener une vie olympienne et glorieuse en Athènes et elle a fini par se noyer dans ses larmes sur une autre île, plus petite et encore plus infertile, Naxos. C’est là que Dionysos entend son chagrin et qu’il lui répond avec les vers cités par Nietzsche-Zaratustra: “reçoit mes paroles dans tes oreilles » (dialogue impossible entre les deux sexes, nous l’avons déjà vu). Dionysos, l’idole excessif et incontinent, est son labyrinthe et, selon le mythe, elle finit par devenir son épouse. Nietzsche, qui s’identifie à Dionysos, perdu lui aussi dans le labyrinthe de sa folie, exclama : “Qui d’autre que moi sait qui est Ariane ?”. Richard Strauss, avec les vers d’Hugo v. Hoffmanstahl fit une humoristique satire de la situation mélangeant l’Ariane pleurnicharde du début (l’opera seria) avec l’Ariane qui se console et rit en trouvant un autre séducteur (dans la commedia dell’arte) qui est simultanément représentée pour le plus grand plaisir du public bourgeois de la Vienne de Freud.

 

La limite imposée des 2000 mots m’oblige à interrompre ici mon discours.

 

[1] Cf. Niel M. Johnson, George Sylvester Viereck: Poet and Propagandist. Pages 22-24 y 28-36. Books at Iowa 9 (November 1968)   http://ir.uiowa.edu/bai/vol9/iss1/3/ On peut lire le texte intégral de cet entretien: Th. Reik, C. Staff, B. Nelson (ed.) Psychoanalysis and the future. Nueva York, National Psychological Association for Psychoanalysis, 1957. Interview en ligne: G. S. Viereck – S. Freud An interview with Freud http://www.psychanalyse.lu pp. 1-7

[2] Josep Ma. Catalá, Viaje al centro de la imagen, Santander, Shangrila, 2017, p. 229),

[3] Luce Irigaray “Amante marine. De Friedrich Nietzsche“,Paris, Editions de Minuit, 1980

[4] Lacan pourrait le dire avec des mots précises: “… que, le dialogue d’un sexe à l’autre étant interdit de ce qu’un discours, quel qu’il soit, se fonde d’exclure ce que le lengage y apporte ̃ d’impossible, à savoir, le rapport sexual, il en résulte pour le dialogue à l’intérieur de chaque (sexe) quelque inconvénient. (J. Lacan, L´étourdit, Autres écrits, Paris, Seuil, 2001, p. 487)

[5] G. Deleuze : Critique et clinique, Paris, Minuit, 1993, pp. 40 y ss. Es imposible citar aquí in extenso el formidable ensayo que forma el duodécimo capítulo de ese libro : « Mystère d’Ariane selon Nietzsche » (cit., pp. 126-134) pero debo confesar mi honda decepción por no hacerlo. Deleuze analiza allí la frase « Je suis ton labyrinthe» como un alquimista que extrae, con su opus magnum, la piedra filosofal del ditirambo nietzscheano.

[6] Lacan entendió esta doble modalidad con un concepto topológico que me extraviaría al exponer ahora : l’asphéricité (Cf. : J. Lacan, « L’étourdit », cit., p. 471). René Lew (comunicación personal, 2018, nota con toda pertinencia : « L’intérêt de l’asphérique est qu’on peut en sortir dans le même temps où l’on y est emprisonné“). Es la topología propia del laberinto.

 

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