GOZOLOGIA – Asociación Psicoanalítica Argentina y FEPAL – Libro: PENSAMIENTO PSICOANALITICO LATINOAMERICANO – 2018

En marzo de este año, 2018, me pidieron de la Asociación Psicoanalítica Argentina (a través de los compañeros y colegas Laura TROTTA, Jean-Marc Tauszik  y Fernando GÓMEZ) un artículo para un libro colectivo sobre el Pensamiento psicoanalítico latinoamericano en el que podría exponer algún tema particular al que considerase relevante dentro de mi producción. La obra sería editada conjuntamente por la APA y la Federación de Entidades Psicoanalíticas de Latinoamérica (FEPAL). Reproduje en la ocasión un artículo de 4000 palabras titulado GOZOLOGIA  en el que decía algunas cosas que no están en el libro EL GOCE. UN CONCEPTO PSICOANALÍTICO, publicado en francés, portugués y español, actualmente en prensa en la Editorial del Estado de Nueva York (SUNY Press) en traducción al inglés. (por Silvia Presman). El artículo que envié es la reproducción algo modificada, con la consiguiente aclaración, de la conferencia que dicté y di a publicar en el volumen Cuerpo y goce (Acto, Alicante, 2018) del que informo en otra entrada de este blog. Allí los que interesados pueden leerlo. Además, los editores me solicitaron una semblanza personal para agregar como colofón del artículo. También aquí se reproduce a continuación del texto esa “semblanza”.

GOZOLOGÍA, Asociación Psicoanalítica Argentina, marzo de 2018 

En México, en la presentación de la segunda edición de El goce. Un concepto lacaniano, (2006) uno de los asistentes me sorprendió con la más elemental de las preguntas :

-¿Cómo definiría usted al goce ?

Y sí, en verdad, en los cientos de páginas de mi obra no había una definición del concepto. Tuve que improvisar una en ese momento y lancé, de botepronto,

« El goce es el conjunto de los modos en que el cuerpo es afectado por el lenguaje ».

Aun hoy no sé si la definición es tan precisa como concisa ; espero poder discutirla. Pero sí sé que nuestra práctica no tiene otro objeto que esa relación entre el sujeto viviente como cuerpo y el lenguaje que es la condición del inconsciente. Esa es la sustancia del psicoanálisis : la articulación del lenguaje y el cuerpo en el sujeto – agregar « humano » sería una redundancia. Ya en el prólogo de esa segunda edición, corregida y aumentada, argumentaba en favor de una innovación terminológica, de un neologismo : gozología, una palabra que es, en español, clara y eufónica pero a la cual me sería difícil proponerle un término equivalente en francés o en inglés pues en ambas lenguas el goce, en su sentido psicoanalítico, lacaniano, debe decirse jouissance. El agregado de un sufijo, logie, en francés, o logy en inglés crearía una palabra casi impronunciable : jouissanceologie o jouissanceology. Desde un punto de vista conceptual podría pensarse que sería adecuada la palabra erotología, que apareció antes en la lengua francesa, en 1882, para referirse, se decía, al « estudio del amor físico y de las obras eróticas ». Erotología es un término que Freud nunca usó y Lacan sí, pues recurrió a ella en dos seminarios, el de la angustia en 1962 y 1963 y el dedicado al saber del psicoanalista en 1971.

 

Siguiendo la estela abierta por esas frases, con buenos argumentos, en 1997, Jean Allouch, creyó ‘legítimo’ articularlo así : « El psicoanálisis es una erotología ». Mi amigo Allouch preludiaba estas palabras con la justa y explícita referencia al autor que había promovido la reflexión sobre el erotismo: Georges Bataille, quien, a partir de los años ‘20 firmó, con distintos seudónimos, novelas que aun hoy parecen escandalosas y que fue el primer esposo de la mujer de Lacan. Bataille se basó, a su vez, en un inexcusable y confesado precursor, el marqués de Sade.

En la primera clase del seminario del año ’62 dijo Lacan (X, p.15):

« No les estoy presentando una psicología, un discurso acerca de esta realidad irreal que se llama ‘psyche’ sino una práctica que merece un nombre : ‘erotología’. Se trata del deseo.». Y luego, en febrero del ’63 : “En nuestra época, la que vivimos, el deseo se manifiesta como erotismo” (X , p.176) .

Una erotología, sí, no está mal llamarlo así cuando el deseo es su concepto axial. El psicoanálisis, desde sus inicios, es una teoría de la sexualidad que es indisociable de la teoría del inconsciente, su otro pilar. Las dos teorías surgen de una práctica que es la puesta en acto de la realidad (sexual) del inconsciente manifestada en la transferencia dentro del marco de las sesiones reguladas por la consigna de decir todo lo que pasa por la mente de un sujeto que acepta las condiciones del encuentro analítico.

La postulación de una erotología remite directamente a los textos de Bataille que había publicado El erotismo en 1957, un libro clave que repercutió de modo decisivo en la enseñanza de Lacan: de ello dan cuenta todos los seminarios a partir de 1958, especialmente a partir de la clase del 5 de marzo de 1958 (V, p. 251) cuando manifestó : « He puesto en un primer plano, para toda la disciplina freudiana, ese elemento privilegiado que se llama deseo. Os he subrayado que, hasta Freud, todo estudio de la economía humana partía más o menos de un interés por la moral, por la ética, en el sentido de que se trataba menos de estudiar el deseo que de reducirlo y disciplinarlo. Por el contrario, es en relación a los efectos del deseo en el sentido más amplio – pues el deseo no es un efecto separado – que nos confrontamos en el psicoanálisis. Lo que se manifiesta en el fenómeno del deseo humano, es su fundamental supeditación, por no decir subversión, por el significante. Este es el sentido de todo lo que me esfuerzo por recordarles – la relación del deseo con el significante ».

[Os pido subrayar la transparencia de la expresión, “este es mi deseo”, el deseo de Lacan].

Continúo y llego ahora a lo esencial de esta cita:

« No es esto lo que otra vez desarrollaré hoy, si bien debemos regresar a eso para volver a empezar ; ahora os voy a mostrar lo que significa, en la perspectiva rigurosa que sostiene la originalidad del deseo del hombre, una noción que está siempre más o menos implícita en el uso que hacéis de la noción de deseo y que merece ser distinguida de ella – diré aun más, que no puede comenzar a ser articulada sino a partir del momento en que nos compenetramos suficientemente de la complejidad en la cual este deseo se constituye. Esta noción de la que hablo será el otro polo de nuestro discurso de hoy y se llama la jouissance, el goce ». 

Lo véis : el goce como el otro polo del deseo. La idea se refrendará de una manera que podemos incluso tildar de dramática cuando Lacan escribe, en el informe de su seminario XIV sobre La lógica del fantasma (AÉ, 327) : 

« Con esta referencia al goce se abre la única óntica confesable para nosotros ».

Aclaremos, todo lo que abordamos como real, como existente, la única óntica, lo que, en palabras de Heidegger, es « la actitud hacia el ente para dejarlo ser en sí mismo, en lo que es y en lo que no es », a diferencia de lo « ontológico », que es el discurso de la vulgarización filosófica sobre el ser, eso, ‘la única óntica’, el único substrato de lo que abordamos en nuestra clínica – esto es lo que yo, Néstor, diría, leyendo a Freud, repitiendo a Lacan y reflexionando sobre mi clínica analítica es el goce – y repito la precaria definición– el conjunto de los modos en los que el cuerpo es afectado, impactado, transformado, por el lenguaje. O, corriendo un riesgo mayor, subrayaré que el cuerpo es escrito desde el nacimiento o aun desde antes, desde el deseo y el goce de los padres, por el lenguaje. (-esto es algo que el sujeto nunca podrá saber y es lo que cae bajo la noción psicoanalítica de represión primaria-). Lo único en nuestro actuar y en nuestro Dasein que tiene existencia física, real o fáctica. Lo real en sí, siendo todo lo demás que decimos tan solo un « discurso acerca de lo real ». La sustancia del psicoanálisis. La única coseidad, anterior a cualquier categoría discursiva tal como, por ejemplo, el deseo. El deseo y el fantasma son modalidades de abordaje del goce, son defensas o amortiguadores o barreras interpuestas en su camino. (Cf. ontico-ontological distinction *The Blackwell Dictionary of Western Philosophy, 2004)

Puedo también arriesgarme a decir (no en balde Lacan hablaba de una confesión) que, dados estos dos polos, por lo tanto, de dos extremos en oposición, uno, el deseo, eje del pensamiento y de la reflexión freudiana y de la lacaniana hasta 1958, es la dimensión de la falta, mientras que la otra dimensión, el otro atractor magnético, el del goce, es el de lo que realmente el cuerpo siente, experimenta, sufre, padece, del mismo modo en que solemos definir a la Cosa como eso de lo real que padece por el significante. Conviene recordar que “este drama no es el accidente que se cree. Es de esencia: pues el deseo viene del Otro y el goce está del lado de la Cosa.” (É, p. 853). (El deseo es la falta, es un efecto de la Ley, es lo que no se tiene [cf. Platón]. El goce, en cambio, está o no está, lo hay o no lo hay, se siente, trátese de un disfrute o de un sufrimiento).

El goce es la sustancia, lo que sostiene a la teoría y a la práctica del psicoanálisis. Es en relación con el goce que se articulan esas “posiciones subjetivas” expresión que prefiero, por muchas razones, a la muy difundida e imprecisa de “estructuras clínicas”. El cambio conceptual implica una consecuencia trascendental para nuestra actividad como analistas que ya no consistirá, en lo fundamental, en la parlante interpretación sino en la escucha interrogativa de las maneras en que el sujeto articula sus asociaciones en la sesión, bajo transferencia. Todo aquello que este sujeto goza al decir (o al callar) bajo transferencia. En el escrito “La dirección de la cura” (É. p. 641), Lacan muestra sus cartas sobre la interpretación y el silencio al preguntar: “¿A qué silencio debe obligarse ahora el analista para sacar por encima de esas miasmas el dedo levantado del San Juan de Leonardo, para que la interpretación recobre el horizonte deshabitado del ser donde debe desplegarse su virtud alusiva?” El desplazamiento conceptual al pasar del deseo al goce implica, para la técnica, pasar de la interpretación al acto analítico. Pasar del decir al hacer. Y las palabras ya no serán proposiciones constatativas sino acciones performativas con sus consiguientes efectos perlocutorios. El sujeto no habrá comprendido algo que se le escapaba sino que habrá transformado su ser a partir del acto. Y lo mismo vale para el analista.

Poner al goce en el centro significa cambiar la idea misma de la práctica analítica, de nuestra manera de abordar el ser del sujeto. En este sentido, me permitiré otro atrevimiento : el psicoanálisis y su discurso no son parte de la óntica del psicoanálisis, son un epifenómeno de nuestra óntica, la del goce, una que no tiene par, puesto que es la única. No es el sostenimiento de un diálogo en el que convertimos a los discursos manifiestos revelando su trasfondo oculto, latente, mediante la interpretación sino un encuentro en el que, desafiando al sujeto a que diga todo cuando pasa por su cabeza, lo instamos a chocar con lo imposible de decir, con el goce inherente al fluir de su discurso y con los obstáculos con los que tropieza. Ante esas manifestaciones no respondemos explicándole lo que su decir quiere decir, sustituyendo su discurso por otro, adoctrinándolo en nuestras sabias concepciones, transmitiéndole un saber de lo que ignoraba. Escuchamos y respondemos con un acto analítico hecho de silencio, astucia y exilio, de reenvío de la palabra pronunciada. Desde aquí pueden entenderse las modificaciones en la técnica del psicoanálisis cuando se descubrió que lo esencial de la actividad del psiconalista no consistía en la actividad iluminista de remplazar un discurso por otro más esclarecido sino en interrogar al sujeto por las fuentes y por los accidentes de su decir, desmontando el sentido sin pretender cambiarlo por otro más sabio o perspicaz.

¿Por qué ‘gozología’ y no ‘erotología’? La respuesta es sencilla. Ya dijimos que el erotismo, ese presunto objeto de la erotología, ese objeto capital de la reflexión de Bataille, se define como un saber del amor físico y de las obras eróticas. Es un homenaje al venerado dios Eros. Freud mismo, sin confesarse como sucesor de Sade, puso, como centro de su pensamiento a la libido y sus destinos en el cuerpo y en el psiquismo, expuso a las pulsiones sexuales como el otro polo de las de autoconservación. Así fue, así fue … hasta el giro de los años ’20. A partir de entonces, Eros tenía una contrapartida, sin la cual la determinación de sus avatares resultaba incompleta. Eros, sí, seguro que sí, fuera de duda, pero no sin su adversario igualmente fundamental y esencial : Tánatos, la pulsión de muerte (Todestrieb). El psicoanálisis no podía ser, pues, nada más que un erotismo, objeto de una nueva disciplina. Era, si me permitís inventar otro neologismo, un erotanatismo, una elucubración del saber sobre la vida regulada por el principio del placer que debía complementarse con el costado oscuro que se erigía más allá del principio del placer, animando a la destrucción, a la disolución de las ligazones libidinales y sociales. Había que reconocer esa fuerza manifestada por el problema económico del masoquismo, por el malestar en la cultura, la guerra, la compulsión de repetición, la reacción terapéutica negativa que se hacía presente en el momento en que el análisis podía liberar al sujeto de su sufrimiento, las actividades humanas ligadas a una economía libidinal que no es la del cálculo de las ventajas sino la del gasto improductivo, el potlatch, el gusto por la destrucción, la violencia, la erección de dificultades y barreras cuando las fuerzas eróticas podían alcanzar una feliz resolución. Ese antierotismo es constitutivo del pensamiento freudiano y es lo que Lacan encuentra con la noción de goce, lo que no sirve para nada, la sustancia, la única sustancia de la actividad psicoanalítica. Por eso no quiero honrar tan solo al simpático dios Eros cuando defino al psicoanálisis en el erotismo, quiero señalar también a su adversario, y lo intitulo como erotanatismo.

Ahí, casi sin reconocerlo o directamente negándole el reconocimiento, es que el seminario de Lacan muestra su continuidad con la obra de Bataille en 1957, justo antes de que Lacan introduzca al goce como el otro polo del deseo. En « El erotismo » publicado en 1957, culminación de sus obras anteriores como « La noción de gasto » (1933), « La estructura psicológica del fascismo » (1937, donde se reconoce a Freud como antecedente ineludible en el tema) « La experiencia interior » (1943 y 1954) « La parte maldita. Ensayo de economía general » (1948), en El erotismo, decía, Bataille comienza con una frase categórica : «Es posible decir que el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte » y debemos concentrar las citas de un pensamiento complejo a unas pocas frases como : « Esencialmente el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, el terreno de la violación » y ¿Qué significa el erotismo de los cuerpos sino una violación del ser de los participantes ? ¿Qué significa sino una violación que limita con la muerte, con el crimen ? Todo el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, en el punto en donde uno desfallece ».

La simpatía no confesada con esas reflexiones de Georges Bataille anima los seminarios de Lacan a partir de 1958 y se manifiesta particularmente en el seminario VII de 1960 sobre la ética en el psicoanálisis y en el X sobre la angustia. Este centralismo del goce no deja de leerse en ninguno de los seminarios que exponen la especificidad de Lacan como el inventor de una enseñanza diferente de los demás autores psicoanalíticos, sin perder nunca de vista la continuidad de su reflexión con la de Freud expresada en el giro de los años ’20. El objeto @, su invención más preciada, es la « causa del deseo » y el « plus de goce » como concepto que liga de modo manifiesto a su pensamiento con la noción de plusvalía descubierta y promovida por Marx. La economía libidinal es indisociable de la economía política. « La psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social » (1921). El incremento constante de « el malestar en la cultura » (1930) es un resultado de la fuerza desencadenada de la pulsión de muerte expresada como agresión hacia sí mismo y hacia el prójimo. Por proclamarlo el pensamiento freudiano fue calificado de pesimista por algunos y por realista para quienes lo leyeron sin distorsionarlo. Y de todo eso encontramos el antecedente claro y fecundo en la obra de Bataille.

Digamos a título de digresión que tiene un costado casi cómico que los Escritos de Lacan se cierran, tanto en francés como en la traducción al español, con un índice onomástico elaborado por Jacques-Alain Miller en el que figuran los cientos de nombres propios citados por Lacan sin que falten ni Cyrano de Bergerac ni Luis Buñuel, pero hay un nombre que no aparece : el de Georges Bataille, mencionado sin embargo en la p. 583 de la edición francesa con referencia a la experiencia interior, « ensayo central de la obra de Georges Bataille. En Madame Edwarda, él describe de esta experiencia su extremidad singular ». La ausencia del nombre de su amigo no produce oscuridad en torno a Bataille sino que lo hace refulgente para quienes conocen las vicisitudes de ese significante de la batalla en la familia de Jacques Lacan.

Lo importante ahora para mí es señalar la relación entre Bataille y el psicoanálisis a partir de una reflexión escrita por él en 1957 a la que podemos señalar como una exigencia, reconocida o no, para que Lacan haga aparecer al goce en la elaboración de su enseñanza : Bataille comienza este libro sensacional sobre la Historia del erotismo señalando la incompatibilidad de fondo entre el mundo del erotismo y el mundo del pensamiento. Cito y traduzco, eliminando muy a mi pesar párrafos enteros : «Uno podría creer que el psicoanálisis aborda sin reserva todo el campo de lo sexual y así es, pero solo en apariencia. Se estima que el psicoanálisis mismo define sabiamente a lo sexual como un elemento de afuera que es, en principio, inasimilable a la conciencia clara. Sin duda, para él, es inconcebible la totalidad concreta sin el sexo, del mismo modo en que se ve como de veras impecable el pensamiento propio de la ciencia, como si la sexualidad, que actuó en su formación, no lo modificase de aquí en más, o solo lo hiciese de modo superficial. Para el psicoanálisis, la sexualidad y el pensamiento se ubican en terrenos opuestos ; el psicoanálisis es una ciencia que, del mismo modo que las demás, aisla a los hechos abstractos o que, en ocasiones, los considera como influyendo unos sobre otros. De tal manera, mantiene para sí el privilegio moral del pensamiento abstracto, siempre digno del mayor respeto ; acoge al elemento sexual, pero solo en la medida en que sus desarrollos lo reducen a la abstracción de la cual el hecho concreto queda sensiblemente distanciado. Pero es posible vislumbrar otro enfoque en el que no podría sostenerse el orgullo de la ciencia o del pensamiento, donde el erotismo y el pensamiento ya no formarían mundos separados. … [En mi concepción] el mundo erótico y el intelectual se completan y se encuentran en un nivel de igualdad, forman una totalidad concreta y solidaria».

En síntesis, en 1957, Bataille reclama al psicoanálisis el distanciamiento con los hechos concretos del erotismo y su enclaustramiento como una doctrina científica que deja de lado a los elementos ineludibles de la experiencia erótica y se hace, así, un abanderado del pensamiento más convencional. Lacan, al año siguiente, admite ese fallo y propone otro polo a lo que venía desarrollando a modo de un comentario de la obra de Freud: ya no son centrales, ecuatoriales, el deseo y la falta sino que hay otro polo, el del goce y de la vivencia que están en el fundamento del ser. Si me apuran, me atreveré a decir que es el momento en que Lacan deja el estructuralismo y pasa, entre los primeros, a las filas del postestructuralismo. El psicoanálisis sigue siendo una práctica lenguajera pero la palabra ya no vale como enunciado sino como acto, acto de lenguaje, con capacidades performativas y perlocutorias. Evocación del goce.

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Una confusión en la que muchos se extravían es la idea de que el deseo es dialéctico (« dialéctica del deseo ») mientras que el goce no lo es. Por el contrario, con la introducción del goce asistimos a la « subversión del sujeto ». De un sujeto que goza en la confrontación con el goce del Otro. Del otro que goza gozando de él y de él gozando el goce del Otro. Insistamos, contra esa opinión prevalente, que tanto el deseo como el goce están incluidos en una dialéctica por la oposición y la unidad de esos contrarios que son el uno y el Otro, el cuerpo y el lenguaje que hemos fusionado en nuestra definición del goce.

Hay quienes pretenden que el goce, siendo del cuerpo, es solipsista e intransferible. El goce de los síntomas neuróticos, forma más común del encuentro con el goce en la experiencia del psicoanalista, es un modo de relacionarse con el Otro y solo existen como síntomas en tanto que se actualizan en la transferencia. Decía Freud en la Introducción (S.E. XVII :273) « los síntomas sirven como un sustituto de la satisfacción sexual en los enfermos, son un remplazo de esa satisfacción que falta en sus vidas », Son, siempre de acuerdo con Freud (XVII :404) « satisfacciones sexuales sustitutivas ». No son un sufrimiento interno del paciente como la psiquiatría oficial querría hacernos créer ; son goce y se dirigen « de un Otro al otro ». El goce al cual el sujeto denominado perverso dedica su vida es una voluntad de goce que solo puede comprenderse en su relación con el Otro cuya angustia es el objeto y el objetivo ; en realidad no podría siquiera existir sin la división subjetiva de la « víctima ». El psicótico se siente inundado por el goce del Otro que controla sus pensamientos, lo persigue en cada movimiento, lo vigila, lo envenena, transforma su cuerpo. Lacan insiste en la necesidad de esta presencia del otro y del Otro para que la pulsión se manifieste : « Es en tanto que el otro interviene que el sujeto puede percatarse de que hay un goce más allá del principio del placer ». (Sém. XI, p.167) El goce es manifiesto en el desgaste y la destrucción de los bienes, por ejemplo en la institución del potlatch, rescatada por Bataille (La parte maudite, 1949) de los antropólogos y subrayada por Lacan en el ulterior seminario sobre la ética (Sém. VII ; 1960). El potlatch solo puede ser comprendido en la medida en que esos bienes son sustraidos de su uso e intercambio que son apreciados por la sociedad y que el prestigio que acompaña a su destrucción está íntimamente ligado al valor que tienen para el Otro. El goce es un sacrificio oficiado en los altares de dioses más bien oscuros ; es el goce maléfico que se deriva de privar al otro de los bienes de los cuales él disfruta. El goce está tan ligado a la ley como a su transgresión. Es gracias a la ley (aquí debemos recordar que la ley es la otra cara del deseo) que determinado acto provoca el goce al cual la pulsión aspira y que siempre que se le alcanza resulta insuficiente, razón por la cual la pulsión, una vez cumplido su recorrido y completado su circuito, debe relanzarse en dirección a un blanco buscando una satisfacción que siempre se escapa. Por eso empuja, siempre hacia adelante, sin alcanzar su meta. Es que la pulsión, real, corpórea que es su fuente, choca con lo real del otro. El goce, entrevisto confusamente en la imagen del otro, es la fuente de los celos, la envidia, la culpa, la codicia, la lista completa de los pecados llamados capitales, la confesión, la penitencia, más en el hecho de pagar que en el de ser pagado, en el dañar tanto como en el ser dañado y brindarse las mieles de la autocompasión. En el niño siendo golpeado que es una fantasía fundamental de los seres humanos. El goce surge en la suspensión de las « buenas razones » que gobiernan la conducta racional y virtuosa a menos que ella coincida con la ofrenda de sí. Precisamente, por estar indisolublemente ligado al Otro es que el goce no tiene una sustancia fisiológica sino una sustancia ética. Pueden los neurofisiólogos explorar sus circuitos y las áreas encefálicas involucradas en las experiencias goceras y en la búsqueda compulsiva de su repetición, pero la razón del goce se encontrará siempre en la relación con el Otro a través del otro pequeño que es su representante. El goce es la razón que se manifiesta en la posición del sujeto ante el analista, bajo transferencia. Es lo que el analista interroga, en función de supervisor (« control ») en todo momento de la relación con otro analista.

 

SEMBLANZA PERSONAL para el libro de APA -FEPAL

Es ardua tarea la de escribir sobre sí mismo. Pues el oneself no existe; está marcado por los otros desde su constitución y hasta su destitución. Más aun si se es psicoanalista y se ha comprendido que uno no puede librarse totalmente del mito individual y de la novela familiar que obligan a la desconfianza y el repudio de la primera persona del singular. (Le moi est haïsable — Pascal)
Y sin embargo, aquí estoy. Accedo venciendo resistencias… Mi bisabuelo paterno llegó a la Argentina en el primer barco que trajo judíos al país. Mi abuelo nació en Moisés Ville en 1892 y mi padre allí mismo en 1916. Mis antepasados por el lado materno también fueron judíos habitantes de las pampas, humildes todos, convencidos de que el único camino abierto para sus descendientes era el estudio y, a la larga, Eldorado, la universidad. Mis padres nunca llegaron a ella. Mi hermana y yo, sí. Todos se preciaban de ser librepensadores, ajenos a toda religión.
Nací en 1941; mis primeras memorias se relacionan con la liberación de París y la campaña electoral contra Perón. Teniendo 4 años decidí que sería médico y a los 12, leyendo a Freud, que sería psicoanalista. Entré a la Universidad de Córdoba a los 14 años y me recibí de médico a los 20. A los 25 era “Doctor en Medicina y Cirugía” con una tesis sobre la hipocondría. Empecé a trabajar en el hospital a los 17 años, a los 19 era docente-alumno. Seguí en la docencia sin interrupción hasta 2013 y aun ahora figuro como profesor invitado en la Universidad de Barcelona. Mis intereses en la adolescencia eran pocos por la medicina; mucho más me atraían la literatura y la política. Milité en el Partido Demócrata Progresista desde la “Revolucìón Libertadora” (ja) de los 14 a los 20 años. En esos tiempos la izquierda seguía las lecciones de Pavlov y mis primeros maestros en psiquiatría eran comunistas. Escribí trabajos de investigación clínica mientras me familiarizaba con la locura en la clínica que dirigía Gregorio Berman. En 1963, en la revista disidente del PCA, Pasado y Presente, publiqué un artículo donde criticaba, aun desde la reflexología, a la psicología pavloviana. A finales de los ’60 comencé a estudiar a fondo el psicoanálisis; a fines de 1971 empecé mi psicoanálisis junto a prácticas de supervisión. Creamos en Córdoba un Centro de Estudios Psicoanalíticos con maestros venidos de Buenos Aires: Marie Langer, Rafael Paz, Gilou García Reynoso, Raúl Sciarreta. Althusser y ellos nos abrieron el camino para entender que los caminos de la revolución que anhelábamos y el psicoanálisis no eran divergentes aunque tampoco fuesen los mismos. La antipsiquiatría y el incipiente psicoanálisis lacaniano en la Argentina se daban la mano.
Paulino Moscovich me hizo conocer textos de Lacan en 1964. Percibí algo distinto que acabó por ser mi camino. Con su tinta aun fresca, ya en 1966 atesoraba mi volumen de los Écrits de Lacan. En 1971 una bomba destruyó el consultorio que compartíamos Paulino y yo. La razón: nuestro asesoramiento psicológico y psiquiátrico a los obreros de FIAT en conflicto con la patronal. En 1973, tiempos de Lanusse, los alumnos me impusieron como profesor de Introducción a la Psicología. En 1973 y 1974 dictamos cursos multitudinarios que acabaron por ser Psicología: ideología y ciencia, libro editado en México por Siglo XXI a comienzos de 1975 con prólogo de Marie Langer (alrededor de 100.000 ejemplares vendidos en toda América). Amenazados de muerte Frida Saal, mi compañera, junto con una hija de 5 años, nos exiliamos en diciembre de 1974 en México. Viví allí, hice otras dos tranches psicoanalíticas, una kleiniana, otra lacaniana, practiqué el psicoanálisis, fundé y dirigí instituciones, escribí y publiqué muchos libros (cf. Wikipedia), unos cuantos de ellos traducidos a varias lenguas y fui profesor de postgrado en la UNAM durante 38 años. La práctica del psicoanálisis clínico y la formación de colegas, hoy diseminados en Europa y América, era mi actividad predominante aunque nunca dejé de lado mis intereses por la política, la filosofía y las artes como testimonia el índice de mis escritos. Fundamentalmente, ellos pueden dividirse en dos vertientes nunca confundidas pero siempre interrelacionadas en torno a la teoría y la práctica de la subjetividad, ambas derivadas de lo que el psicoanálisis enseñaba (definido como “gozología”) y de lo que la realidad de nuestras sociedades opresivas imponía. Mis faros para caminar esos senderos eran y son en su mayoría franceses y alemanes (Lacan, Foucault, Derrida, Deleuze y Guattari, Althusser, Adorno, Marcuse, Horkheimer, Arendt). Creo haber hecho algunos aportes pero no me avergonzaría confesar que mis escritos son epigonales; se ubican en la intersección de las obras de todos ellos y algunos más, siempre en la descendencia de quienes gestaron a los mencionados: Marx y Freud, nunca confundidos.
Sé que no estoy solo aunque mis maestros ya se fueron. Lo mejor que me ha deparado la vida son dos compañeras excepcionales (Talila y Tamara), una hija hecha de originalidad, parvadas de colegas y amigos, de analizantes y alumnos que siguen por el camino que han escogido, experiencias y emociones que he compartido con todos ellos.
¿En qué tiempo querría vivir? En el futuro. Lamento no poder seguir asistiendo a lo que vendrá en el campo del pensamiento, de las artes, de las ciencias, incluso en la devastadora tecnología propia de las sociedades de control. No me considero optimista en relación con ese futuro: simplemente soy curioso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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