A JORGE BELINSKY (1941 – 2017) HOMENAJE, Barcelona, octubre de 2018

El pasado 4 de octubre de 2018 en un importante centro cultural de Barcelona (La Florida), organizado por el Nou Espai Obert (Psicoanalisi y Societat), que reúne a la mayoría de las instituciones psicoanalíticas de Barcelona, se realizó un homenaje a Jorge Belinsky, psicoanalista argentino exiliado en Cataluña desde 1977. Intervinieron representantes de cinco prestigiosas sociedades y tuve el privilegio de ser invitado a hablar a título personal. Fue un emotivo y muy merecido homenaje al erudito y cálido amigo que fue Jorge Belinsky. Se informó del acto en estos términos: “El Nou Espai Obert agradece las intervenciones de los participantes en la mesa, en representación de diversas instituciones psicoanalíticas, todas ellas poniendo de relieve la contribución de Jorge a la formación de tantos psicoanalistas de generaciones diversas, sus saberes teóricos, su faceta como clínico, su peculiar humor, su condición de amigo. Agradeceremos también a la gran cantidad de colegas asistentes al acto su presencia cálida. Sin ellos no habría sido posible”.

A continuación, mi breve discurso.

A JORGE BELINSKY                                                Néstor A. Braunstein

Doy gracias al Nou Espai Obert y a las distintas instituciones y personas que me han invitado a este necesario homenaje.

El tiempo es poco, las ideas, las memorias y las letras son muchas y todas ellas se agolpan para hablar de nuestro querido Jorge Belinsky.

Entiendo mi intervención como una carta dirigida a Jorge. Una carta dirigida, como todas, a un ausente. Ya lo dijo Ricardo Piglia: “Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar, en qué ánimo, con quién, mientras le escribimos y, sobre todo, después, al leernos. La correspondencia es la forma utópica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar del diálogo. Pero hay, además, una segunda razón: ¿Qué es el exilio sino una situación que nos obliga a sustituir con palabras escritas la relación entre los amigos más queridos, que están lejos, ausentes, diseminados en lugares y ciudades distintas. Además, ¿qué relación podemos mantener con el país que hemos perdido, el país que nos han obligado a abandonar, qué otra presencia de ese lugar ausente, sino el testimonio de su existencia que nos traen las cartas que nos llegan, esporádicas, elusivas, fantasmales?”

Entro, pues, en una conversación utópica. Atesoro cientos de misivas intercambiadas con Jorge Belinsky y hoy le escribo nuevamente, quizás por última vez. Lamento no guardar con la misma fidelidad el recuerdo de las múltiples charlas que tuvimos en los últimos años cuando se había abolido la distancia geográfica y vivíamos en el mismo continente, en la misma ciudad, remplazando las perdurables pantallas de los papeles y de los mails por las efímeras mesas de bares y restaurantes. En el vaivén de nuestras letras y palabras se edificó una amplia biblioteca que me acompaña tanto en mis vagabundeos físicos como en mis ocurrencias psicoanalíticas. Jorge sigue siendo mi interlocutor.

A fines de febrero del año pasado hablé, sin saber que era la última vez, para recordarle que tenía aun en mis manos el libro que una amiga y admiradora brasileña había dejado para él. Me dijo entonces que se sentía muy débil y que le habían detectado una severa anemia por lo cual iba a estar en tratamiento. Ya desde antes tenía la preocupante sensación de que su salud estaba muy quebrantada. El martes siguiente recibí un escueto correo de Nora donde me decía de su grave estado pidiéndome que me mantuviese en contacto con Graziella Baravalle para seguir al tanto de su evolución. Supe que era por un avanzado cáncer de pulmón. Falleció ese jueves. Transmití mi pesar a algunos amigos. El primero que me hizo llegar un correo de condolencias recibió de mí una respuesta que hoy les leeré:

“Gracias por tu solidaridad, querido Santiago, gracias también por comprender el peso que para mí tiene esta pérdida.

“Siempre me referí a Jorge como mi hermano gemelo. Nació en el mismo año que yo, 1941, él en Rosario y yo en Córdoba, dos ciudades gemelas en muchos aspectos, nos exiliamos al mismo tiempo y por las mismas razones, él en Barcelona, yo en México, hasta que, por fin, acabamos coincidiendo aquí. Nuestras compañeras: Nora Catelli y Talila, se parecían en cuanto a la misma brillantez, el mismo filo y la misma sensibilidad para tratar con sus maridos. Supo apreciar los mismos valores en Tamara, mi compañera en estos últimos 20 años. Todos nuestros muchos encuentros fueron memorables. Nora y él fueron los primeros con quienes compartimos una cena cuando Tamara y yo llegamos a Barcelona, en el Belvedere, en 2014, a pocos metros de nuestra residencia provisional”.

 

“Antes, en ese mismo mes, hablando con Graziella Baravalle sobre mi presumida y presuntuosa gemelaridad con Jorge y de la preocupación compartida por su salud, ella respondió con un chiste que me hizo mucha gracia:

— No jodas. El Flaco, el Flaco, es un sabio talmudista y vos sos el violinista en el tejado.

(Él, serio y sólido, yo más bien etéreo; también eso, la participación en las diferencias, es la fraternidad)

 

“Lo cierto, seguía mi correo, es que fue siempre un pensador profundo, un escritor exquisito, un psicoanalista comprometido (cf. la novela-testimonio de su analizante, Elena Tusquets, Para no volver), un interlocutor infalible, un  conocedor profundo e implacable crítico de Lacan, un lector de derrideana agudeza, un terenciano a quien nada de lo humano le era ajeno, un miembro de lo mejor que ha producido el siglo del psicoanálisis.

 

“Mi mayor deseo hoy es que los analistas de Barcelona de todas las agrupaciones nos reunamos para homenajearlo y recordar su presencia solidaria y sus aportaciones personales, intelectuales, institucionales”. … Así terminaba la carta al amigo. Hoy, aquí, mi anhelo se materializa.

Quiero recordar dos anécdotas. En 2007 me envió a México su estricto y sólido “estudio” sobre lo imaginario. Lo leí atentamente y le envié mis comentarios. El 28 de octubre me contestó con esta carta de cinco páginas. Les leo unas líneas: “Todos los grandes autores, si somos pacientes, terminan por darnos la oportunidad de jugar (amorosa, eróticamente, diría yo) con su cuerpo textual. Salvo que los tratemos con excesivo respeto, como si fueran objetos sagrados. Y aun así… En suma, vos componés de una manera y yo de otra. Tenemos, por fortuna, perspectivas y estilos diferentes. Y me parece que los dos se sostienen bien.”

Me gustaron sus palabras que me permitieron confirmar algo que ya había visto: que junto a la rigurosa, severa y aparente aridez del formidable ensayo sobre “lo imaginario” caminaba la sombra de Albert Béguin y de su libro “El alma romántica y el sueño”. Se lo escribí. Me contestó: “No te preocupes, siempre fui un neo romántico; por eso siempre estuve enamorado de Nora. Me preserva de esquemas demasiado rígidos y me permite, en cierto modo, jugar. Un gran abrazo y besos para Clea y Tamara”. (Clea es mi hija)

Voy a terminar con un recuerdo, imborrable, diáfano. Viajábamos con Jorge, Nora y Talila por la Provenza francesa. Después de ser deslumbrados y tomar fotografías de todos nosotros con la silueta del Monte Santa Victoria como fondo, ese cerro que fue elevado a la condición humana por Cézanne, seguimos hasta Aix en Provence y allí tuve la revelación de lo que para Jorge era una ciudad. Les cuento. Para él se trataba de un pequeño grupo de templos, generalmente en el centro, rodeados por muchas casas, iglesias, museos, ruinas, avenidas arboladas que habían sido pintadas por el sol. Estos templos de Jorge tenían una característica llamativa: en todos ellos había por fuera un letrero que decía: “Librería”.

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