PRELUDIÓN a la nueva traducción del “LIBRO DE LAS MUÑECAS PARLANTES” de Jacques NASSIF

En el año 2014 pude culminar una tarea ardua y muy placentera: la traducción al español de un libro excepcional, original, divertido, riguroso, de mi amigo y colega Jacques Nassif El libro de las muñecas parlantes” (Xoroi Ediciones, Barcelona, 2014, ISBN [rústica] 978-84-9007-997-3). Creí y creo que el libro merecía una mayor difusión; por eso propuse a Siglo XXI de México una nueva edición del mismo. Me sentía contento de mi traducción pero, como siempre sucede cuando uno revisa sus propias producciones, comprendí que podía empeñarme más y mejor para transmitir la belleza de la obra en cuestión.  Volví sobre los textos de Nassif y de mi versión en español, corregí, cambié, reescribí el grimorio de ese bello libro y decidí agregarle un texto introductorio que llevaría un título enigmático aunque muy justificado por la poética justeza del original: Preludión.

Mientras la obra está aun en prensa en México y su puesta en venta se anticipa para noviembre o diciembre de este año, me complace adjuntar aquí el texto de mi no prólogo ni prefacio, el texto del mentado Preludión. 

 

PRE-LUDIÓN AL LIBRO DE JACQUES NASSIF

Me honra, me entretiene y me entusiasma traducir y volver a traducir esta deslumbrante obra de Jacques Nassif. En un texto derivado, poco tiempo después del Libro de las muñecas parlantes, Nassif recogía un bello término que forma parte del tesoro de nuestra lengua: ludión. Confieso que no conocía la palabra y que cuando la vi escrita no necesité ir al diccionario pues el propio Nassif iniciaba su artículo injertando una nota al pie del título (“El niño y su ludión”) con la definición. « En el DRAE se puede leer : “Ludión. (Del lat. ludio, ludionis, juglar, por la figurita que suele ponerse de lastre) m. Aparatito destinado a hacer palpable la teoría del equilibrio de los cuerpos sumergidos en los líquidos. Es una bolita hueca y lastrada, con un orificio muy pequeño en su parte inferior, por donde penetra más o menos cantidad de liquido cuando se sumerge en agua, según la presión que se ejerce en la superficie de esta.” Picada mi curiosidad, acudí al diccionario Robert, el histórico de la lengua francesa, y allí encontré que la palabra se incorporó a ese idioma en 1787 y se agregaban ciertas precisiones útiles: el aparato de física en cuestión tiene una figurita que sube y baja como una especie de funámbulo, lo que dio origen a ciertos usos metafóricos como “hacerse el ludión” o “ser un ludión” que implica imitar o ser un juguete. Como este libro que soy invitado a introducir tiene ya un buen prólogo firmado por el autor no era cuestión de adosarle otro; mejor entrar en el juego, ludus, y escribir un pre-ludio (nada de Chopin, por cierto) que, dada la incitación del escritor, tendría que ser un pre-ludión.

¡Cómo hemos esperado un libro riguroso de psicoanálisis que no nos abrume con un lenguaje técnico y con citas a troche y moche de los autores consagrados! ¡Cuánto hemos anhelado encontrar un autor que no quiera enseñarnos sino que esté dispuesto a aprender junto a nosotros de la literatura anterior y/o posterior a la promoción conceptual del inconsciente! ¡Qué fascinante es la idea de que entramos a la vida como carne gozante, sufriente, chillona y que, después, progresiva e ineluctablemente, vamos siendo transformados en muñecos o muñecas, juguetes del Otro, incapaces de expresarnos como se nos diese la regalada gana, hasta que quienes nos rodean, los adultos ya “educados”, nos meten más o menos a la fuerza en los chalecos de sus frases, de sus palabras, de sus discursos! ¡Ver desde el principio cómo ellos se introducen en nuestros cuerpos, los modelan, y nos hacen obedientes a sus mandatos! Nos ordenan gozar y nos ordenan el goce, nos lo acomodan. Imponen hablar en una lengua, la de ellos, con sus reglas gramaticales, sintácticas y semánticas, enviando al exilio nuestra lengua espontánea (nuestra lalengua idiosincrática), hecha de equívocos, equívocos lógicos, homofónicos y antigramaticales que sistemáticamente son corregidos hasta que aprendemos a hablar “correctamente”, a costa de la ignorancia de nuestros deseos y de nuestro goce que puede manifestarse y gustosamente lo hace en el neologismo, en el lapsus, en la violación de las reglamentaciones de la palabra.

Hablamos, sí, pero, ¿nosotros o el muñeco que ha sido producido por la voluntad (sin voluntad) de algún otro que no sabe lo que hace, de alguien que nos fabrica y nos inculca las reglas del buen decir y del maldecir según un deseo inaprehensible para nosotros tanto como para ese otro mismo, un deseo inconsciente, reprimido, inefable? ¿Quiénes nos atreveríamos a protestar por la manera en que hemos sido programados para hablar dentro de los marcos que se nos han proporcionado?

¿Seríamos, los que intentásemos hablar gozando, y gozar hablando, diagnosticados como autistas o como locos, asociales, retrasados, fronterizos, cuando no perversos?

Con la descripción de ese nacimiento a la condición humana Jacques Nassif inicia su inmersión en el mundo de los personajes-muñecos que todos hemos llegado a ser y terminamos siendo. No cabe el victimismo pues no solo somos los muñecos que han hecho de nosotros sino que, a nuestra vez, creamos otros muñecos con los que hablamos, con los que nos acompañamos. Un mundo de muñecos que se impone y se imprime en cada muñeco que cree no serlo.

Puesto que el occidente ha vivido bajo regímenes falocéntricos y falocráticos son las mujeres madres las que ponen a hablar a sus muñecos y sus muñecas hasta que las mujercitas juegan a ser mamás con sus muñecos y los varoncitos, separados de sus mamás, juegan a crear las muñecas al compás de sus fantasías. Como las chicas no dicen lo que los chicos querrían que dijesen, son predominantemente esos varoncitos llegados a la “edad de la razón” los que inventan a muñecas que hablan y responden a sus deseos.

Así nace el paradigma: Pigmalión con su Galatea (My fair Lady), el escultor que ordena al marmóreo legislador E adesso, parla!, el creador de rebeldes Medeas y de fieles Penélopes, el modelador de las tres clases de María, el pintor de ambiguas Giocondas y Sanjuanes, el Caravaggio de sus niños y los della Robbia con sus putti.

¡Y los narradores que crean a sus personajes y ponen palabras en sus bocas y los montan en cuadros, novelas y obras de teatro donde muñecos y muñecas interactúan, marionetas todas movidas por la fantasía que los ha engendrado poéticamente, casi ex nihilo, diríamos, si no supiésemos que no hay ninguno que no tenga antecedentes en un muñeco o muñeca anterior!

Helena, Lucrecia, Eloísa, Francesca da Rimini, Julieta, Dulcinea, la lista podría ser inacabable sin olvidar a Margarita Gautier, Molly Bloom y a Jacqueline Kennedy que puede terminar en el terror de Carrie. Y también los Jasones, Ulises, Gargantúas , Quijotes, Pinochos, Frankensteins, Karamazoves, Samsas y demás hombres y mujeres de la multitud empezando por cada uno de nosotros mismos. Nosotr@s como quiere que se escriba, de manera políticamente correcta, la muñeco-logo-grafía de nuestra época.

Ahí reside el aspecto que hemos llamado rigurosamente psicoanalítico de la obra de Nassif. No repitiéndo ¡otra vez! el consabido versito de Edipo (muñeco del destino y del deseo filicida de sus padres, sin duda) sino mostrando la actualización de nuestra muñequidad, nuestra puppetología, cuando el psicoanalista nos dice: “¡Y ahora, habla! Di todo lo que pasa por tu cabeza! Te escucharé.” ¿Qué le queda al quídam sometido al cumplimiento de la regla analítica sino asistir y reproducir el proceso de su muñecogénesis y constatar cómo hace muñecos con todos los personajes significativos que encuentra en su vida. ¡Quieran Freud y Lacan que puedan escapar del discurso corriente y se reencuentren con su lalengua olvidada, anterior a la muñequidad y al lenguaje que estudian los lingüistas!

El camino que recorre Nassif no es el de aplicar el psicoanálisis y su presunto saber a las obras literarias (como hace, por ejemplo, Freud con la Gradiva de Jensen) sino el de mostrar cómo el psicoanálisis está implicado en la literatura cuando se saca a la luz la relación entre el autor, el personaje y el lector, llamado este último a testimoniar de cómo el escritor, actuando como titiritero, ha creado y puesto en movimiento un dispositivo de lectura-escritura que emula y simula el dispositivo analítico. Y en el cual ese lector debe ser el testigo y el testimonio del cumplimiento del proyecto, listo para ser modificado en un proceso de lectoescritura que es la cura.

De esa creación de muñec@s que hablan hay una larga historia de la cual varios capítulos han sido reseñados en este libro: el Cuento de invierno de Shakespeare, la invención femenina del doctor Frankenstein por Mary Shelley que produce a su vez a Frankenstein, el monstruo que asusta y enternece, la invención por Thomas A. Edison de una Eva futura para consolar a un amante despechado en un relato despampanante de Villiers de l’Isle-Adam, el amor de un náufrago que cae en una isla habitada por fantasmas que toman vida virtual en La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, la creación romántica de espectros locuaces como djines, gólems, réplicas de lo viviente, muñecas que funcionan a cuerda como la Coppelia de Hofmann en “El arenero” y del mismo Hoffmann en El pequeño Zaqueo, llamado Cinabrio, La Motte Fouqué en el paradigma del muñequismo fálico que es “La mandrágora” y la estupefaciente “Isabel de Egipto o el primer amor de Carlos V” de von Arnim. Finalmente, el libro de las muñecas se acerca a su conclusión con el análisis sensacional de una novela virtualmente desconocida de un autor igualmente desconocido, Las Hortensias, del uruguayo Felisberto Hernández. A él se suman reflexiones finales sobre una muñeca perdida en un parque de Praga que podría ser el desencadenante de la obra literaria de Kafka o la disimulada muñequidad de cualquiera, de l’uomo qualunque, para su pareja como se lee con todas las letras en Uno, ninguno y cien mil de Luigi Pirandello, el siciliano de Caos.

Que nadie se equivoque: el libro de las muñecas locuaces no es un cuento de cuentos; es un profundo ensayo sobre la relación entre el arte, la ciencia, el sistema capitalista que figura como telón de fondo para la lectura de los relatos convocados y la subjetividad antigua, moderna y contemporánea, más una profecía, creo que lúgubre, sobre lo que nos espera en cuanto a la fabricación de robots y autómatas que se va perfilando como el futuro que despunta en nuestros días informáticos gobernados por una ciencia que ordena imperativamente pero que no escucha ni siquiera su propia voz, condición de sordera que es necesaria para la eficacia de su discurso.

No es casual que una de las últimas historias evocadas, casi como al pasar, sea la de una muñeca que no habla, la que compra (¿por Amazon?) Michel Piccoli en la película Tamaño natural de Berlanga y que hoy es verdad cotidiana en las mayores ciudades del mundo: la existencia de burdeles de muñecas (no sé si de muñecos pero sería muy lógico que también los haya) para satisfacer a una clientela que no se conforma con la pornografía virtual, muy pronto háptica, de la web. Es que ya existe un subgénero del cine de ciencia-ficción que es el de los compañer@s sexuales virtuales. Dejando de lado el papel afrodisíaco de las ya antiguas pin-ups y las baby-dolls de Holywood (Garbo, Hayworth, Monroe, etc.) disponemos de una larga e interesante lista de películas que escenifican el amor con muñecas que hablan. En una lista sucinta (su-cinta) y muy resumida, pero siempre creciente doy algunos hitos: Electric Dreams (Barron, 1984), Simone (Niccol, 2002), La piel que habito (Almodóvar, 2011), Her (Jonze, 2013), la excelente Ex-Machina (Garland, 2014), Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017) … y la cuenta sigue.

Si la relación sexual no existe y si el acto sexual es su sucedáneo pero es un acto fallido, si el otro como objeto sexual siempre decepciona con relación a la expectativa y, lo que es más, no siempre es complaciente y persiste en formular, a su vez, demandas muñequizantes, ¿porqué no acudir a amores que serán siempre correspondidos por objetos como los que la ciencia –¾y no ya el arte del escultor o el ingenio del fabricante de juguetes¾ puede ofrecer a quien dispone de los medios para adquirirlos? ¿Cómo podría actuarse con un objeto plástico e infalible hecho a la medida del narcisismo singular? ¿Cómo clonar física y mentalmente al amante perdido por muerte o abandono? ¿Porqué no buscar un muñeco disponible (disposable) que, se sabe, no iniciará demandas judiciales y no pedirá indemnización por el destino que se le asigne? ¿Será eso no solo el sexo sino también el amor seguro en la medida en que l@s muñec@s hablen? ¿Cómo es y será la obra de amor en la época de su reproductibilidad mecánica?

Néstor A. Braunstein

 

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