POSTFACIO a un nuevo libro de la eximia escritora y ensayista LUZ AURORA PIMENTEL – Acerca de Proust y su Recherche

La editorial BONILLA ARTIGAS de la ciudad de México tiene en prensa un magnífico ensayo de la internacionalmente reconocida escritora LUZ AURORA PIMENTEL, profesora emérita de la UNAM. El título del libro es CUADROS COLOR DE TIEMPO. ENSAYOS SOBRE MARCEL PROUST. Hasta donde llega mi conocimiento se trata del mejor libro escrito sobre la magna À la recherche du temps perdu. El mejor porque en sus 14 capítulos incluye los comentarios más perspicaces y aprovecha con juicio y parsimonia la aluvional literatura centrada en esa novela, una de las varias imprescindibles del siglo anterior, para muchos la más trascendental. El libro lleva un prólogo del talentoso escritor mexicano Rubén Gallo, profesor en la Universidad de Princeton (N.J., EEUU de Norteamérica), especialista en Proust, que cumple con la función de encarrilar al lector en el espléndido y ordenado laberinto de la Recherche según Pimentel. A pedido de la autora, que quería comentarios de un psicoanalista sobre su erudito ensayo, me animé a escribir un “postfacio” que espero no descarrile a los curiosos lectores de la obra total. Lo propongo ahora a los lectores de este blog como primicia y como recomendación -si cabe- para estar entre los primeros en la cola de los que quieren adentrarse en el universo de Marcel Proust. Una incalculable recompensa les espera.

 

POSTFACIO A UNA EXPOSICIÓN DE CUADROS DEL COLOR DEL TIEMPO  

Opiniones de un psicoanalista

Néstor A. BRAUNSTEIN

 

 

El lector habrá terminado en este momento de leer las magníficas páginas del profundo ensayo de Luz Aurora Pimentel, un volumen de larga cocción y reflexión que conforma una verdadera Recherche dentro de la Recherche. Vale el doble sentido que señala la autora: búsqueda e investigación. No serán las suyas (ni las mías) impresiones “acerca de” por más que el impresionismo permee tantas páginas de las dos recherches, la del autor y la de la investigadora. Un psicoanalista, este psicoanalista, acoge con entusiasmo la idea de comentar desde su perspectiva, con la visión, puede que deformante, de sus gafas, lo que piensa y siente ante la notable y dúplice recherche. Duda, además, sobre el sentido de agregar unos párrafos a un libro donde todo ha sido dicho de manera prístina y profunda. Debe comenzar, por supuesto, manifestando su admiración ante los lectores que terminan, como él en este momento, de valorar y agradecer este tratado monumental sobre una obra tan monumental como esa que lo motivó. Comienza complaciéndose en afirmar que Luz Aurora Pimentel ha consumado la hazaña de equiparar sus reflexiones a las que brotan de la obra a la que se consagra y le es necesario admitir modestamente que lo que ahora escribe no puede rebasar el nivel de unas “opiniones” que se suman a la infinita doxa proustiana.

¿Cuál es la esencia de la hazaña de Pimentel? Ella ha buceado en la inconclusa heptalogía de Marcel Proust y ha revelado, develado, la trama musical y secreta que recorre la obra, una trama wagneriana como la que alumbra el camino de quienes se adentran en la tetralogía y luego aprenden a reconocer, en esa obra de arte total, los temas, las variaciones, las subvariaciones, las ideas que son motivos que sustituyen a las palabras y organizan el discurso musical. Catorce son los capítulos (como los versos de un soneto), catorce son las recherches que dan relieve a los tapices del inmenso y multicolor gobelino que es cumbre de la literatura del siglo XX y lleva sus luces a toda la literatura anterior a la vez que proyecta una cierta sombra de insatisfacción y nostalgia sobre las novelas que se han escrito después. ¿Cuáles? Puede que todas.

El ensayo de Pimentel es, en verdad, un instrumento, una brújula o un hilo de Ariadna, imprescindible para orientarse en el mundo fascinante de los caminos de Proust que son los caminos de la “mente”, si hemos de recurrir a ese vocablo de nuestra lengua que no aparece en el texto de Proust pues no existe como tal en la lengua francesa. Muchos han sido los agrimensores que se han aventurado en este terreno por demás transitado y cartografiado al que, sin embargo, nunca se termina de explorar. Luz Aurora Pimentel los conoce y los cita cuando es oportuno, pero en momento alguno ahoga al lector con referencias bibliográficas o con un saber que hoy puede encontrarse, si fuese lo que se busca, en los enmarañados senderos que se bifurcan en la web.

Yendo al grano. ¿Qué puede opinar un psicoanalista que lleva décadas sumergido en el mundo de Proust, en su recorrido y en sus traducciones? La Recherche es, sobra decirlo, pero hay que empezar de alguna manera, una de las obras-faro que hacen, de la literatura anterior, precursores, y de la que le sigue, consecuencias o epígonos: la heptalogía fue escrita entre 1909 y 1922.[1] En lo cronológico, desde el punto de vista de la literatura, es un texto inmenso, contemporáneo de las obras de Kafka y de las dos primeras novelas de Joyce. En relación con los tiempos del psicoanálisis, es una obra descomunal y exorbitante escrita en medio de la producción clínica y teórica de Sigmund Freud. Nunca se destacará lo suficiente la importancia de esta ¿qué? Adjetivos: ¿agenérica, generosa, degenerada, genial, transgénica? Sustantivos: ¿novela, ensayo, autobiografía, documento? que desafía al saber de la literatura y su crítica, de la política y de la historia, de la filosofía y la “psicología” y hasta de las “neurociencias” que no dejan de referirse a ella cuando analizan los avatares de la memoria humana. Esta obra de culto, más vendida y citada que en verdad leída, fascina como pocas a los exploradores del alma, espíritu si queréis, dada la falta de la “mente” en su idioma, que se aproximan al tema de la capacidad de evocación, de la capacidad de creación de otras realidades que es la del lenguaje al explorar el mundo de quienes creemos vivir en una cierta “realidad”.

De todos modos, habrá que señalar la ambigüedad de las relaciones entre los proustianos y los freudianos. Estamos empeñados desde hace tiempo en excavar en el yacimiento proustiano intentando acercar y conectar a los dos grupos o bandos; vayan como prueba Goce (capítulo 4) y Por el camino de Freud, título que es, a las claras, una paráfrasis y que en francés debió haberse llamado Du côté de chez Freud, sugestión que los editores prefirieron descartar.[2] La desconfianza persiste. ¿Cómo pudo Proust ahondar a tal punto en la propia subjetividad y descubrir leyes del funcionamiento del inconsciente sin recurrir al psicoanalista, limitándose tan solo a hurgar con imaginación y audacia en la propia historia y vivencia personal, sin prejuicios realistas, haciendo de cada recuerdo a la vez el material y la interpretación irrefutable de ese material y cómo pudo dedicar a esa misión de antropólogo de sí mismo y de su ambiente todos los años de su vida de escritor, desde los más o menos torpes ensayos iniciales (Jean Santeuil, etc.) hasta esa culminación que es un documento, un monumento y una antorcha que ardió sin consumirse hasta el momento de la muerte del autor? ¿Cómo pudo Proust, personalmente reacio a la teoría del psicoanálisis, aportar tantas luces a una obra, la de Freud, que —y sabemos de lo atrevido de nuestra formulación— no puede prescindir del empeño de Proust, de su exploración de los procesos psíquicos singulares y de la relación que establece, tan evidente como inexplicada, entre los vaivenes del sujeto del inconsciente, el ente que adviene al ser porque habla, eso que justifica llamarlo hablente (parlêtre, neologizó Jacques Lacan) y los de la sociedad en la que vive? ¿Cómo pudo Proust —fuera de todo diván— oyendo y mirando, recordando e inventando las vivencias del niño que él fue, desmenuzando sus encuentros con los demás, tratando a sus conocidos con deleite de entomólogo, cómo pudo abordar los procesos de composición significante que dan cuenta de una vida, de los afectos y sentimientos con sus determinaciones más íntimas y recónditas, cómo pudo plasmar una obra que, volens nolens, está en los fundamentos y se consolida en la sustancia misma de la enseñanza de Lacan? ¿Cómo pudo, Proust, en fin, analizarse a sí mismo y llegar a crear un hombre de tinta y papel que tiene la consistencia y muestra con rigor clínico su escisión subjetiva por medio de un personaje —pues la novela dista de ser una autobiografía— que trasciende la experiencia singular de un burgués parisino que vivió entre 1871 y 1922 y que se hizo universal? El psicoanalista siente a la vez que la Recherche lo excede y, al mismo tiempo, que los misterios que estamos explorando de la subjetividad en sus relaciones con el Otro requieren de alguna competencia suplementaria que proviene de su propio método, el de las asociaciones libres y bajo transferencia. No se trata por cierto de psicoanalizar a Proust; es más bien cuestión de importar la obra proustiana para enriquecer al psicoanálisis. Cabe aquí citar a Serge André[3]

Convendría invertir la relación que se ha establecido con mucha ingenuidad, bajo el imperio de un hábito convencional de pensar, inerte y negligente, entre la escritura y el psicoanálisis. No es el psicoanálisis el que interpreta a la escritura, es la escritura la que puede considerarse como una interpretación del psicoanálisis.

 

O, como dice Jacques Nassif[4], con máxima transparencia: no es cuestión de aplicar el psicoanálisis a la literatura sino de mostrar cómo el psicoanálisis está implicado en ella, en cada auténtica obra poética o narrativa. Proust no es un explorador de la memoria. Será conveniente también poner en duda, como lo hace Crevel[5], el sentido de la empresa memorizante; impugnarla es otra forma válida, valiente y valiosa de acercarse a Proust y su obra, monumento a Mnemosina, “Nilo del lenguaje, con su sintaxis de frases sin riberas”[6], manantial inagotable de comentarios que abre senderos transitables para discurrir sobre la reminiscencia y el olvido, la vida y la muerte, las pasiones humanas, la producción y el sentido de la obra de arte, la relación entre el artista, la sociedad y la historia. Pimentel se interna en la novela de Proust, tan poco autobiográfica como cualquier novela, tan novelada y ficticia como cualquier autobiografía, tan ambigua en su manifestación de las inexistentes fronteras entre el recuerdo y la imaginación, demostrando que la Recherche es un punto de pasaje imprescindible.

Recurriré aquí, “postfacialmente”, con parsimonia, por el camino de Pimentel, a ciertos datos de la biografía del autor y a las citas de sus textos, pero tendré presente que la vida y la obra de Proust transcurren justamente en los límites difusos que unen y a la vez separan dos continentes: la historia de una subjetividad y las condiciones objetivas, mundanales, de su existencia.

Proust, el extranjero[7]; ningún adjetivo puede definirlo mejor: por judío pero a medias, por homosexual vergonzante (el reproche de Crevel), por enfermizo y literalmente desairado, por dubitativo ante la división de los caminos, nunca coetáneo de su personaje. Él es, en todo sentido, un habitante de las fronteras, un antropólogo de sí mismo y un investigador de su “persona” que llega, por medio de la escritura, al conocimiento de ciertas leyes que rigen la subjetividad de los hombres y las mujeres que lo rodean y, aun más allá, de aspectos universales aplicables a todo individuo inmerso en la sociedad humana. Decir que es un antropólogo es formular una afirmación mezquina pues el estudioso de una cultura se vale de otros que son los informantes, aquellos de quienes recoge los datos que luego elabora en su escritorio una vez terminado el trabajo de campo. Ahora bien, Proust es, a un tiempo, el informante y el antropólogo, cuando no el entomólogo o el botánico que clasifica las especies que se cultivan en los jardines de su memoria. Mucho se ha dicho y se dice en este ensayo sobre la sociología y la historia en la obra de Proust; cabe decir también que su enfoque de los seres humanos es el de un naturalista solapado, que hay en él más de Linneo que de Durkheim, más del remoto Freud de Viena que de su pariente Bergson. Su escritura, única, no es ni un relato autobiográfico ni la consecuencia de su vida; antes bien, su vida, su ser mismo, es la consecuencia de la manera en que él la cuenta a través de un “Narrador” que se llama “yo” pero que no se confunde con el autor. Como Freud en su “autoanálisis”, Proust baja hasta el fondo de sí mismo y formula leyes con valor general sobre la subjetividad en sus relaciones con el Otro. La Recherche nos informa poco y mal, de manera deformada, acerca de su autor. Si a alguien podemos leer en sus anchurosas páginas no es a Marcel, el niño más o menos “neurasténico” (según lo hubiese diagnosticado su padre) y al adulto que toma después su lugar, sino a nosotros mismos. El ojo de Proust, como el de los grandes pintores, cumple con el objetivo de retratar a quien lo mira. ¿Quién eres tú que así me lees? Su obra es una fotografía de quienes somos mirados por él más que una radiografía de un autor más o menos cartilaginoso y desafiante, uno que se resiste a cualquier encasillamiento universitario.

Nos encontramos ante el reiterado problema metodológico de analizar una obra señera como resultado del entramado de las variadas perspectivas que reconocemos en las dos recherches y a las que nos acercamos como psicoanalistas. Este camino con varios carriles me lleva a privilegiar, en tanto que psicoanalista implicado por la literatura, al sujeto del enunciado a quien se atribuyen ciertos predicados y, sobre todo, al sujeto de la enunciación que se revela en los entresijos de esas oraciones, sin confundirlos, sin reducir el uno al otro, sin permitir que se ignoren recíprocamente. ¿Cuál es la relación entre “yo”, protagonista de una novela de más de 3,000 páginas y el señorito Marcel Proust que dedica el tercio final de su vida, a partir de 1909, a la redacción de esa novela, que sacrifica la salud y las amistades, “los placeres y los días”, a la empresa literaria que se adueña de él? Tal vez la pregunta está mal planteada pues supone la existencia de dos entidades separadas, el autor y su obra, cuando salta a la vista que ambas se confunden en él más que en ningún otro escritor anterior o posterior. Sobra (o no sobra; se impone) subrayar aquí, con Pimentel, que uno de los temas centrales de la novela es la redacción de la novela misma en la que “yo” está empeñado y que la relación entre el protagonista y su memoria de los acontecimientos que ha vivido es el “contenido manifiesto”, la médula, de la obra entera. He subrayado “contenido manifiesto” para insistir en que la novela es comparable al sueño tal como lo concibe el psicoanálisis. El texto mismo es sagrado, en él no caben ni omisiones ni interpolaciones, toda sustitución de una palabra por otra es una violación; ninguna “traducción” podría dejar de traicionarlo. A la vez, siempre de acuerdo al principio freudiano, ese texto, tejido, trama, estofa, fabric, no transmite ninguna “verdad” y es el resultado de un trabajo de composición: en él nada es lo que parece; es un material ficcional y ficticio, elaborado y sometido a procesos de Entstellung (distorsión), a una destilación poética por los “procesos primarios”, la condensación y el desplazamiento, que Lacan, siguiendo a los lingüistas (Roman Jakobson), no vaciló en equiparar a la metáfora y la metonimia. El texto manifiesto nos dice poco y nada sobre el soñante; es necesario recurrir a sus asociaciones “libres” para encontrar otro texto subyacente, el de los “pensamientos latentes”. ¿Es éste el verdadero contenido del sueño; es ésta la verdad oculta que él revela? No; tampoco. Freud es tajante: lo que importa no es ni el contenido manifiesto ni el contenido latente. Si el sueño es la vía regia hacia el inconsciente es porque nos muestra “el trabajo del sueño” (Traumarbeit) que hace pasar del contenido manifiesto al contenido latente.[8] Lo verdaderamente instructivo es el proceso de deformación, esa inconstante e irregular labor poética que se da, no en el soñante, no en quien lo escucha, sino en la relación dialéctica que los une, es decir, en el vínculo transferencial entre quien habla y quien es interpelado por el relato del sueño. Que se da entre lo soñado en la noche y lo puesto en palabras durante el día, en lo que se destaca y lo que se esconde, en las pequeñas formaciones sintomáticas de las que el relato es el vehículo. La trascendencia de la obra de Proust, para el psicoanalista, se revela, no en la “autenticidad” de los datos de una existencia sino en la “verdad” de la transposición y esa verdad se plasma en el lector, el testigo y el juez, el destinatario, hacia quien está orientado el trabajo poético del proyecto inconsciente del escritor que se disimula en sus pretendidas “intenciones”. El deseo del autor es el deseo del Otro, el de su lector, tanto más cuanto menos complaciente sea el autor. Me atrevo a decir que mi deseo “postfacial” es el de Luz Aurora Pimentel al homenajearme con la invitación a escribir un colofón para su magna obra. Inconscientes ambos, por supuesto… puesto que nuestros deseos vienen del Otro… y de ese nada sabemos.

 

Sin la menor exageración puede decirse que la vida de Proust es apenas una anécdota que sirve al poeta como pretexto para componer el libro y que su libro es la vida misma que fue vivida —cosa que no se dice en el texto— desde que nació en medio de la angustia y de las dudas acerca de su dudosa sobrevivencia, entre los escombros de las trincheras de la Comuna en 1871, como si el autor entendiese que vino para dejar el testimonio ineludible de su pasaje por el mundo en un conglomerado de papel, un libro que habría de quedar inconcluso tanto en la forma como en el fondo, pues ¿cómo podría terminar la Recherche, en tanto que novela de autoficción sin el relato de la muerte del escritor? Él mismo lo “confesó” de manera precoz mostrando su más recóndito fantasma como artista en el epígrafe de Jean Santeuil,[9] uno de los primeros y poco convincentes bocetos de la gran búsqueda investigadora:

¿Acaso puedo llamar novela a este libro? Es quizás menos y mucho más, la esencia misma de mi vida, recogida sin agregar ni mezclar nada en ella, durante esas horas de desgarramiento por la que discurre. Este libro nunca ha sido hecho, ha sido cosechado.

 

Proust no hubiera aceptado trabajar en la escritura de una novela o una autobiografía que fuese la obra de una inteligencia; estaba animado por la intención de mostrar la pura esencia de su ser sans rien y mêler. Su fantasma es el del crecimiento en un vientre o en una matriz de una criatura que saldría a la luz después de la gestación, como sale un racimo maduro que está débilmente prendido de su tallo hasta el día de la vendimia. De igual modo podría haber dicho: “Estos siete libros no han sido escritos; han sido paridos… y aun sigo preñado por los siguientes”.

La reiterada pregunta por la relación entre el autor y su obra, entre los aspectos documentales y los aportes de la imaginación, no tiene una respuesta fácil y mucho menos en el caso de Proust que escribió, al mismo tiempo que se embarcaba en la redacción de la Recherche, un apasionado alegato en el que atacaba cualquier idea de comprender o explicar un producto artístico investigando las características psicológicas o las circunstancias históricas del autor. El largo ensayo, escrito entre el invierno de 1908 y el verano de 1909, toma por momentos la forma de una conversación con su madre (¡que había muerto en septiembre de 1905!) y fue publicado de manera póstuma, en 1954.[10] En Contre Sainte-Beuve, título inventado mucho después de la muerte de su autor, otro boceto inacabado e insatisfactorio, abandonado en el camino, de lo que será la gran novela, Proust emprende, hablando a una muerta querida y evocada con ternura, una cruzada contra un muerto prestigioso del siglo anterior a quien desprecia por sostener la —según él— absurda idea de mezclar y confundir al autor de un libro con el “yo social” de la persona y con las intenciones psicológicas que lo animan. Auguste de Sainte-Beuve (1804-1869) fue el mal comprendido promotor de un método biográfico que para Proust era anatema. En la vida del autor de una obra literaria, Sainte-Beuve buscaba elementos que le permitiesen entender la génesis del texto redactado, no el chismorreo de salón ni la “explicación” de la obra. Es obvio, para nosotros, que la posición y la pasión por esclarecer los antecedentes que caracterizan a Sainte-Beuve forma parte del horizonte positivista e historicista de su época en la perspectiva de esa “enfermedad histórica” que poco después de su muerte (hacia 1874) habría de denunciar el joven Nietzsche. Proust, con este ensayo crítico, se revela como el primer abanderado y el precursor de la consideración antisubjetivista, formalista y estructuralista de la obra de arte que tan proficua descendencia tendría a lo largo del siglo XX. Paradójicamente —si se piensa en el texto de la heptalogía— Proust fue el heraldo de la “muerte del autor”. Toda obra, en el momento de su publicación, pasa a ser póstuma.

La esencia de la tesis de Proust se condensa en un párrafo célebre de este Contre Sainte-Beuve, de inventado título polémico y de género incierto, mitad novela, mitad panfleto, mitad tratado metodológico, aún menos leída que su poco leída ¡pero cuan citada! novela:

Un libro es el producto de un yo diferente de aquel que manifestamos en nuestras costumbres, en la sociedad, en nuestros vicios. Para alcanzar a ese yo, si quisiéramos intentar comprenderlo, debemos ir al fondo de nosotros mismos, tratando de recrearlo en nosotros.

En síntesis y para Proust: uno es el hombre que vive y se pasea en un medio social, otro, el “yo profundo”, es el creador literario; el error es pretender confundirlos o reducir al yo profundo a sus encarnaciones sociales. Si Sainte-Beuve aspiraba a establecer una continuidad entre el autor y su obra, Proust pone énfasis en la radical discontinuidad que impera entre ambos. ¿Qué importan —y esa es su opinión— las opiniones, las creencias, los juicios y prejuicios, los lazos familiares, la vida amorosa, los “vicios”, las lecturas previas, las enfermedades, que escribiese de noche o de día, al aire libre o en una habitación forrada de corcho o los medios con los que se ganaba la vida el autor en relación con el texto que él ha gestado? Recordando una parábola borgesiana[11], se puede saber todo sobre Shakespeare —de quien en realidad no se conoce prácticamente nada— sin que ello añada un ápice a la comprensión o sirva para la interpretación del texto de sus obras. Igualmente, el inmenso caudal de informaciones y testimonios de que se dispone sobre el autor de la Recherche sería inútil para entender la novela. O, en todo caso, para no ser tan radical, la tesis podría ser: es la obra la que explica al autor y no el autor (su vida) la que explica a la obra. Proust es el autorizado por la Recherche. Como Freud es una consecuencia del psicoanálisis.

Es paradójico y a la vez esencial para hacer valer el ejemplo proustiano: si se quiere valorar con justicia esta tesis de la inoperancia de la biografía para entender la obra del escritor, hay que hacer jugar a lo que conocemos de la vida del propio Proust y de las relaciones cronológicas y conceptuales entre ciertos acontecimientos de su vida, el ensayo Contre Sainte-Beuve (noviembre de 1908 a junio de 1909) y la novela comenzada en julio de 1909 después de renunciar a los varios bocetos anteriores. Pues bien pudiera suceder que la tesis “estructuralista” avant la lettre, antisubjetiva, antiyoica, antibiográfica, sea una estrategia más del yo para desorientar e incluso para desmentir ante el tribunal interior del sí mismo (mecanismo freudiano de la Verleugnung) lo que salta a la vista: la inextricable relación entre las peripecias personales y la escritura que las expone después de deformarlas. El hecho histórico es que Proust comienza a escribir la Recherche inmediatamente después de decidir que abandona el proyecto de su ensayo crítico de Sainte-Beuve… que había tomado el curioso aspecto de una conversación con la madre, muerta tres años antes y resucitada en esos días como colaboradora en su trabajo. Hay que recordar que la madre de “yo”, el personaje-autor de la novela, está aun viva (como personaje) en el momento de concluir la Recherche y que las páginas más acendradamente elegíacas están dedicadas a la muerte de la abuela. Es una de las tantas distorsiones de la vida (el mentado trabajo del sueño) en el momento de contarla a esos lectores que son el objeto imaginario de la transferencia del autor: el padre ha sido reducido a una escuálida presencia, el hermano ha desaparecido totalmente, la abuela ha recibido el peso entero de la existencia y de la enfermedad y muerte de la madre, la diferencia de fortuna entre la madre y el padre no es mencionada, la estirpe judía del Narrador es trasladada a otros personajes, el amor homosexual es transformado en heterosexual y viceversa; en fin, la condensación, el desplazamiento de las intensidades afectivas, el cuidado por la figurabilidad, la elaboración secundaria que trastoca las fechas y las relaciones entre los acontecimientos para dar y para esconder las relaciones entre las cosas y los acontecimientos, todo lo que Freud descubre en la maquinaria del sueño, es la panoplia de los procedimientos aplicados por Marcel Proust a la materia prima de su propia vida en la escritura de su novela.

Hay que dar su lugar incluso, en este señalamiento de las “distorsiones” a una “pequeña” anécdota como es aquella en que, mientras estaba absorbido por la redacción de su ensayo sobre Sainte-Beuve, concretamente, en la fría noche del 1 de enero de 1909, su criada, Céline

 

rogó a su señor que bebiera una taza de té, bebida que rara vez tomaba el escritor, dado el vicio del café. Cuando perezosamente mojó un bizcocho en el líquido y se llevó el húmedo trozo a la boca, Proust quedó una vez más dominado por la misteriosa alegría que señalaba la llegada de una oleada de recuerdos inconscientes… Sin osar moverse, procurando retener el gusto en el paladar, quedó en suspenso hasta que repentinamente se abrieron las puertas de la memoria. A su imaginación volvió el jardín de su tío abuelo Louis Weil en Auteuil, milagrosamente conservado en el sabor del bizcocho mojado en el té que el abuelo Nathé Weil daba a Proust cuando éste, en su infancia, acudía al dormitorio del anciano (…) En el fenómeno del recuerdo inconsciente concurrían los dos aspectos del arte sobre los que había escrito pocos días antes, es decir, una sensación de pura realidad sentida en lo más profundo de la propia personalidad y el descubrimiento de afinidades entre estas dos sensaciones.[12]

 

¿Necesitamos conocer esta anécdota para disfrutar también nosotros del mítico sabor de la magdalena repetidamente degustado en la lectura de la Recherche (I, 44-47)? ¿Agrega algo a la literatura el conocimiento de las circunstancias de la vida del autor y el momento o los personajes “reales” en torno a los cuales gira el episodio? Evidentemente no… ¡y evidentemente sí! … en lo que atañe a la gestación de la obra literaria, a su trabajo, equivalente al del sueño. Los datos biográficos interesan en la medida en que informan de las fuentes de la novela, de los “restos diurnos”, de lo que pudo haberla hecho posible. La recuperación (retrieval) del recuerdo da origen a una serie de cambios como los que acontecen en el sueño: personas distintas se condensan en una, el huérfano de 38 años deviene un consentido de su madre, una criada (resto diurno) se transforma en la muerta, el deseo que es, en ese momento, el de escribir una novela definitiva, encuentra en el fondo de una taza de té la mecha que desencadena el estallido fenomenal que habrá de consumir la vida del soñante despierto en los años por venir.

 

Es el momento de preguntarse por la relación entre la tesis dogmática pero muy persuasiva, la de los dos yoes, que es el centro de la argumentación en Contre Sainte-Beuve y las inventadas peripecias del yo-Narrador-protagonista y autor de la Recherche. No es ajena a la obra misma y nos pone en el camino de un proyecto aún, para mí, inconcluso: el de esclarecer los vínculos entre las vivencias dolorosas (“traumáticas”) y la nostalgia. Al transitar “por el camino de Proust” encontramos un objetivo: la búsqueda del goce, de una dicha sin igual en el momento de deshacer el tiempo y anular el pasado para re-presentarlo, de anular al recuerdo como tal y recuperarlo con la vivacidad original de la vivencia de antaño, de hacer desaparecer a la muerte de la vida, de resucitar y animar a los seres queridos que han desparecido. Este es el costado nostálgico de la empresa proustiana: la vida de cada día es penosa, pero existe una puerta abierta para escapar a la monotonía de cada despertar, a los rituales cotidianos, a la perdurable conciencia de la propia muerte, al sinsentido de la vida social, sus personajes fantasmagóricos, sus rituales y jerarquías. El túnel mágico que permite fugarse del día de hoy está excavado y al alcance de la imaginación en el interior de nosotros mismos: es el retorno a un pasado latente, agazapado en la memoria “involuntaria”, adjetivo tan propicio como el de “inconsciente” para denominarla. Yace ahí el mayor de los goces: el que se alcanza en el instante en que la conciencia presente se unifica con la percepción pasada anulando los años de olvido y sepultura de las antiguas sensaciones que, pese a nuestra ausencia de ellas o la de ellas en nosotros, quedaron grabadas como el imantado norte de una brújula a la que sin cesar apuntamos con nuestro deseo. Esta tesis de la unión de los dos extremos de la percepción original y la conciencia actual (Wahrnehmung—Bewusstsein), atravesando todas las capas de distorsión de los sistemas inconsciente y preconsciente era nuestro mecanismo de ligazón entre Freud, el de la carta 52 a Fliess, y Proust, tal como lo desarrollamos en el ya citado capítulo IV de Goce. Volvamos al más conocido de los incidentes de la novela, el momento que venimos de evocar en que el narrador hunde la magdalena en la taza del té.

Un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que tenía frío, me propuso que tomara, contra mi costumbre, una taza de té. Me rehusé en un principio y, ni sé por qué, cambié de opinión. Ella mandó a buscar uno de esos bizcochos cortos e inflados llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados en la valva ranurada de una vieira (coquille de Saint-Jacques). Y de pronto, maquinalmente, agobiado por la penosa jornada de ayer y por la perspectiva de un triste día hoy, llevé a mis labios una cucharada del té donde había dejado que se empapase un trozo de magdalena. En el mismo instante en que el sorbo, mezclado con las migas del pequeño pastel tocó mi paladar, me sobresalté, atento a algo extraordinario que sucedía en mí. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin noción alguna de su causa. De repente, todas las vicisitudes de la vida me eran indiferentes, sus desastres inofensivos, su fugacidad ilusoria, del mismo modo en que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa; o más bien esta esencia no estaba en mí, ella era yo. Había dejado de sentirme contingente, mortal. ¿De dónde habría podido llegar a mí esta poderosa alegría? Sentía que estaba ligada al sabor del té y del pastel, pero que la rebasaba infinitamente, que no debía ser de la misma naturaleza.[13]

 

Para agregar, dos mil quinientas páginas más adelante:

Sobre todo ello, yo me deslizaba, solicitado, más imperiosamente que por buscar la causa de esta felicidad, búsqueda en otro tiempo postergada, por el rasgo de certidumbre con el que se me imponía. Pero yo adivinaba esta causa comparando a las variadas impresiones venturosas que tenían entre sí de común el que yo las experimentaba a la vez en el momento actual y en un momento alejado, hasta hacer que el pasado se monte sobre el presente, hasta el punto de dudar en cuál de los dos me encontraba; en verdad, el ser que entonces saboreaba en mí esta impresión la saboreaba en lo que ella tenía de común con un día remoto y ahora, en lo que tenía de extratemporal, un ser que sólo aparecía cuando, por una de estas identidades entre el presente y el pasado, podía encontrarse en el único medio en el que pudo vivir, gozar de la esencia, de las cosas, es decir, fuera del tiempo. Esto explicaba que mis inquietudes acerca de mi muerte hubiesen cesado en el momento en que hube reconocido inconscientemente el gusto de la pequeña magdalena, puesto que en ese momento el ser que yo había sido era un ser extratemporal y por consiguiente despreocupado de las vicisitudes futuras. Este ser nunca vino a mí, nunca se manifestó fuera de la acción, del goce inmediato, cada vez que el milagro de una analogía me hacía escapar del presente. Sólo él tenía el poder de hacerme reencontrar los días antiguos, el tiempo perdido, ante el cual fracasaban siempre los esfuerzos de mi memoria y de mi inteligencia.[14]

 

Este párrafo recitado devela la Ítaca anhelada por el proyecto del novelista, la razón vital comprometida que es la fuerza motriz de su escritura, algo que podríamos incluso diagnosticar con una hórrida palabra extraída del vocabulario médico: tanatofobia. Las inquietudes provocadas por la proximidad de la muerte desaparecen al lograr un estado casi místico, intemporal, en donde el tiempo es abolido por la recuperación inconsciente del goce. La memoria y la inteligencia son fútiles: lo llevan a chocar con el obstáculo insalvable de la existencia en tanto que perecedera. El arte, al consumar el milagro de una analogía feliz, permite una victoria (efímera, él lo sabe) sobre la muerte. “Se comprende que la palabra «muerte» no tiene sentido para uno; situado fuera del tiempo, ¿qué podría uno temer del porvenir?”[15] Es un trompe l’oeil, claro, un trampantojo, una vana ilusión. Por eso la Recherche se cierra prácticamente con una inesperada nota al pie de la página, unas frases escritas en el margen del manuscrito, sin relación con el cuerpo de la novela, un “ínfimo papel”:

Sin duda también mis libros, como mi ser de carne, acabarán un día por morir. Pero hay que resignarse a morir. Uno acepta la idea de que uno mismo en diez años, sus libros en cien años, ya no estarán más. La eternidad no le es más prometida a las obras que a los hombres.[16]

 

Llegamos así, por un cortocircuito, a la conclusión que podría parecer banal pues es parte de la condición humana, la del hombre asediado por la certidumbre de la muerte, que no encuentra o que se niega a aceptar a la religión como ese alivio tradicional al que millones recurren como antídoto para la angustia. Un hombre que busca un refugio en el arte y encuentra con desmayo que también éste, puede que después de un tiempo más largo, es igualmente transitorio. No hay paraíso prometido para el futuro. ¿Habrá que buscarlo (le rechercher) en el pasado? ¿Resucitar un tiempo anterior a la idea de la muerte y de la separación? ¿Recobrar al Otro prehistórico que tiene la potencia de otorgar, postergar o rehusar el beso de buenas noches? La meta del deseo (y de la escritura) proustiana es recuperar el goce del cuerpo contrariado por la interposición del Otro y su deseo, ese goce bloqueado por la Ley que impone separarse del objeto anterior a cualquier angustia: la madre, modelo de la angustia a partir del conocimiento de que ella puede faltar y de saber que ineluctablemente acabará por faltar. Su muerte, al cabo de un cierto “trabajo de duelo” podrá ser asimilada… pero no su ausencia.

 

La Recherche es una exploración de los caminos que conducen al goce y la epopeya de sus cicerones: los cinco sentidos. Si el goce está en el pasado es allí donde hay que buscarlo, donde lo extrae Pimentel, en los aromas y matices del color de las flores y en los sabores de las migas y las amigas, en el mar y en la luz, en Carpaccio, Botticelli, Vermeer y Elstir, en las visiones de una linterna mágica y en la voz de la madre que lee una novela de George Sand, en una sonata escuchada en la clandestinidad por un niño mirón y en un tintinear de cucharillas que evoca un martilleo metálico, en el tacto áspero de una servilleta almidonada, en el movimiento suspendido antes de la caída al suelo después de tropezar con una baldosa mal puesta que tiende al sujeto una artera zancadilla. Habrá que llegar al goce transitando por los senderos de la memoria y desmontando las trampas de la memoria voluntaria y de la inteligencia, de las palabras, en suma. Así reconocemos el carácter nostálgico de la obra proustiana, constitutiva de paraísos perdidos, esos verdaderos paraísos que ella inventa cuando no puede encontrarlos. Recordemos sus palabras teniendo presente la importancia que el aire y la respiración tuvieron para él a partir del primer ataque de asma, a los diez años de edad:

Si el recuerdo, por obra y gracia del olvido, no pudo contraer ningún vínculo, anudar ningún eslabón entre él y el minuto presente, si se ha quedado en su lugar y en su fecha, si ha conservado sus distancias, su aislamiento en el fondo de un valle o en la cumbre de un monte, necesitamos respirar de repente un nuevo aire, precisamente porque es un aire que antaño se respiró, ese aire más puro que los poetas han vanamente intentado que reinase en el Paraíso y que no podría dar esta sensación profunda de renovación si no hubiese sido respirado antes, pues los verdaderos paraísos son los paraísos que uno ha perdido.[17]

 

El Narrador de la novela, “yo”, que suponemos identificado con Marcel Proust, es un exiliado del Paraíso, un nostálgico, un sobreviviente a la Caída, invadido por la insoportable certidumbre del final de la vida. ¿La suya? ¿La del Otro a través de quien él respira? El traumatismo de la separación es desmentido a pleno pulmón; el arte tiene que restaurar la dicha y el goce primigenios, recuperar en una magdalena mojada el paraíso “verdadero”, el perdido. ¿Para qué? En su caso, para anticiparse y deshacer la cotidiana, la imborrable presencia de la ausencia de la madre que lo deja para siempre a la espera del beso de buenas noches. El llamado “traumatismo” (una torpe metáfora extraída del vocabulario médico) genera una insanable “nostalgia”, esto es, de una dolorosa (algos) evocación del retorno (nostos) al Edén.

[1] Marcel Proust, À la recherche du temps perdu. Como en el resto de este libro, la edición francesa utilizada es la de Jean-Yves Tadié, París: Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade », IV vols. 1987-1989. Traducciones personales, salvo indicación en contrario, en cuyo caso se hará referencia a la edición de Alianza.

[2] N. A. Braunstein, El goce. Un concepto lacaniano. México, Siglo XXI, 1990, 2006. Por el camino de Freud. México, Siglo XXI, 2001. Publicado como : Depuis Freud, après Lacan. Ramonville, Érès, 2008.

[3] S. André, “La escritura comienza donde el psicoanálisis termina”, en Flac, Trad. del Francés N. A. Braunstein, México, Siglo XXI, 2000, p. 184.

[4] J. Nassif: “Croyance et fiction, ou de la “psychanalyse appliquée” à la psychanalyse impliquée, en L’écrit, la voix. París, Aubier, 2004. pp. 48-53.

[5] René Crevel (1900-1935) fue uno de los fundadores y principales animadores del movimiento surrealista, el único entre ellos que se reconoció públicamente como homosexual. Atacó explícitamente a Proust y su uso de la “memoria involuntaria” en un libro publicado en 1925, antes aun de que se enfriase el cadáver de Proust, Mon corps et moi, cap. 4 : « Mémoire, l’ennemie », París, LGF Biblio. Le livre de poche, 1991, pp. 51 y ss.

[6] W. Benjamín [1929], “Una imagen de Proust”, en Imaginación y sociedad. Iluminaciones I, Madrid, Taurus, 1993, p. 17. La imagen se repite en p. 87.

[7] “C’était une impression d’enfance bien ancienne, où mes souvenirs d’enfance et de famille étaient tendrement mêlés et que je n’avais pas reconnue tout de suite. Je m’étais au premier instant demandé avec colère quel était l’étranger qui venait me faire mal, et l’étranger c’était moi-même, c’était l’enfant que j’étais alors”. (Le temps retrouvé, Pléiade, IV, 462-463). [Era una impresión muy antigua, a la que se mezclaban tiernamente mis recuerdos de infancia y de familia y que no había reconocido en seguida. En el primer momento me pregunté con rabia quién era el extraño que venía a hacerme daño. Ese extraño era yo mismo, era el niño que yo era entonces.]

[8] S. Freud [1932], Conferencia XXIX de las Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis, Buenos Aires, Obras Completas. Amorrortu, vol. XXII, p. 7.

[9] M. Proust [1895], Jean Santeuil, París, Gallimard, La Pléiade, 1971, p. 181.

[10] M. Proust [1908-1909], Contre Sainte-Beuve, París, Gallimard, La Pléiade, 1971.

[11] J. L. Borges: “La memoria de Shakespeare” (1983), en Obras Completas, Buenos Aires, Emecé.

[12] G. D. Painter [1959], Marcel Proust, 2. Biografía: 1904-1922. Madrid, Alianza, 1972, p. 205.

[13] Un jour d’hiver, comme je rentrais à la maison, ma mère, voyant que j’avais froid, me proposa de me faire prendre, contre mon habitude, un peu de thé. Je refusai d’abord et, je ne sais pourquoi, me ravisai. Elle envoya chercher un de ces gâteaux courts et dodus appelés Petites Madeleines qui semblent avoir été moulés dans la valve rainurée d’une coquille de Saint-Jacques. Et bientôt, machinalement, accablé par la morne journée et la perspective d’un triste lendemain, je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où j’avais laissé s’amollir un morceau de madeleine. Mais à l’instant même où la gorgée mêlée des miettes du gâteau toucha mon palais, je tressaillis, attentif à ce qui se passait d’extraordinaire en moi. Un plaisir délicieux m’avait envahi, isolé, sans la notion de sa cause. Il m’avait aussitôt rendu les vicissitudes de la vie indifférentes, ses désastres inoffensifs, sa brièveté illusoire, de la même façon qu’opère l’amour, en me remplissant d’une essence précieuse: ou plutôt cette essence n’était pas en moi, elle était moi. J’avais cessé de me sentir médiocre, contingent, mortel. D’où avait pu me venir cette puissante joie? Je sentais qu’elle était liée au goût du thé et du gâteau, mais qu’elle le dépassait infiniment, ne devait pas être de même nature. D’où venait-elle? Que signifiait-elle? Où l’appréhender? (Du côté de chez Swann. Pléiade, I, 44)

[14] Je glissais rapidement sur tout cela, plus impérieusement sollicité que j’étais de chercher la cause de cette félicité, du caractère de certitude avec lequel elle s’imposait, recherche ajournée autrefois. Or, cette cause, je la devinais en comparant entre elles ces diverses impressions bienheureuses et qui avaient entre elles ceci de commun que je les éprouvais à la fois dans le moment actuel et dans un moment éloigné où le bruit de la cuiller sur l’assiette, l’inégalité des dalles, le goût de la madeleine allaient jusqu’à faire empiéter le passé sur le présent, à me faire hésiter à savoir dans lequel des deux je me trouvais; au vrai, l’être qui alors goûtait en moi cette impression la goûtait en ce qu’elle avait de commun dans un jour ancien et maintenant, dans ce qu’elle avait d’extra-temporel, un être qui n’apparaissait que quand, par une de ces identités entre le présent et le passé, il pouvait se trouver dans le seul milieu où il pût vivre, jouir de l’essence des choses, c’est-à-dire en dehors du temps. Cela expliquait que mes inquiétudes au sujet de ma mort eussent cessé au moment où j’avais reconnu, inconsciemment, le goût de la petite madeleine, puisqu’à ce moment-là l’être que j’avais été était un être extra-temporel, par conséquent insoucieux des vicissitudes de l’avenir. Cet être-là n’était jamais venu à moi, ne s’était jamais manifesté qu’en dehors de l’action, de la jouissance immédiate, chaque fois que le miracle d’une analogie m’avait fait échapper au présent. Seul il avait le pouvoir de me faire retrouver les jours anciens, le temps perdu, devant quoi les efforts de ma mémoire et de mon intelligence échouaient toujours.

(Le temps retrouvé, Pléiade, IV, 449-450)

[15] On comprend que le mot de “mort” n’ait pas de sens pour lui; situé hors du temps, que pourrait-il craindre de l’avenir ? (Le temps retrouvé, Pléiade, IV, 451)

[16] Sans doute mes livres, eux aussi, comme mon être de chair, finiraient un jour par mourir. Mais il faut se résigner à mourir. On accepte la pensée que dans dix ans soi-même, dans cent ans ses livres, ne seront plus. La durée éternelle n’est pas plus promise aux œuvres qu’aux hommes. (Le temps retrouvé, Pléiade, IV, 620-621)

 

[17] Oui, si le souvenir, grâce à l’oubli, n’a pu contracter aucun lien, jeter aucun chaînon entre lui et la minute présente, s’il est resté à sa place, à sa date, s’il a gardé ses distances, son isolement dans le creux d’une vallée ou à la pointe d’un sommet ; il nous fait tout à coup respirer un air nouveau, précisément parce que c’est un air qu’on a respiré autrefois, cet air plus pur que les poètes ont vainement essayé de faire régner dans le paradis et qui ne pourrait donner cette sensation profonde de renouvellement que s’il avait été respiré déjà, car les vrais paradis sont les paradis qu’on a perdus. (Le temps retrouvé, Pléiade, IV, 449)

 

 

 

 

 

One thought on “POSTFACIO a un nuevo libro de la eximia escritora y ensayista LUZ AURORA PIMENTEL – Acerca de Proust y su Recherche

  1. Óscar says:

    Me permito aquí escribir uno de esos pasajes que a mí siempre me conmueven del “tiempo perdido”. Es de una página del segundo volumen (“A la sombra de…”).

    “Y ese miedo a un porvenir en que ya no nos sea dado ver y hablar a los seres queridos, cuyo trato constituye hoy nuestra más ínitma alegría, aún se aumenta, en vez de disiparse, cuando pensamos que al dolor de tal privación vendrá a añadirse otra cosa que actualmente nos parece más terrible todavía: y es que no la sentiremos como tal dolor, que nos dejará indiferentes; porque entonces nuestro yo habrá cambiado y echaremos de menos en nuestro contorno no sólo el encanto de nuestros padres, de nuestra amada, de nuestros amigos, sino también el afecto que les teníamos; y ese afecto, que hoy en día constituye parte importantísima de nuestro corazón, se desarraigará tan perfectamente que podremos recrearnos con una vida que ahora sólo al imaginarla nos horroriza; será, pues , una verdadera muerte de nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurreción, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte. Y ellas (…) son las que se asustan y respingan (…) de la muerte fragmentaria y sucesiva, tal como se insinúa en todos los momentos de nuestra vida, arrnacándonos jirones de nosotros mismos y haciendo que en la muerta carne se multipliquen las células nuevas. Y en este caso de un temperamento nervioso como el mío…”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *