LA TEORIA CRITICA Y EL PSICOANALISIS EN LA ACTUALIDAD – Artículo publicado en 2018

Hace ya años recibí la invitación a participar en una obra colectiva monumental en torno a la Teoría crítica de la sociedad y la cultura producida por la trascendental Escuela de Francfort orientada en sus principios por Theodor W. Adorno y por Max Horkheimer. La invitación, la incitación, provenía de dos queridos amigos, Ambra Polidori y Raimundo Mier. Estaba dirigida a unos cuantos intelectuales mexicanos; la tarea de los editores fue monumental. En este año 2018 ellos ven coronados sus esfuerzos con la edición de dos magníficos tomos: Nicht für immer! (¡No para siempre). Introducción a la teoría crítica y al pensamiento crítico frankfurianos, con unas 1600 páginas de provocadores ensayos publicados por Gedisa con ISBN 978-8417341-38-1. Mi contribución a este magno documento, un verdadero tratado, llevaba por título el de esta entrada y estaba dedicada a mostrar que el impulso fundamental recibido por Jacques Lacan para su “retorno a Freud” procedía de las pertinentes críticas que Th. W. Adorno había hecho, no a Freud, sino a quienes habían desviado el ímpetu crítico de sus teorías en una aplicación bastarda de su pensamiento transformador de la vida, de la práctica clínica del psicoanálisis y de la filosofía de la cultura. A continuación puede leerse el artículo escrito en la oportunidad que debía reducirse, dada la cantidad de contribuyentes al tratado, a 20000 caracteres.

La teoría crítica y el psicoanálisis en la actualidad:

Hoy en día no se pueden abordar textos de introducción como se acostumbraba en tiempos recientes ya que cada lector tiene a la mano la posibilidad de consultar en Wikipedia y guglear en los “motores de búsqueda” las definiciones de los conceptos y modos de pensar, la historia de cada tema, los nombres importantes y las obras relevantes que se han publicado y la bibliografía actualizada sobre la cuestión en debate. Para bien y/o para mal, los nuevos ensayos deben comenzar por la exposición de las ideas propias del autor y hacer mención de los antecedentes dejando librados a los lectores la aventura de encontrar las referencias de lo que ese autor da por ya sabido.

Esto vale para el tema que aquí se propone: “teoría crítica”, “escuela de Fráncfort”, “Horkheimer”, “Adorno”, “Walter Benjamin”, “Fromm”, “Marcuse”, “Habermas”, “Freud”, “psicoanálisis” y los títulos (cuando no los contenidos íntegros) de los libros que esos autores escribieron o fueron fundamentales para sus disciplinas están al alcance de todos y su mención puede obviarse. Es uno de los efectos, a la vez loables y execrables, de la dispersión del saber debida a la www.

Vayamos pues al grano: una “teoría crítica de la sociedad y la cultura”, más allá de la apropiación de esos términos por un grupo de intelectuales alemanes, es la única opción válida para pensar el mundo contemporáneo en su abigarrada complejidad. Al inclinarse por sus postulados, nunca dogmáticos, siempre discutibles, extranjeros a toda institución que se pretenda “fiel” y a todo principio de autoridad, el ensayista “crítico” adhiere a una epistemología que nos atrevemos a llamar “negativista”, contrapuesta al pensamiento y a la investigación “positivista” que se centra en la exposición de “los hechos” más que en la significación y el análisis de lo visible y de sus determinaciones fenoménicas y cuantitativas. La teoría crítica no podría ser verdaderamente tal si no fuese desde un principio y al mismo tiempo una crítica de sus propias afirmaciones, de su misma historia y de cualquier presuposición de saber capaz de fundamentarla. En el plano de la psicología, de la sociología, del psicoanálisis, del derecho y de la economía política, la teoría crítica es la antítesis del saber académico que goza ejerciendo el poder y expulsando a sus rivales en el mundo de las ideas contemporáneas.

Es discutible que el enunciado de “teoría crítica” esté limitado a la serie de los autores que bautizaron así a su escuela de pensamiento. Nadie puede ser el dueño de esa “teoría” ni excluir a otros de integrarse a ella sin desmentir sus propios fundamentos. Lamentablemente así ha sucedido con su fundador, Max Horkheimer (1895-1973), que pretendió pontificar, especialmente en el breve período que siguió a la muerte de su gran amigo y colaborador, Theodor Wiesengrund Adorno, (1903–1969), como si fuese quien podía delimitar lo que cabía y lo que no en la “teoría crítica”. Es imposible negar al impulsor y primer director de la escuela de Fránkfort el mérito de haber consagrado el sintagma “teoría crítica” con su libro Teoría tradicional y teoría crítica [1937]. Pero sí es posible objetar la coherencia de su trayectoria cuando, poco antes de su muerte, afirma la similitud de la “teoría crítica” y la teología, la nostalgia de lo absolutamente Otro, y su confianza “en un ser todopoderoso y absolutamente bueno”. ¿Quién podría negarle el derecho para formular esas afirmaciones, pero, a la vez, quién podría decir que “ese anhelo que une a los hombres” es un postulado de la “teoría crítica” según él pretende? (M. Horkheimer [1969], Anhelo de Justicia, Madrid, Trotta, 2000, p. 242)

Nuestro tema es restringido: Teoría crítica y psicoanálisis. Según entendemos la conjunción de los dos términos equivale, más que a una invitación, a una exigencia de pensar el postmarxismo y el postfreudismo en el siglo XXI. Después de reconocer los orígenes de esas disciplinas ligadas al nombre de sus fundadores, Marx y Freud, en la segunda mitad del siglo XIX, de estudiar sus complejas vicisitudes sociales, institucionales y políticas en el siglo XX y de analizar los cacareados intentos para darlas por fenecidas en el mundo académico oficial contemporáneo, llega el momento de hacer germinar las semillas de desconfianza y descontrucción que se fueron sembrando en la ya larga historia del pensamiento contestatario (incluyendo a los precursores: Nietzsche, Gramsci, Lukacs, Korsch) y en los intentos de asimilación por el poder del sistema capitalista que se encarna actualmente en el discurso de los mercados. Es el momento también de hacer la crítica de los intentos de expandir las ideas de Marx y de Freud hasta hacerlas “comprensibles” al precio de mellar el filo de sus planteos con el sospechoso objetivo de popularizarlas mediante consignas simplificadoras. Es asimismo el momento de intentar la fecundación recíproca de esas doctrinas ya centenarias con el pensamiento estructuralista (Levi-Strauss, Althusser, Jakobsen), con el pensamiento postestructuralista (Lacan, Derrida, Foucault), con la condición postmoderna (Lyotard, Baudrillard), con las concepciones políticas que prolongan el ímpetu de los pensadores de Fránkfort (Deleuze y Guattari, Milner, Badiou, Butler, Zizek, Salecl, Sloterdijk, Laclau), con el pensamiento sobre la técnica (desde la insólita presencia de Heidegger en este contexto hasta la obra de Stiegler pasando por Mumford, McLuhan y Agamben) y con la cultura popular (tema en el que destacan los libros del mencionado Zizek).

La obra de Freud, quien nunca parece haber entrado en contacto personal o textual con los integrantes del grupo de la teoría crítica es, por completo y desde su inicio, parte integrante e inseparable de la del “grupo de Fránkfort”. Freud es el precursor insoslayable de toda “teoría crítica” y eso desde los primeros estudios de los casos clínicos de la histeria y las psiconeurosis actuales y de defensa a fines del siglo XIX. Cada caso, sin excepción, cada sueño, cada síntoma, cada develamiento de la producción de los actos fallidos y de los chistes, todas sus reflexiones sobre la determinación inconsciente, sobre el aparato anímico, sobre la sexualidad infantil y sus destinos, sobre la vida sexual de sus contemporáneos, sobre el papel determinante de los complejos de Edipo y castración, sobre la locura y el arte, sobre el “múltiple interés” del psicoanálisis para las disciplinas sociales y la medicina, sobre las pulsiones, sobre el narcisismo y las neurosis de guerra y traumáticas, sobre la transferencia y su lugar en la psicología de las masas; en fin, cada línea escrita por Sigmund Freud es un ladrillo en el edificio de cualquier “teoría crítica”. Una vez aceptada esta verdad irrebatible se hace evidente que lo que podía ser más o menos latente hasta 1920 se hace patente y clamoroso a partir de ese año con la introducción en la teoría psicoanalítica del superyó y del ello, con la aportación definitiva y que aun espera ser reconocida como tal del concepto de “pulsión de muerte”, con los análisis de “el porvenir de una ilusión” (todavía signados por la filosofía de la ilustración) y de “el malestar en la cultura”, con la nueva teoría de la angustia que pone en marcha la represión, con el descubrimiento de las claves del fetichismo como eje de una epistemología negativa y con las reflexiones sobre los fundamentos de la violencia del poder y de la guerra. Adorno, y Marcuse (en menor medida Benjamin y Horkheimer) fueron los primeros en reconocer que no podían avanzar en su proyecto teórico sin tener en cuenta en todo momento a la reflexión y a la impresión freudiana. Hasta para ser frankfortiano revisionista (de izquierda como Wilhelm Reich o de derecha como Erich Fromm y Karen Horney) había que partir de Freud.

Freud murió, como todos saben, en el exilio londinense en 1939, cuando comenzaba una guerra (casi) mundial. Tanto los psicoanalistas como los autores de la teoría crítica debieron dejar sus países de origen y en su mayoría emigraron a los Estados Unidos donde fueron recibidos y pudieron seguir sus trabajos y donde sufrieron presiones para integrarse a la vida pública y académica del país que los albergaba. Hay que reconocer que los sociólogos y filósofos del turbio Meno resistieron mejor que los psicoanalistas bañados en las ondas del Danubio azul. Los “American values” no hicieron, en general, presa de los primeros pero sí lograron cooptar a esos profesionistas liberales que se dedicaban a la “cura” de psiconeuróticos y “neuróticos del carácter”. La vida académica antes de empezar la guerra fría permitió la sobrevivencia de los teóricos críticos pero la exigencia de integrarse a la profesión médica y aceptar sus estatutos impulsó a los descendientes de Freud a incorporarse — y de manera privilegiada — a la Weltanschauung gringa. Las discrepancias, disimuladas en los primeros años (1932-1940) por la lucha contra el enemigo común, el nacionalsocialismo, se hicieron patentes y fueron creciendo en intensidad y acrimonia recíproca aunque los psicoanalistas parecían desdeñar o ignorar la crítica de los pensadores contestatarios. Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse fueron los paladines de la defensa del psicoanálisis freudiano original frente a las concesiones de los psicoanalistas que se pretendían “ortodoxos” freudianos mientras se transformaban en “psicólogos del yo” empeñados en limar con referencias “culturalistas” lo tajante y subversivo del texto del fundador.

Hay que decirlo y con claridad: el “retorno a Freud” no fue una iniciativa de Jacques Lacan sino una exigencia surgida de la teoría crítica. El primero en denunciar el apartamiento del psicoanálisis y de los psicoanalistas con respecto a Freud fue Th. W. Adorno en un texto de difícil pero fructífera lectura, sus (153) Reflexiones sobre la vida dañada (Geschädigte) que solo fueron publicadas en 1951 con el latino título de Minima moralia aunque se comenzaron a escribir en 1942. Al margen del fácil aforismo que siempre se repite: “Nada es más verdadero en el psicoanálisis que sus exageraciones”, fuerza es que los psicoanalistas lean y se cuestionen sobre las tesis que Adorno remacha en las reflexiones # 36 a # 40 y hacerlo de preferencia en el original alemán o en la comparación de las traducciones al español (de Chamorro Mielke, Madrid, Taurus, 1998), al francés (de J.-R. Ladmiral, París, Payot, 1980) y al inglés (de E. P, Jephcott, Londres, Verso, 2006) que libran y hasta consiguen logros notables (aunque muy distintos) en una lucha desigual con la fineza y musicalidad del texto del frankfortés. Lástima es no poder reproducir aquí esas páginas que son la impugnación más radical que se ha hecho al psicoanálisis en las que se denuncia la contradicción interna entre los descubrimientos fundamentales y la práctica de la cura analítica. Con toda razón Jacques Le Rider, al traducir y publicar en francés otro texto de Adorno de la misma época, la conferencia dictada en 1946 en San Francisco con el título de Social Science and Sociological Tendencies in Psychoanalysis (Die redivierte Psychoanalyse), agrega un largo comentario donde tilda al filósofo de “aliado incómodo” del psicoanálisis.

Los blancos de las críticas de Adorno son, aparentemente, los “revisionistas”, en particular el antiguo compañero de Fráncfort, Erich Fromm y su ex-pareja, Karen Horney, pero, más allá, apunta a debilidades e inconsecuencias que observa en el planteo mismo de Freud a quien reconoce la grandiosa condición de ser el pensador crítico radical de la burguesía surgido de la burguesía misma, conocedor desde dentro de aquello que es preciso revolucionar. Si fuésemos a transmitir en forma de paráfrasis el reproche más severo de Adorno a Freud diríamos: “El error fatal de Freud es que, al oponerse como buen materialista a la ideología burguesa, ha perseguido la actividad conciente de la conducta hasta sus últimos recovecos, hasta su fundamentación en las pulsiones y, al mismo tiempo, se ha sumado al coro del rechazo burgués a esas pulsiones, rechazo que se manifiesta en esas mismas racionalizaciones que él ha criticado. Parece no poder decidir ante el dilema de si debe militar por la satisfacción de las pulsiones frente a la represión o si debe tomar la defensa de la censura y hacerse abogado de ella por ser una sublimación favorable a la cultura. Como último baluarte contra la hipocresía Freud se erige ambiguamente entre la aspiración a una completa emancipación de aquello que la civilización reprime y la apología de la represión más descarada”. (# 37)

Zizek se ubica correctamente en la historia de estas relaciones entre postmarxismo y postfreudismo cuando dice: “Mucho antes que Lacan, la escuela de Fránkfort articuló su propio proyecto de un ‘retorno a Freud’ como desafío al revisionismo psicoanalítico”. El filósofo esloveno recurre a los textos de Adorno y cita además Social Amnesia de Russell Jacoby. Recurriendo a esas fuentes, Zizek capta y expone lo esencial del callejón sin salida que se ha vuelto manifiesto en el psicoanálisis a partir de la muerte de Freud y de la exposición de Adorno.

Podríamos decir, en nuestras palabras, que Adorno hace la radiografía del esqueleto de la contradicción irresoluble que hay entre lo que el psicoanálisis descubre, los mecanismos de la regulación opresiva del goce entre los seres hablantes en todas las organizaciones sociales conocidas, y lo que el psicoanálisis propone como “cura” de ese sufrimiento que solo podría consistir en hacer posible la vida en medio de esa contradicción. Ser “sano” es dar una bienvenida a la alienación. Si el “enfermo” es el que se subleva o se inconforma contra esa exigencia, la cura se encuentra ante una clara paradoja: “curar” es encerrar al sujeto tras los barrotes de la represión, “enfermar” es liberar las mociones pulsionales y aproximarse a la lucidez al precio de trastornar su lugar en la vida social. La cultura genera su propio malestar al suprimir las tendencias al goce y ensombrecerlas con la culpa y las admoniciones del superyó al servicio de la empresa capitalista de dominación de cuerpos y almas y, por otra parte, la represión aparece como la condición insoslayable de toda la historia de la especie humana. Esa condición llevó a Herbert Marcuse a distinguir entre una represión básica, necesaria, y una “represión sobrante” (surplus repression, un concepto claramente influido por la Mehrwert, la plusvalía, surplus value, en Marx; ambos, Marx y Marcuse — este último sin ser reconocido–  inspiraron a Lacan para hablar de plus de jouir, plus de gozar, como definición del objeto @). La propuesta marcuseana es la respuesta de la teoría crítica a la contradicción exhibida por Adorno. Herbert Marcuse completaba su rebasamiento (Aufhebung) de Adorno con el concepto de “desublimación represiva” (errónea y reiteradamente atribuido por Zizek al propio Adorno en The Metastases of Enjoyment, Londres, Verso, 1994, pp. 16-22). Esa “desublimación, reconciliación perversa del ello y el superyó a expensas del yo”, es el mecanismo por el cual actúa sobre el sujeto contemporáneo la sociedad de control gobernada por un discurso específico, el discurso de los mercados. Nuestra civilización, como gran Otro, no pide la renuncia pulsional sino que ordena obscenamente lo contrario: “¡Goza!”, goza sin parar, hasta la destrucción, consume y consúmete en tu consumición de las mercancías y los objetos que ponemos a tu disposición. Tus gratificaciones, que antes podían tacharse de insanas o perversas, son ahora un combustible necesario para la marcha del sistema. La “desublimación” es el nuevo nombre de la represión una vez que se ha borrado la frontera entre el destino represivo y no represivo de las pulsiones que distinguiera Freud en su Metapsicología (1916).

Al mismo punto muerto se llega en la dirección de la cura. En un principio se trataba de liberar el potencial pulsional trabado por las exigencias culturales autoritarias pero luego las metas se cambiaron, especialmente por el trasplante a los Estados Unidos pero ya en tiempos de Freud y por el propio Freud y su hija Anna. Se promovió la finalidad de flexibilizar al superyó y robustecer al yo para favorecer la integración social y la “adaptación” en nombre de la búsqueda de “felicidad” entendida como bienestar y confort en las injustas condiciones dominantes. Bien conocemos los sarcasmos dedicados por Lacan a esa postura de los psicoanalistas americanos y americanizados: son la continuación de los mismos que dedicaron Adorno y Marcuse a esa ideología conformista con “la realidad” a partir de los años ‘40. Al yo, la agencia “resistente, repelente y represora” (Freud, 1932), se le pedía que operase a favor de los mandatos inconscientes e irracionales del superyó utilizando sus “mecanismos de defensa” que operan al servicio de la propia “realidad” y de la conservación de la “identidad personal”, ese concepto que no procede del psicoanálisis sino que pertenece a la más rancia sociología.

La pregunta, la gran pregunta, es si Lacan no llegó al mismo punto muerto cuando propuso como meta para el psicoanálisis el “saber hacer con el síntoma” y si la noción misma de sinthome no es un compromiso entre el goce y el placer, esos dos falsos sinónimos que se conjugan en torno al deseo. También cabe preguntarse si ese sinthome, ese síntoma con el que hay que arreglárselas (se débrouiller) –el ejemplo propuesto a modo de paradigma es la escritura de James Joyce– no es la manera de engancharse con la realidad para no enloquecer y, al mismo tiempo, no entregarse de manera desembozada a la gratificación de las pulsiones. Si no se trata de un equivalente de la mentada sublimación, aceptable e higiénicamente desexualizada, como destino ajeno a la represión.

Tanto Adorno, como Zizek al leerlo, como nosotros al comentarlos, coincidimos en señalar que la contradicción no debe “resolverse” en una síntesis feliz sino que el antagonismo debe ser subrayado por la teoría y señalado como inherente al funcionamiento de esta sociedad que genera, de tal modo, el siempre ascendente “malestar en la cultura” que acabará por sepultarla. La sublimación y su sustituto, la “desublimación represiva”, son igualmente violentas y contrarias a la “naturaleza humana” que, por la vía de la pulsión de muerte que es su esencia, conducen a la desubjetivación, a la transformación de los sujetos en operadores de los servomecanismos y en “datos” de la máquina universal o del panóptico en el que se ha transformado la vida en estas sociedades que Deleuze llamó “sociedades de control” sucesoras de las “sociedades disciplinarias” de Foucault. La señalada “contradicción” no es un callejón sin salida: es la expresión de la verdad de la cultura tal como se aprecia al ver la disyunción del pensamiento que sigue al marxismo y al freudismo. En su síntesis imposible, la propuesta del título: “Teoría crítica y psicoanálisis” revela la fecundación recíproca de dos disciplinas que, en su origen, no se superponen ni se integran, que se enriquecen en su diversidad teórica y metodológica.

Al hacer esta afirmación somos concientes de que intencionalmente dejamos de lado lo que se ha dado en llamar la Segunda Escuela de Fránkfort cuyo representante más notable es Jurgen Habermas (Düsseldorf, 1929), un sobreviviente de la Segunda Guerra que se ha empeñado en la revisión (es un verdadero “revisionista”) de la obra de sus precursores, es decir, de Adorno y de Marcuse. Y también hemos dejado de lado a los continuadores del psicoanálisis del yo, los promotores de la noción de self, especialmente Heinz Kohut (Viena, 1913 – Chicago, 1981) y Otto Kernberg (Viena, 1929) que asumieron la voz cantante en el psicoanálisis a partir de los años ’70 del siglo pasado. En su oportunidad los hemos caracterizado como divulgadores de un “Freud desleído”. Ni Habermas (y Apel) del lado de la “teoría crítica” ni Kohut y Kernberg del lado del “psicoanálisis” merecen figurar junto a sus predecesores. Menos aun merecen ser discutidos en este artículo que aquí termina.

 

Néstor A. Braunstein.

Médico y psicoanalista argentino (Bell Ville, 1941) exiliado y naturalizado como mexicano. Referencias: Wikipedia en inglés y español y www.nestorbraunstein.com

 

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