¡Feliz año 20!

Debo excusarme ante quienes siguen (o siguieron) este blog por la falta de entradas nuevas incorporadas en el año 2019. Fue para mí un año muy difícil por circunstancias personales relacionadas con la salud de mi esposa que sería doloroso y hasta indiscreto relatar en este espacio público.
En el año escribí pocos textos, ningún libro, aunque aprecio lo que supe transmitir en diversos eventos.
Después de hacerlo durante 20 años (2000-2019) había resuelto no enviar un texto de ¡Feliz año 20! pero, a medida que avanzaba el mes de diciembre, comencé a recibir de colegas y amigos notas en las que se me pedía que continuase con mi hábito.
En 2019 tuve la satisfacción de leer un texto provocador y meduloso de un autor a quien es hora de empezar a conocer, Sergio Rodia, aun inédito incluso para él mismo. Tomé un párrafo de su libro «La apatía hiperactiva» y lo envié a mis corresponsales habituales de los ¡Feliz año …! Puede leerse a continuación.

De mi/nuestro amigo Sergio Rodia:

«El confinamiento cibernético no es espacial, sino cognitivo e intelectual: significa tener una mente tan estrecha que no deja espacio para el interior. Porque la introspección y la interioridad no aluden, por lo demás, a esa vieja instancia opresiva que servía de encierro para nuestros miedos, deseos, secretos y fantasmas: esa cárcel del cuerpo de la que hablaba Foucault. La interioridad no implica forzosamente una forma de sometimiento, del mismo modo en que no todo secreto es una condena: debo confesar que nunca me he sentido más libre -y más frágil- que cuando me pierdo en mis pensamientos o me sobrepasan mis emociones. Porque entrar en uno mismo conduce finalmente a la más radical exterioridad: ese mundo al que entramos, nuestro mundo íntimo, es inaccesible para los demás y la mayoría de las veces también para nosotros mismos; entrar en nosotros es un sentimiento similar a salir del mundo, a introducirnos en un espacio sin bordes ni pliegues. La interioridad te lleva afuera, mientras que en la red todos quieren estar adentro. Y esto es justamente lo que tanto nos fascina de la literatura: que la imaginación es una suerte de rapto, y sin esos momentos de apertura e indefinición, nuestro mundo se volvería estéril.

«Ser enteramente humano» significa trascender nuestro tiempo y espacio, ser irreductible a cualquier definición, permanecer fuera de toda categoría y esta suerte de trascendencia, de exterioridad, sólo nos la puede dar la introspección: el viaje interior hacia el afuera. Y aunque los paladines del ciberespacio digan lo contrario, no podemos alcanzar esa experiencia atrapados en la red. Lo que hoy en día agoniza es el exterior, ese espacio que Rilke llamaba «lo abierto» porque era literal y literariamente incontenible. La radical exterioridad del interior, la intimidad del afuera. Entre la imposibilidad del exterior y la ruina del interior, lo que se desvanece es la profundidad.»

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