PANDEMIA Covid-19 Tampoco el psicoanálisis volverá…

Como miembro de la Fédération Européenne pour la psychanalyse fui invitado a escribir un artículo para la Newsletter de esa institución. Mi contribución: Tampoco el psicoanálisis volverá a ser lo que era apareció publicada junto a la de estimados colegas en la Newsletter del 7 de mayo de 2020. El texto fue traducido al francés y al inglés, recibido con beneplácito y también con críticas. Fue comentado en un denso y meditado artículo por mi amigo René Lew de París cuya traducción al español figura en la entrada siguiente. A continuación el breve artículo (1700 palabras).

Tampoco el psicoanálisis volverá a ser lo que era.

                                                                                                  Néstor A. Braunstein

 

Esta pandemia del coronavirus es un hecho histórico con rasgos inéditos, distinto de los múltiples episodios anteriores de manifestaciones de la peste en animales y humanos. Una pandemia es una enfermedad que ataca a todos o a la mayoría de una población, a un universal en el que caben excepciones. Su concepto entra en el discurso de la medicina (de la “ciencia”, “la ideología de la supresión del sujeto”) y de la sociología. En principio la pandemia debiera ser un avatar que homogeniza a los habitantes: todos son o pueden ser sus víctimas  pero, según se ve en este caso, lejos de eso, la enfermedad subraya las diferencias de riqueza y poder, pone en evidencia la hegemonía de los menos sobre los más, hace patente la violencia latente en el lazo social del mundo capitalista… que es todo el mundo. No todos “estamos en el mismo barco” como se pretendió en un principio.

 

Sin embargo, como tal, la pandemia no es un objeto del discurso del psicoanálisis ya que este no se ocupa del “todos” (pan) ni de los conjuntos poblacionales (demos) aunque sí de las inevitables repercusiones de este sorpresivo avatar de la vida social . En el caso actual de la virosis extendida, se pudo apreciar, como siempre, que el “todos” de los afectados por la peste, por la guerra, por el temor a las distintas formas de un porvenir apocalíptico, es particularizado según las circunstancias de cada uno. El peligro que se señala y del que participa la población puede ser real y factible (la guerra nuclear) o imaginario (los platillos voladores). En todo caso, y este resulta ejemplar, es un hecho de lenguaje que puede alcanzar dimensiones planetarias y ser desencadenante o activador de fantasmas singulares que, ellos sí, son objeto del psicoanálisis y dan pie a formaciones sintomáticas y descomepensaciones de la estructura con alteraciones en la cadena borromea. Muchos de esos efectos son reforzados por el cambio en las condiciones y los hábitos de la vida cotidiana en sus diferentes ámbitos (familiar, laboral, sexual, etc.). Según su estructura subjetiva, todo hablante informado de la disrupción provocada por la pandemia, ve y padece la activación de los procesos primarios del inconsciente que determinan su posición (la posición subjetiva, no una entidad nosológica) ante el reconocimiento forzado de una amenaza con indefinidos contornos, imposible de ignorar, generadora de disposiciones legales de cumplimiento obligatorio que implican limitaciones en la libertad de circular, viajar, reunirse con otros. La vida queda supeditada como nunca a la posibilidad de la muerte. Como en una guerra. El encierro exige una “servidumbre voluntaria” a la que la mayoría de la población acata en aras del miedo a la enfermedad y la muerte.

 

El deber de los psicoanalistas en estas circunstancias, en la práctica clínica y en la reflexión, es marcar la necesaria distinción entre el nivel del “todos” (del pan y del demos) y el nivel del “cada uno” de los sujetos, afirmando la irreductibilidad entre el hecho sociológico, apoyado por estadísticas, y el vivenciar subjetivo reflejado en la situación transferencial que es lo propio del trabajo analítico.

 

El coronavirus es un ente biológico, venido de quién sabe dónde; la enfermedad contagiosa es un hecho histórico y social estudiado por la medicina; la información sobre el mal y las propuestas para combatirlo son objeto de vivos debates políticos y filosóficos que absorben la atención de la población al que pocos, si alguien, escapa en este mundo informático pero a los cuales cada uno, en tanto que sujeto-objeto de la comunicación, según sus propias coordenadas subjetivas, plasma una cierta respuesta, suya, intransferible, singular, ante el ente ciego del virus que acecha desde su minúscula invisibilidad.

 

Es fundamental que no confundamos la psicología (lo cognitivo-conductual, lo preconsciente individual y social) con el psicoanálisis, que es inmune al cálculo y a la estadística, esas enfermedades contagiosas que se transmiten por vía periodística cuando se discute sobre las ventajas e inconvenientes “mentales” de la vida en confinamiento.

Lo específico de nuestra clínica nos enseña que el sujeto del inconsciente, el parlêtre, el ente que llega al ser porque habla y se confronta con la muerte, se encuentra ante una forma insólita del objeto @, un segmento de lo real carente de imagen especular que conlleva la connotación unheimliche, siniestra, de la posible inminencia de su muerte y de la ajena. En torno a ese objeto inasible, el virus, se organizan los fantasmas que conjugan los dos polos del deseo (voluntad de poder, síntoma) y el goce (eterno retorno, compulsión de repetición). Eros y Tánatos.

 

El virus es, de tal modo, hoy, el sol subordinante en torno al cual giramos, en órbitas caprichosas, los sujetos del demos, llamados por los medios a emitir una palabra en el torbellino de la confusión de lenguas imperante donde “todos hablan y se gritan y ninguno sabe nada”. Así también los psicoanalistas: somos testigos de esta forma previsible aunque inesperada del malestar en la cultura, somos soportes de todos los fantasmas expresados por nuestros “pacientes” en las sesiones y también de la opinión de los “expertos”, incluyéndonos a nosotros mismos, convocados a dar testimonios, a hacer juicios, a expresar prejuicios y a manifestar otras formaciones del preconsciente.

 

Podemos conjeturar – y este es otro fantasma– que el virus con sus imprevisibles mutaciones llegó para quedarse y cambiará las condiciones de la vida en todos los rincones del planeta. Es un objeto @, afónico, infans e inefable, que viene a ocupar el lugar de semblante y agente en un discurso sin palabras que empezamos a sentir y que puede ser atronador, ensordecedor. La vetusta opción de la guerra fría, “libertad sin seguridad o seguridad sin libertad”, que definía a los sistemas a uno y otro lado del telón de hierro, se escucha ahora en torno al virus ubicuo y omnipresente, al gran inquisidor, el interpelante; es la campana que repica las eviternas preguntas: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? ¿qué me es dado esperar?, o sea, en última instancia, la cuarta: ¿quién eres tú, parlêtre, para formularlas, quién escuchará tu respuesta?

 

Hay que responder de modo activo, actuante. No hay subterfugios: de su posición de sujeto cada uno es responsable. Esa relación con el fantasma, esclarecida en la situación analítica, es lo que nos convoca en tanto nuestra individualidad es lo social subjetivado (Korman) y en tanto que el inconsciente es lo político. Somos y seremos las respuestas que demos. Bien sabemos que la propia muerte no existe para el inconsciente; la muerte es siempre la del otro y esa ajenidad no borra sino que subraya nuestra ineludible responsabilidad por su vida.

 

En y por el fantasma se decide nuestra “actitud ante la muerte” (Freud). En ella se juega nuestra posición ante la realidad que, para las mayorías, es la de una “vida desnuda” (Benjamin), la vida del que puede ser muerto sin que su asesinato constituya un crimen, la del homo sacer (Agamben), el del “flujo humano” (Ai Wei Wei). Es así como la exposición, la vulnerabilidad y la posibilidad de encarar la sobrevivencia después del contagio pasan a ser objetos de la biotanatopolítica. El virus ha expuesto la siempre sabida precariedad de la existencia y también la creciente vacilación de las instituciones, de la democracia, de los restos de libertad, del respeto al fantasma del otro, el habitante avotante de las elecciones amañadas en la vida del rebaño que es la polis. El virus hoy invade las células de los ciudadanos con su carga de miedo, de angustia, de terror, de desconfianza en el vínculo social, allí donde el prójimo es una temible fuente de peligro. El covid-19 no se multiplica como las células cancerosas sino que destruye infiltrándose y desorganizando la vida íntima de la célula atacada… y del aparato psíquico. Así llega hasta los centros neurálgicos (ciertamente no neurológicos) donde los algoritmos toman las decisiones y gobiernan.

 

En medio de la pandemia la práctica del psicoanálisis toma nuevos visajes y tiene que aceptar la racionalidad de esas entrevistas, virtuales por fuerza, en las que el analizante o el supervisando pueden decir  –tenemos la experiencia –: “de eso no puedo hablar por Skype o por whatsapp”, allí donde para nada sirve la invocación de la regla fundamental que correspondería en la sesión “normal”. Eso no es paranoia pues los analizantes y los analistas bien saben que hay sujetos sospechosos, “marcados” en Google, que prosiguen sus análisis o sus supervisiones bajo la mirada posible, imposible de comprobar y de refrenar de ese Otro, el vigilante. Los tentáculos de las “sociedades de control” (Deleuze) no lo son de pulpos imaginarios, fantasmáticos. Es allí donde acecha el peligro para la vida social y para el psicoanálisis más allá de las tan loadas ventajas de la digitalización: en el control biopsicotecnológico de la especie gobernada telemáticamente. “Ellos [los seres humanos] lo saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado. Y ahora cabe esperar que el otro de los dos poderes celestiales, el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal”. “¿Pero quién puede prever el desenlace?”, agregó Freud en 1931 a modo de colofón de su malestar en la cultura.

 

Al cambiar el marco, “le cadre de la cure”, cosa que viene sucediendo con ritmo acelerado y de múltiples maneras desde hace más de medio siglo, que afecta a todos los procedimientos del psicoanálisis en las modalidades  de intensión y de extensión; que se comprueba en el paso del dispositivo analítico al de las pantallas interpuestas entre los integrantes de la pareja psicoanalítica con la correspondiente interposición satelital, ¿no cambian las condiciones básicas para la clínica? Si tal fuese el caso ¿quién puede prever el desenlace?

 

 

 

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