LA PANDEMIA Y LA PSICOLOGÍA DE LAS MASAS

«El autor agradece la inapreciable colaboración de Daniel Koren (París), Ana María Gómez Caurel (Buenos Aires) y Elsa Andrade Heymann (Quito) en la discusión y elaboración de este escrito”.

LA PANDEMIA Y LA PSICOLOGÍA DE LAS MASAS

Cuando este artículo, que escribo en 2020, sea publicado habremos ya entrado en el año 2021. Para entonces, como en el proverbial cuento de Monterroso, en el momento del despertar, la pandemia del virus Covid-19 seguirá ahí, inmune a la otra pandemia, la verbal y escrita de los comentarios y ensayos que ha suscitado. La infección persistirá en ser muda y mortífera, inmune al aluvión de textos y conferencias, de reuniones y iutubes, donde filósofos, científicos, artistas, antropólogos, sociólogos, periodistas y psicoanalistas se ven tentados o son invitados a escribir sobre ella, sobre esta plaga que es indiferente a la profusión de libros, revistas e imágenes, virtuales y en papel, dedicados a discutirla. Ella seguirá ahí, sorda a la baraúnda de las opiniones y a las disquisiciones de los centenares de intelectuales convocados a pensar y exponer sus conjeturas, juicios y reflexiones. El virus mata; los hombres reflexionan, hacen estadísticas, las difunden y alimentan el miedo, cuando no el pánico, que es el nombre que toma el miedo cuando no está domesticado por los números, las palabras de aliento, las canciones de cuna, los bulos, las promesas de salvación.

2021 seguirá llevando el sello de lacre de su amenaza y de sus realidades. Será también, para los psicoanalistas, el momento de conmemorar el centenario de una obra que insospechadamente se ha actualizado por la siniestra y solapada presencia del virus como trasfondo de este mundo nuevo, enmascarado y confinado, estrechado en sus fronteras, atribulado por las leyes y normas, por el reajuste de los rituales y los gestos cotidianos del encuentro entre los participantes en el vínculo social.  Me refiero a Psicología de masas y análisis del Yo de Sigmund Freud[1]. La coincidencia del ominoso año actual y del siglo del trascendental ensayo es azarosa; la convergencia de ambos llama a la reflexión en esta publicación veracruzana que se coloca en el punto de intersección de la vera cruz donde se unen las dos líneas: la peste por un lado y, del otro lado, la psicología social o de las masas, atravesadas por la realidad histórica de un acontecimiento que, no por haber sido previsto, dejaba de ser sorpresivo para esa masiva mayoría que prefería no pensar en su advenimiento.

Esa coincidencia, esa tyché, ese encuentro desafortunado, aleatorio, producto de la confluencia de dos hechos causados y causales, pero entre sí independientes, el de un flagelo y el de una celebración, es el aguijón de esta reflexión, otra más en medio de la doble pandemia: la viral y la discursiva.

Elijo comenzar con la frase final del primer párrafo del ensayo freudiano: “En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social…” (cit., p. 67). Una expresión diáfana y muy (re)citada por los epígonos de Freud… entre los cuales me cuento. Ahora bien, ninguna lealtad a su discurso me permitiría olvidar que Freud mismo, muchas páginas después, cayendo en una franca contradicción, afirma: “Tenemos que inferir que la psicología de la masa es la psicología más antigua del ser humano; lo que hemos aislado como psicología individual, dejando de lado todos los restos de masa, se perfiló más tarde, poco a poco, y por así decir, solo parcialmente a partir de la antigua psicología de la masa”. (cit., p. 117)

En verdad, la psicología social (el Otro) es la base que precede a cualquier psicología individual (del uno) y por ello nos interesa, en el día de hoy, estudiar la “psicología de las masas” en la pandemia antes de abordar lo que ella significa para el psiquismo de los individuos, para “el análisis del Yo”. De manera sintética podemos inclinarnos por la segunda de las dos posiciones delineadas por Freud y hacerlo con Freud mismo y con Lacan: El Otro prehistórico, el semejante, precede al nacimiento del individuo, es su fundamento, es quien lo introduce en esa casa habitación de la que nunca podrá salir: el lenguaje. La “masa” de los hablantes precede y conjunta a los “individuos” que llegan a diferenciarse después de incorporarse a sus significantes, a su lalengua.

Por nuestra parte, siendo más estrictos, tampoco podemos adherir sin remilgos ni precauciones a esa disociación que genera la idea de algo que sería primario, el Otro, y algo derivado de ella, secundario, que sería el yo, el sujeto empírico, singular. Pensamos que lo individual y lo social dibujan una falsa oposición que se disuelve al graficar nuestros pensamientos sobre el papel y al convocar a la botella de Klein para desconstruir ese dilema artificial. Cuando analizamos un fenómeno histórico cualquiera, de los cuales esta pandemia es un ejemplo cristalino, salta a nuestra vista la ausencia de límites, la continuidad sin aduanas ni fronteras entre lo colectivo y lo singular. No hace falta caer en el tópico de quién fue primero, si el huevo o la gallina, como si ignorásemos que la gallina es un animal ovíparo. La psicología de las masas y el análisis del yo son consustanciales, indiferentes a toda primacía temporal: “al mismo tiempo y desde un principio”; o sea: siempre.

La peste planetaria que nos asola genera inhibiciones, síntomas y angustia. Muchos, aunque no todos, los eventuales contagiados, ilustran tipos fluctuantes de “posiciones subjetivas”, de esas que médicos y psiquiatras se empeñan en clasificar y diagnosticar como “patología”: fobias, obsesiones, delirios, manías, depresiones, delirios, formas todas del “desquicio” del yo en medio de la pandemia. Como psicoanalistas constatamos las reacciones de miedo, pánico y ansiedad, así como la perturbación corriente de las formas institucionalizadas del vínculo social. ¿Qué mayor prueba podemos pedir cuando vemos la marcha infinita y sin fin ni fines de las hormigas por la única cara de la cinta de Moebius, y en su superficie confirmamos la evidencia de esa continuidad de la psicología de las masas y el análisis del yo?

El virus no habla pero hace hablar. Y no a uno sino a todos. En ese sentido, el virus nos congrega y nos masifica. El discurso de la ciencia y de los medios, hoy universalmente unificados en el caos informático que llamamos internet, es pervasivo[2]. Es ese discurso persistente e inatajable del Otro el que induce las más variadas reacciones singulares, incluyendo la de quienes mantienen la ecuanimidad y optan por precauciones razonables reconociendo el peligro de ser contagiados y de contagiar a otros. También deben incluirse dentro de esta “pervasividad” a los que sucumben por el desquicio amenazante que vendría con la enfermedad o los trastornos que ella acarrea de hecho en la vida del individuo, en su trabajo y en su economía, en sus planes personales y en sus relaciones sociales afectadas por esta situación. Son millones los que están viendo su vida partida en dos por la interposición de esta ínfima porción de materia que es el virus. Desde que comenzaron las noticias sobre la nueva enfermedad, rápida y oportunamente calificada de pandemia por la OMS, pudo verse que el virus puso a la mayoría de la humanidad entre la espada y la pared, en una opción chantajista donde siempre habría que perder: “¡la bolsa o la vida!”, es decir, la relativa seguridad del aislamiento o la preservación de los derechos elementales (circulación, reunión, saludarse, velar a los muertos, etc.) a expensas de un peligro imposible de calcular. Las respuestas, todas, muestran esta doble polaridad: son a la vez fenómenos de masas y objeto de decisiones individuales. “Dime cómo reaccionas ante las noticias de la pandemia y te diré quién eres”.

No faltarán las oportunidades en el inminente año 2021 para renovar y desentrañar misterios y riquezas ocultas en el texto freudiano o, ¿porqué no?, como me propongo, aplicar sus conclusiones a una masa imprevista, la masa de los psicoanalistas mismos, detectando también entre nosotros la división entre “masas espontáneas”, reunidas en torno a un líder que toma los rasgos y funciones del ideal del yo, y las “masas artificiales” que son las instituciones psicoanalíticas mismas con sus reglas, organigramas y jerarquías, a veces manifiestas, a veces disimuladas. Nuestro interés, consecuente con la intención de esta publicación de la Universidad Veracruzana, tiene que centrarse en la pandemia y a ella me propongo referirme desde la perspectiva abierta por el centenario ensayo de Freud.

La reacción general ante la difusión de las alarmantes noticias al comenzar 2020 fue de pánico, de contagioso terror[3]: compras compulsivas de alimentos envasados, de papel higiénico, de alcohol, etc. Asimismo, cada nación-estado y cada individuo se vio forzado a adoptar medidas de precaución frente a las amenazas referidas a la salud, al bienestar económico, a la pérdida del empleo, al sufrimiento de los seres queridos, a no poder estar junto a ellos, a la inmovilidad obligada, al confinamiento, incluso a no poder recibir la atención médica necesaria para otras condiciones ajenas a la infección viral: embarazadas, operaciones quirúrgicas u odontológicas, exámenes para seguir la marcha de procesos crónicos, tratamientos psicológicos y psiquiátricos, psicoanálisis, etc. El sistema sanitario entero se vio desbordado y se puso en evidencia el daño causado al mismo por los recortes progresivos a los presupuestos de los sistemas de salud públicos y privados en función de lo que irónicamente se llamaba el “saneamiento de los presupuestos”. El sujeto de la cultura, el animal político que cada uno es, aterrado por la presencia espectral del virus, se presentó como miembro de una masa, pero una masa donde los demás no eran “socios”, ciudadanos con los que podían identificarse, sino potenciales portadores del mal, amenazas andantes. Ante ellos se imponía tomar distancia física, resguardarse de las gotículas que pudiesen salir de su boca mientras hablaba o tosía, calcular las consecuencias de cualquier eventual contacto sexual, cancelar las reuniones sociales, la asistencia a espectáculos, la participación en actividades de ocio compartido, las deportivas, las religiosas, las realizadas en aulas o salones. Renunciar al saludo con un casto beso, al estrechar de manos, al abrazo consuetudinario desplazados al supuestamente higiénico “codo a codo”, proverbialmente ligado a la idea de una lucha enconada. Y no solo eso: también suprimir el encuentro visual del “cara a cara” y ocultar o disimular el rostro tapando nariz y boca, ahora aberturas lascivas por donde podría deslizarse el hálito de la muerte. Para el moderno pestófobo nada era más peligroso que el prójimo, el Nebenmensch, hecho a su imagen y semejanza, ese que alberga, junto al virus que porta, una hostilidad inconsciente de la que es necesario protegerse.

De todos modos, la necesidad del encuentro dialogado persistía en el sujeto del lazo social; la cultura del capitalismo industrial ofrecía, para satisfacerla, los pharmaka (remedios-venenos) capaces de calmar el malestar: los órganos protésicos, suplementarios, que remplazan al contacto físico: la palabra y la imagen teletransmitidas por teléfonos inteligentes, por correos electrónicos que anulan el tiempo y el espacio. La distancia impuesta por el virus era contrarrestada, si venía al caso, por la ilusión de la presencia constante y ad libitum de un simulacro del cuerpo y de la voz del otro lejano.

Así siguió y sigue la vida en la república del miedo. Científicos y políticos discuten sobre su autoridad relativa para gobernar a los ciudadanos espantados y en muchos países (España, casi todos los del continente americano) se arrojan respectivamente las armas de la desacreditación recíproca. Dos recetas polarizan la discusión: apilar cadáveres y ataúdes para favorecer la economía o restringir la producción y el consumo para proteger vidas humanas y así contener la expansión de la enfermedad. A estas alturas del debate es superfluo señalar que ni el virus ni la muerte son democráticos e igualitarios y que las protecciones higiénicas no alcanzan por igual a los pobres que a los ricos, a los morenos que a los blancos, a los “asegurados” institucionales que a los insegurizados de la economía informal, a los que disponen de espacios individuales que a los habitantes hacinados en las ciudades marginales de las metrópolis, a los que poseen ordenadores y smartphones que a quienes no los tienen o deben compartirlos con otros miembros del grupo familiar o laboral, a los que tienen cobertura y a quienes viven al descubierto, en la intemperie, o sea, fuera de la tecnosfera. La pandemia subraya la desigualdad y azota con mayor virulencia a “los condenados de la tierra”. Nunca el biopoder denunciado por Foucault y sus continuadores fue más transparente en su opacidad. Nunca un disfraz exhibió tanta desnudez.

La inequidad se manifiesta de modo fulgurante en la diferencia abismal que hay entre quienes pueden, por vía telemática, trabajar como empleados desde su domicilio (WFH – work from home) y los miembros de la economía informal, no inscriptos en empresas o instituciones, trabajadores que han de ganar el sustento y el de sus familias sin saber qué les espera cada día y que deben exponer sus cuerpos al contagio en atascados medios de transporte y laborar en sofocantes espacios de aglomeración. Situación también diferente es la de los trabajadores uberizados que venden sus servicios free lance. Supuestamente son los propietarios de sus medios de producción, generalmente ordenadores o computadoras, desde donde ofrecen sus servicios a contratistas que les pagan por la tarea realizada, sin verlos ni conocerlos, en el más absoluto de los anonimatos y fuera de toda regulación. Son personas que no son explotados por el otro sino que se explotan a sí mismo poniéndose a disposición de quienes compran su trabajo. Tienen la “ventaja” de disponer de su tiempo y sus horarios, de no estar sometidos a jerarquías ni controles, de eliminar a los intermediarios, todo ello a costa de la precariedad y de la ausencia total de prestaciones a las que pueden aspirar los trabajadores sindicalizados capaces de actuar colectivamente en defensa de sus intereses, a costa también de la disponibilidad permanente (24/7) para la realización de las tareas demandadas. Por otra parte la desregulación los obliga a una competencia sin normas ni leyes para tasar el precio de sus servicios en relación con los demás trabajadores incorporados a ese sistema a menos que (como es el caso de la misma Uber) sea una empresa la contratista que actúa como intermediaria y cobra su libra de carne tanto a los usuarios como a los servidores por los “buenos oficios” que “ofrece”. Los uberizados (aceptemos el neologismo) en tiempos de pandemia, carecen de todo servicio social y no pueden esgrimir su condición para reclamar por derechos laborales o sociales de las empresas o del estado. Su condición de proletarios se ve acentuada por el aislamiento social que se suma al de las restricciones impuestas por el Covid-19. Esta precariedad laboral es un fenómeno de masas no prevista por los sociólogos y economistas. Tampoco parece haber inquietado mayormente a los herederos del discurso de Freud.

En realidad el virus Covid-19 no impone nada; es una partícula de materia organizada, en el límite entre la vida y la muerte, que, por su propia dinámica, coloniza células y pone en peligro la sobrevivencia de sus huéspedes. De su actuar, como del de otras bacterias, nadie es responsable. Si es el agente del miedo o del pánico que se contagian en la sociedad es porque exhibe la incapacidad de esta para enfrentarlo y la demolición de los sistemas sanitarios que debían prevenir o estar preparados para resistir a su asalto. Ni el agua ni el fuego son los responsables de las inundaciones y los incendios. Por eso, siendo mudo, el virus denuncia al sistema económico centrado en el lucro financiero inmediato con desprecio de la vida y la salud de los humanos. Ha llegado para destacar la subordinación de la vida a la lógica fascista del biopoder que, sin nombres propios ni rostros visibles, es el agente de la disrupción ecológica, social, económica, política y psicológica de las masas… si es que cabe hablar de masas en el momento actual, cuando solo por excepción y en sitios geográficos aislados se producen concentraciones de gente que se mueve por reivindicaciones colectivas.

Tampoco las masas son lo que eran. ¿Las sigue habiendo o aceptamos hablar de “neomasas”? Hoy en día las masas amenazadas por el Covid-19 no están formadas por personas, por cuerpos que se juntan en un cierto espacio físico, movilizados por consignas. Hay, ciertamente, gentes que se congregan para asistir a manifestaciones, para escuchar conciertos, para ser bendecidos por el papa en San Pedro, en townhalls, etc. Pero esa gente, pasado el acto agrupador, se dispersa; cada uno saca su smartphone del bolsillo y sigue con su previsto programa cotidiano o vuelve a casa. Ahora las masas se constituyen según “perfiles” de agrupación de datos reunidos por ordenadores que no guardan fotos o nombres, como antaño la policía, sino que reducen a los sujetos a los metadatos que de ellos emanan y que se pueden conseguir movilizando… a los ordenadores. Los individuos y su psicología (¡esa antigualla! ¡esa vieja disciplina!) ya no importan: importan las relaciones entre los individuos, considerados como “terminales” de la computadora, y los conjuntos en los que se les puede incluir, o sea, la “masa” actual es de metadatos, es creada y ordenada por los algoritmos (en una apretada definición: programas abstractos de cálculo que organizan los datos que se les suministran). El mundo es así gobernado, no por dictadores totalitarios (sin que deje de haber Trumps y Bolsonaros que los personifiquen), pues hasta ellos mismos responden a esos algoritmos impersonales, maquínicos, que toman decisiones de manera automática y diseñan, configuran, la vida y las circunstancias de los sujetos que los retroalimentan con su obediencia; así los propios amasados confirman que están bien ubicados dentro del perfil establecido. Las masas actuales, cibernéticas, fuerza es reconocerlo, son las sucesoras, muy distintas, de aquellas de las que se ocuparon, con distinta fortuna, Le Bon (1895), Weber (1905), Freud (1921), Ortega y Gasset (1930), Reich (1933), Canetti (1962) y tantos otros. Las masas (Massen, groups, crowds, foules, muchedumbres, etc.) no se reúnen como cuerpos ni se ven o hablan entre sí; excepcionalmente tiran piedras o rompen cristales y queman. Las masas, hoy, son parvas de datos trasnacionales que son ordenados por los mecanismos numéricos del poder y que son tan impersonales como los clientes en Amazon o los “amigos” en Facebook. “Ellos también compraron…” o a “ellos también les gusta…”. Las cifras de ventas y los números de índices levantados deben confirmar el buen funcionamiento del algoritmo, la adecuación de los masificados a los procesos de perfilamiento que los reúnen sin que lo sepan en el ciberespacio global, un espacio que no tiene puertas ni ventanas, sin distinción de países o particularidades. Hay rasgos o preferencias compartidas; por ese solo hecho los semejantes constituyen una “neomasa” y están dispuestos a escuchar mensajes que sean acordes con sus inclinaciones ideológicas. Son homogéneas.

Los algoritmos “amasan” (¿amansan?), “perfilando” a millones de usuarios que nunca se han visto ni se verán, distribuidos, si fuese el caso, a todo lo largo y lo ancho del planeta: los seguidores de un cantante, los interesados en el arte o en la política o en la historia, etc., y, a su vez, de qué modo están interesados o dispuestos a actuar en función de esas preferencias; se les/nos ubica en racimos (clusters) con respecto a ese tópico. Así formadas las masas no es solo posible sino incluso fácil dirigirse a ellas con mensajes tendenciosos para que compren cierto tipo de productos o adhieran a ciertos presupuestos ideológicos, para que adopten rituales higiénicos promovidos por los “científicos”. ¿Puedo aportar en este punto un ejemplo íntimo?  Lo haré.  Soy un hombre mayor que vive en Barcelona.  Me suscribo a un periódico de circulación nacional.  Lleno mis datos de identificación; en la casilla correspondiente al estado civil tecleo la palabra “viudo”. Una vez registrado y tras cumplir con el dato fundamental que es dar el número de mi tarjeta de débito, “abro” el periódico en mi pantalla y leo, a la derecha de las noticias, un anuncio que dice: “Conozca en Barcelona a mujeres mayores de 50 años”.

En todos los casos en que interviene la web lo importante no es quién es el sujeto que los proporciona o para qué; lo importante es registrar los “datos objetivos”, transformar esos datos en números y, cuando alcanzan una cantidad suficiente, dejar que los números hablen por sí mismos y ofrecerles “servicios”. Son los “metadatos”, datos que hablan de los datos, es decir, describen el contenido de la información guardada de esos sujetos que acabarán por ser el blanco sensible o vulnerable de los mensajes que les llegarán. Ellos no los pidieron, simplemente un mecanismo los asignó a una o varias neomasas que comparten el perfil. Más adelante trataremos de otras neomasas artificiales, las constituidas en las “redes sociales” que también son conglomerados “exosomáticos”, no involucran ningún contacto físico o conocimiento recíproco de los adherentes.

Son estos colectivos abstractos, estas agrupaciones, las afectadas por la pandemia, por así decir, por lo real, lo imaginario y lo simbólico del virus. Podemos hablar, como ya insinuamos, de los ecuánimes, los asustados, los angustiados y las víctimas del pánico. El pánico (Panik, en el vocabulario freudiano, cit., pp. 91-93) provoca la desbandada de la sociedad civil, ahora ingobernable; es la anarquía, la angustia contagiosa de las masas ante un ataque inesperado, súbito, para el cual no están preparadas o cuando el general en jefe o el capitán del barco dejan sus puestos. En principio el pánico es “irracional” como irracionales y emocionales son, para Max Weber[4], las masas, incapaces de participar activa y ampliamente en la vida política y para Ortega[5] que las califica de bárbaras, impulsivas, brutales, ingobernables. Para prevenir esta calamidad, nada es mejor que la angustia, el miedo, que reúne a las víctimas potenciales enseñándoles cómo protegerse de peligros reales o supuestos.  Ya lo había advertido Hobbes[6] quien decía de sí mismo que tenía un hermano mellizo, llamado Miedo: “Miedo: Es la pasión que menos inclina a quebrantar la ley. De hecho, el miedo muchas veces nos retiene de quebrar la ley. El miedo al daño físico directo (temor) puede excusarnos de un delito”. Una población asustada por el anuncio de peligros y amenazas es fácilmente gobernada y es propensa a dejarse llevar por leyes restrictivas de sus derechos. Engendrar el miedo (fearmongering) es una estrategia política fundamental para el orden constituido. Según el filósofo escocés es en el poder soberano (monárquico, aristocrático o democrático) donde radica la fuente del miedo y el soberano recurre a ese miedo para gobernar a la gente. El poder del soberano, en cualquiera de los tres casos, debe ser irrestricto, absoluto y monopólico: ha de imponerse en todas las áreas de la vida y de la conducta cívica. De cierta manera, un soberano capta el miedo compartido que reina en una multitud y lo transforma en una herramienta política adecuada para el gobierno de los súbditos. Los medios de difusión de masas (periódicos, televisión) eran, hasta hace no mucho, los encargados de alentar a los miedosos y de reunirlos. Ahora son las redes sociales los instrumentos congregantes que reúnen a los similares; al congregar, cumplen al mismo tiempo, la tarea de segregar a los diferentes. Se forman así grupos humanos que no tienen un líder que los unifique ni una organización reguladora; son masas amorfas, nómades, de existencia precaria: a veces dan la imagen de promover transformaciones históricas pero su transitoriedad, esa convergencia oportunista de espontaneidades subjetivas, las lleva a una pronta disgregación. Tomemos como ejemplos recientes a la primavera árabe cuyo centro era la plaza de Cairo (2010-2012) o el movimiento de los chalecos amarillos (2018-2019) en Francia: mediante convocatorias a través de redes sociales (facebook, twitter) y de la red de smartphones interconectados pudieron juntarse grandes grupos de gente. Al cabo de un tiempo, no sin inquietar de momento a las estructuras del poder, todo acababa por volver a la “normalidad” y los participantes, decepcionados, llegaban a la conclusión de que “ahora todo está peor que antes”. También hoy, en relación con la pandemia, se realizan movilizaciones similares para impugnar las políticas de restricción social y de libertades públicas, pero estas reacciones, sintomáticas como lo son de un auténtico malestar, terminan siendo derrotadas por las acciones de quienes siguen dominando la maquinaria del miedo. Una consecuencia de estos movimientos repentinos e incontrolados es un saldo de desaliento que, hasta donde yo conozco, no ha sido pensada en el psicoanálisis, es el saldo de resentimiento en los vencidos, en quienes han tenido que renunciar a sus reivindicaciones y, por lo tanto, a la idea de influir en el curso de la historia. El poder establecido (establishment) condena a las mayorías a la pasividad, al anticipo del fracaso de toda iniciativa mutativa radical. Las masas no surgen espontáneamente, son un efecto de la capacidad performativa del poder manifestada en el discurso como lazo social que se transmite por los medios y atraviesa las mallas de las redes.

Como sabemos desde la lección freudiana (cit. p. 89) hay muchas clases de masas: efímeras y duraderas, homogéneas y heterogéneas, naturales y artificiales, primitivas y altamente organizadas. Freud privilegia, sin embargo, otra distinción: las masas que se forman en torno a un líder y las que carecen de él. A estas últimas, organizadas y duraderas, las denomina “masas artificiales” y encuentra los ejemplos más claros en la Iglesia y el Ejército. En ellas el líder (el Führer) ha sido remplazado por una estructura institucional con reglas que deben cumplir sus integrantes. Es el caso de las comunidades nacionales dotadas de una constitución aceptada democráticamente por la mayoría de los ciudadanos y siempre sujeta a cambios para adaptarla a nuevas y eventuales situaciones históricas. No puede ignorarse que, también en los estados, el lugar del líder es siempre discutido: en todos ellos funciona un sistema de partidos ubicados en el gobierno y en la oposición, ora oficial ora clandestina.

Verdad es que Freud disimula las dificultades que tiene al asimilar al Estado y al Ejército como ejemplos de masas artificiales. ¿Porqué? Por no distinguir entre a) la Iglesia que tiene como conductor a un sustituto del Padre, Jesucristo, el hijo que hace a todos por igual hermanos entre sí y que prodiga su amor de manera equitativamente a sus seguidores, un jefe con vida eterna, cuya palabra es irrevocable, y b) el Ejército en el que opera una distinción jerárquica y los jefes son cambiados sin cesar, ascendidos y/o degradados según las circunstancias. No se detiene Freud, como hubiera podido hacerlo, en el ejemplo de la Iglesia Católica; allí el obispo de Roma, el papa, es un conductor infalible pues en ese lugar lo ha puesto el propio Jesucristo a través de San Pedro, fundamento de la Iglesia (“sobre esta piedra edificaré… -Mateo 16-18). Sabemos la historia de las escisiones, los cismas y las luchas por el poder pontifical. Más sencillo hubiera sido para él reconocer que el rasgo común a Iglesia y Ejército es que en los dos casos el líder es un fundador muerto, míticamente llevado a ocupar el lugar del padre primitivo: Jesús en todas las instituciones cristianas y en el Ejército los “padres fundadores”, los próceres legendarios de la “Patria”, que viven en el bronce inmarcesible de las estatuas y sostienen su imagen ligada a una leyenda, a una narración hagiográfica.

Las masas “artificiales” de estas instituciones se agrupan en torno a un líder mortal que tiene dos cuerpos: el suyo propio, transitorio, y el cuerpo inmortal de la institución que se supone que continuará después de terminada su existencia “terrenal” (este adjetivo sobra).[7] En ellas, como dice Freud, al individuo se le impone consagrarse a la masa y obedecer a sus reglas: “el intento de separación suele estorbarse o penarse rigurosamente…” (cit., p. 89).  Dos páginas más adelante, agrega: “Vamos por el camino correcto que permitiría establecer el principal fenómeno de la psicología de las masas: la falta de libertad del individuo dentro de ellas”. La doble ligazón libidinosa, con el líder y con los otros individuos de la masa, sería el fundamento para comprender la psicología de las masas que teorizaron, con sus diferencias y divergencias, los autores que hemos citado y trataron el tema en el siglo XX. En la masa clásica el sujeto, en tanto que individuo y miembro de la polis, abdica de su libertad transfiriéndola a una autoridad superior. La misma palabra “masa” connota la anulación de la singularidad; por eso las calificaciones de sus miembros, son, para todos los autores (sociólogos, filósofos, antropólogos, psicoanalistas) peyorativas. La pertenencia a la grey es despreciada; es la de quienes han renunciado a su libertad y participan de una “servidumbre voluntaria”. Recordemos que para Freud “el ser humano no es un animal gregario (Herdentier) sino más bien un animal de horda (Hordentier), el miembro de una horda dirigida por un jefe.” (cit., p. 115, itálicas de Freud).

Se abren ahora para nosotros dos caminos que queremos transitar a la vez; como eso no se puede, tomaremos uno antes y el otro después.

El primer camino, ya anticipado, es el de la posible y quizás necesaria aplicación de estas tesis freudianas sobre las masas… al psicoanálisis mismo. ¿Es un atrevimiento excesivo hablar de “masas de psicoanalistas”? Tratar de ver cómo funciona la teoría de Freud cuando estudiamos la historia de las dos ramas del psicoanálisis en las que estamos centrados.[8] Una: la masa de los que siguen en la institución fundada por Freud y continuada por su hija, la IPA, agrupada en torno a la veneración del padre muerto cuya figura ha sido ensalzada e idealizada a más no poder recurriendo a todos los medios establecidos por las religiones: imágenes, templos, lugares de peregrinación, cónclaves, libros sagrados. Dos: la masa de los que se inscriben en la llamada “galaxia lacaniana”, dispersos en muchas instituciones pero todos, en mayor o menor medida, glorificando a Freud, el padre fundador original, asesinado por sus propios discípulos y enalteciendo al héroe que lo rescató de la traición, Lacan, quien, en alguna medida, pretendió trasladar su lugar dominante, también él, a su propia hija a través del yerno. En estas instituciones hay líderes más o menos visibles aun cuando se observan fuertes tendencias a sustituir al líder único por una organización más o menos burocrática o democrática, según los casos, pero siempre refirmando la figura de los padres fundadores, muerto el primero hace ochenta años y el segundo hace cuarenta. Fuerza es reconocer también que ten la IPA, totalmente burocrática de hoy en día, la referencia a Freud deviene cada día más diluida, desleída, vergonzante incluso. Es como si la denostación de Freud, tan común en los medios, hubiese prendido también en la Asociación que él creó, en esa masa de quienes lo adoraban. Algo parecido sucede en las instituciones “lacanianas”: en ella cada vez es más manifiesto el rasgo de insistir en las insuficiencias de Freud: más que de un “retorno a Freud” correspondería hablar de un “retorno contra Freud”.[9] Es como si se continuase con el proceso de digestión después de la devoración del Urvater Freud tras el banquete totémico, su devenir mierda. Dejamos por ahora abierto el interrogante sobre la psicología de masas actuante en la historia y en el presente de las instituciones psicoanalíticas para seguir desarrollándolo en textos conmemorativos de celebración del centenario de la obra señera sobre el tema… que coincide casualmente con la dramática entrada en escena del Señor Virus.

En las clásicas agrupaciones de masa, tal como fueron disecadas por Freud, se reconoce la ventaja de la renuncia a la satisfacción pulsional directa en las cuales los integrantes optan por la inhibición sublimada de las metas de la pulsión sexual. Estas pulsiones de meta inhibida (zielgehemmte) “son particularmente aptas para crear ligazones duraderas; en cambio las que poseen una meta sexual directa pierden su energía cada vez por obra de la satisfacción” (cit., p 131). Un rasgo esencial de las masas tradicionales, por variables que fuesen, es que ellas  son “somáticas” en tanto que sus integrantes allegan sus cuerpos vivientes para hacerlas existir y conservan un nombre propio aun cuando pudiera no existir un censo (roster) de los integrantes. Las masas del siglo XX, todas “naturales” en tanto que corporales, estaban formadas por gente que se reunía espontáneamente o bajo una consigna compartida, aceptaban activa o pasivamente participar en ellas, tenían o no un líder visible y reconocido, actuaban en función de los objetivos congregantes y subsistían por un tiempo más o menos prolongado obedeciendo a reglas y aceptando jerarquías autoritarias en el sentido vertical, a la vez que mantenían lazos de comunidad entre sus integrantes en el sentido horizontal. El modelo era familiarista y patriarcal: consagraba las figuras del padre y de los hermanos; raramente las mujeres eran consideradas como iguales; en todos los casos eran masas falocéntricas. Esas masas perdurables compartían una historia más o menos mitificada con respeto y devoción hacia los fundadores que alcanzaban la dignidad de héroes.[10]

El segundo camino nos lleva a lo que ya hemos anticipado: en el siglo XXI rige una nueva psicología de las masas muy diferente de las anteriores “masas naturales”. Ya hemos anticipado los insólitos cambios en relación a la tradición que se trazaron en este nuevo siglo que entra ya en su tercer decenio: ahora las masas son francamente “artificiales” y cabe distinguir entre ellas dos tipos: unas creadas por algoritmos en función de la reunión de datos recogidos por mecanismos impersonales; a sus sujetos no se les pregunta si quieren o aceptan pertenecer o renunciar a ellas; no tienen líderes ni reglamentos, no se conoce quiénes la integran ni hay forma de sumarse, borrarse o invitar a otros a inscribirse. Si Freud podía afirmar que había un lazo libidinoso entre los miembros y el líder (o de los miembros entre sí), en esta clase de masas artificiales domina la impersonalidad. Los sujetos no se identifican “con” un ideal sino que son identificados “por” mecanismos numéricos imposibles de idealizar… o de oponerse a ellos. En ellas el “análisis del yo”, segunda parte del título freudiano, muestra el vaciamiento, la borradura de todo rasgo singular. Las masas no agrupan yoes ni estos están en ellas bajo el poder de un influjo hipnótico: “Así has sido perfilado; esa es tu identidad; tu perfil coincide con el de todos esos otros a los que nunca podrás conocer porque son tan anónimos y numéricos como tú”. Los vínculos entre los integrantes son “exosomáticos”. Eso sí, ¡atención!, no por ser incorpóreos los amontonados son entes ideales: son muy materiales, reales, presentes en la vida concreta cada vez que alguien pone en acción al adminículo que los ha conjuntado, esa prótesis del yo que es el indispensable ordenador o el smartphone.

Pero hay además un segundo tipo de masas artificiales, posibilitadas también por medios telemáticos, que es la de las redes sociales. En ellas los sujetos se inscriben con su nombre, indisociable de su dirección de correo electrónico y del teléfono móvil y pueden borrarse si así lo desean. Las relaciones no son libidinales, no hay jefes, la libertad de publicación es casi ilimitada, la información se transmite integralmente (o así se pregona) y llega al instante a cualquier lugar del planeta donde hay otros inscriptos  que pueden acceder a ella, imágenes y palabras, con solo un login. A los usuarios les es dado trabajar en conjunto y expresar sus opiniones sin cortapisas aprobando o debatiendo las aportaciones de los demás. Un problema con el cual tropiezan estas redes es que la información que se “sube” a ellas carece de privacidad y es fácil de jaquear. Una vez publicada, es imborrable pues, aunque el usuario se arrepintiese de una opinión, de una fotografía o de un video – y los casos son frecuentes – los demás integrantes de la red social (¡interesante el nombre de estas masas!) han “bajado” ya esos datos y son sus dueños. Por otra parte, las empresas y corporaciones, los intereses políticos, los cazadores oportunistas de asuntos objetables sobre las personas “enredadas”, etc., encuentran senderos para denostar, también para glorificar, a gente y acciones accesibles por esos pulpos de la privacidad que son Facebook, Twitter, Instagram, etc. No habrá que olvidar que todas estas redes son negocios lucrativos para grandes corporaciones que cotizan sus acciones a precio de oro en las distintas bolsas dedicadas a la especulación financiera.[11]

Este panorama de la nueva “psicología de las masas y análisis del Yo” “en tiempos del cólera” (como diría García Márquez para referirse a cierto amor), sería incompleto si no se mencionasen también otras plataformas de trabajo colectivo, de acciones contributivas, de personas que dedican sus horas a difundir el saber. El ejemplo paradigmático de estas empresas es Wikipedia[12], una recopilación del saber universal en todas las lenguas, accesible para cualquier usuario con “cobertura”, que reúne los conocimientos, los argumentos a favor y en contra de cada afirmación, los libros, los filmes, la música y las obras de arte fielmente reproducidas sobre pantallas de cristal que, de todos modos, no hacen olvidar a los originales cuando se reducen al tamaño de la pantalla y a la presentación bidimensional. Los wikipedistas constituyen, también ellos, una “masa artificial” de sujetos anónimos que trabajan sin jefes ni retribuciones con la sola recompensa de saber que son miembros de una comunidad del pensamiento, del registro imborrable, del archivo, de la memoria universal que es el suelo sobre el cual germinan el sueño y la fantasía de los seres hablantes. Internet podría llegar a ser el sitio donde cabría instalar la “biblioteca de Babel”, eterna e infinita tal, como la imaginó J. L. Borges.[13]

¿Cuál es el rasgo específico de estas neomasas? No es la falta de libertad denunciada por Freud. Al menos opera ahora en ellas “el fantasma de la libertad”, a condición de ignorar el inconsciente y la pulsión: cada individuo decide, sin obedecer a consignas exógenas ni a la conminación de una figura paterna, movido por sus pulsiones que persiguen sus metas goceras, cuándo sentarse ante su “ordenador” (magnífico  significante polisémico que confluye con el sinónimo: “computadora”), cuánto tiempo pasar ante la pantalla y qué teclas apretar para jugar, estudiar, escribir, etc. Lo específico por lo que preguntaba me lleva a proponer un oxímoron para explicar la actual psicología de masas: son masas de sujetos aislados. Tras el oxímoron, una analogía, en principio sencilla aunque ilustrativa: la de esa paradigmática gota de aceite cayendo dentro de un recipiente con agua en comparación con la gota de un colorante hidrosoluble en el mismo recipiente. Las moléculas del aceite siguen formando una masa: están reunidas, congregadas por la diferencia de densidad con el medio circundante. En cambio, las moléculas del colorante se dispersan y no constituyen una masa: son solubles en el agua, es decir, se atomizan en ella. Esas ínfimas partículas disgregadas van cada una por su lado: obedecen a leyes de una circulación que es el movimiento browniano: un movimiento aleatorio e imprevisible de las partículas disueltas descubierto por Robert Brown en 1827, cuya explicación fue dada por Albert Einstein en 1905.[14] En esta analogía que propongo las “masas” humanas se disuelven y prosiguen su camino siguiendo trayectorias estocásticas. Terminada la reunión, cada uno de los participantes saca del bolsillo su Smartphone y se comunica con sus próximos escogidos en el conjunto de sus “contactos” e indiferente a lo que hacen los demás que participaron con él en la experiencia de “masa”. “Cada uno para sí y Dios contra todos” según el epígrafe de la película de W. Herzog (1974) sobre la vida y muerte, sobre “El enigma de Kaspar Hauser”.

En las condiciones impuestas por la pandemia las masas artificiales conjuntadas por los algoritmos o por la pertenencia a una o varias redes sociales no se vuelven bárbaras ni irracionales: cada una de sus partículas, privadas de toda individualidad, sigue anárquicamente por su camino de una manera incalculable, aleatoria, browniana. El peligro indicado por el germen viral invisible, omnipresente, pervasivo, refrenda y refuerza las otras dos pertinaces amenazas tan conocidas, la del apocalipsis ecológico y la de la guerra nuclear. Es el momento de pasar de Psicología de las masas a El malestar en la cultura[15]:

“He aquí la cuestión decisiva para el destino de la especie humana: si su desarrollo cultural logrará, y en caso afirmativo en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento. Nuestra época [¡ya en 1930!] merece quizás un particular interés justamente en relación con esto. Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado”.

¿Es esta la causa o la consecuencia del progresivo aislamiento de los seres humanos, de la manifiesta indiferencia de una mayoría de ellos ante la perspectiva aterradora del apocalipsis que la pandemia, con su machacona y redoblada procesión de estadísticas, difundidas de manera atronadora por los medios informativos, conduce a un ambiente de resignación y desesperanza ante el continuo retraso de la producción de la tan ansiada vacuna salvadora, ante la presunción de que las vacunas contra los virus son siempre más o menos ineficaces pues ellos tienen múltiples cepas y ninguna vacuna sería eficiente contra todas y que es por eso que no hay vacunas contra el sida o una que sea realmente inmunizante contra la gripe de cada invierno?

¿No estamos en la desembocadura del proceso diagnosticado por Freud en el mismo texto?

“Acaso llegaremos a familiarizarnos con la idea de que hay dificultades inherentes a la esencia de la cultura y que ningún ensayo de reforma podrá salvar. Además de las tareas de la limitación de las pulsiones, para la cual estamos preparados, nos acecha el peligro de un estado que podríamos denominar “miseria psicológica de la masa”. Ese peligro amenaza sobre todo donde la ligazón social se establece principalmente por identificación recíproca entre los participantes, al par que individualidades conductoras no alcanzan la significación que les correspondería en la formación de masa”. (id., p. 112)

Es la situación a la que estoy apuntando con el deseo de equivocarme: en nuestra época, noventa años después del pronóstico freudiano, hay una “identificación recíproca” de los miembros de la masa que conduce a la desintegración y el aislamiento de las singularidades en un caótico entrechocar de partículas con movimientos brownianos, una equiparación en la falta de esperanzas, en la resignación, en el resentimiento de quienes no alcanzan a hacer oír sus voces de protesta, que justifican la caída en esa “miseria psicológica de la masa”, carente de “individualidades conductoras” significativas que llevan a que: “uno puede preguntar de dónde vendrían esos conductores superiores, serenos y abnegados que actuarían como educadores de las generaciones futuras y espantarse ante el enorme gasto de compulsión inevitable hasta el momento en que se alcanzaran tales propósitos”. (íd., p. 8) ¿No es este el marasmo en el que hemos caído como consecuencia lógica del desarrollo del capitalismo hasta desembocar en la anulación de las expectativas de quienes pretenden trabajar (Kulturarbeit) por el gusto de desecar el Zuydersee, de arrebatarle tierras al mar? “Se dirá que el carácter de las masas de seres humanos… está destinado a probar que la compulsión al trabajo cultural es indispensable; pero ese mismo carácter no es sino la consecuencia de normas culturales deficientes que enconan a los hombres, los vuelven hoscos y vengativos.” (íd)

Esas son las razones para aplaudir esta iniciativa veracruzana de profundizar en el pensamiento de la pandemia. Habrá que colocarla en el paisaje de “capitalismo y esquizofrenia”, “capitalismo y desquicio subjetivo”, tal como el virus con sus amenazas coloca a nuestra especie, orgullosa de su superioridad … esa superioridad destructiva, suicida, creadora del actual estado de disrupción que permitió al virus, subproducto indeseable de la globalización, adelantarse hasta que coincidiesen sobre él todos los focos del proscenio. Puede ser que “este virus” sea vencido… pero cabe anticipar que “el virus” no dará tregua porque está instalado en el fulcro del sistema de producción, porque es “el ángel exterminador” que cierra a los invitados la salida de la fiesta del consumo ostentoso y superfluo y los condena a vivir en el confinamiento.

No por mucho despertar desaparecerá el dinosaurio.

[1] Freud, S. (1921) En O.C. , Vol. XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, pp. 63-136. En lo sucesivo la referencia a este ensayo dirá: (cit., p…)

[2] Pervasivo es un vocablo que falta en nuestra lengua, es un neologismo referido a algo que todo lo impregna y lo invade: la definición del diccionario inglés dice: Pervasive: “que está presente o se aprecia en cada cosa o lugar, que se expande ampliamente en una zona o en un grupo de gente”. La palabra existe tal cual en italiano, no en francés. Curiosamente en nuestra lengua habitual, cuando un mensaje o noticia se difunde de manera masiva, se dice que se ha vuelto “viral”.

[3] Freud, S. (1920) Más allá del principio del placer. En O.C. (cit., vol XVIII, p. 13 y p. 31) El terror (Schreck) tiene como rasgo fundamental el carácter sorpresivo que coge al sujeto sin ninguna preparación y rompe los sistemas de protección anti-estímulo (Reizschutz). El pánico (Panik) aparece pocas veces en el vocabulario freudiano pero, importa señalarlo aquí, una de esas pocas veces es en Psicología de masas… cuando dice que surge cuando una masa súbitamente se descompone y cada uno de sus integrantes “… cuida por sí sin miramiento por los otros. Los lazos recíprocos han cesado y se libera una angustia enorme sin sentido” (cit., pp. 91-93) Cita a Mc Dougall (1920) para quien “el pánico es paradigma del aumento de la angustia por contagio” “El pánico nace por el aumento del peligro que afecta a todos o por el cese de las ligazones afectivas que cohesionaban a la masa”. (cit., p. 93).

[4] Weber, M. (1905): La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México, FCE, 2003

[5] Ortega y Gasset, J. (1929): La rebelión de las masas. Barcelona, Espasa, 1968.

[6] Hobbes, Th. (1651) : Leviathan. Leviatán, Cap. XXVII “De los delitos, eximentes y atenuantes”. Múltiples ediciones, accesible en la red.

[7] Kantorowicz, E.: (1957) Los dos cuerpos del Rey. Madrid, Alianza, 1985.

[8] Hay otras, por cierto; por ahora no nos interesan.

[9] Allouch, J.: Transmaître. París, EPEL, septiembre de 2020, passim, especialmente, en p. 77 donde se acumulan citas de los últimos seminarios de Lacan hablando de ese “medicucho”, un “burgués atiborrado de prejuicios” que “no tenía nada de trascendente”, etc.

[10] Freud, S.:  “Se presenta y se refiere a esta masa las hazañas de su héroe, inventadas por él.  En el fondo este héroe no es otro que él mismo. Así desciende hasta la realidad, y eleva a sus oyentes hasta la fantasía. Ahora bien, estos comprenden al poeta, pueden identificarse con el héroe sobre la base de la misma referencia añorante al padre primordial. La mentira del mito heroico culmina en el endiosamiento del héroe.” (cit., p.129)

[11] Conviene ver la película El dilema de las redes sociales (2020) en Netflix, justamente una de esas grandes corporaciones basadas en Silicon Valley, California que es pionera y dominante en la actividad del data-mining, “minería de datos”, o sea recolección de los datos de sus usuarios. Es un filme documental en el que se critica a las otras corporaciones que compiten con ella filmando entrevistas a ex funcionarios de las empresas rivales. Se denuncian los efectos espantosos que tiene sobre la subjetividad, especialmente de los jóvenes, la actividad en “redes sociales”… que no es el negocio de Netflix, al menos por ahora. No sin razón se acusa a las redes de lo que sería “asesinato de almas” de un modo que ni el padre del presidente Schreber hubiera sido capaz de inventar. Tiene Netflix más de 200 millones de suscriptores y su crecimiento es exponencial a partir del estallido de la pandemia debido a la reclusión doméstica de cientos de millones de espectadores. El artículo “Netflix” en Wikipedia (20 de octubre de 2020) no tiene desperdicio.

[12] Leer el artículo “Wikipedia” en Wikipedia.

[13] Borges, J. L. (1944): “La biblioteca de Babel”. En Obras Completas, tomo 1, Buenos Aires, Emecé, 1974, pp. 465-471.

[14] Nuevamente, cf.: Wikipedia donde pueden “verse” las interacciones entre los átomos de la sustancia que se dispersa y su choque con las moléculas de agua. La entrada “movimiento browniano” en Wikipedia prosigue con la historia y la explicación físico-matemática rigurosa de las leyes de este movimiento prefigurado por Lucrecio en su Rerum natura en el siglo I antes de nuestra era.

[15] Freud, S. (1929-1930): El malestar en la cultura. En O.C. cit., vol. XXI, p. 140.

 

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