Historia de la escritura y sucesión de los discursos dominantes
Antes de iniciar la aventura de definir una fórmula “PST”, cualquiera que ella fuese, hay que renovar y disipar la sospecha de que la caleidoscópica realidad contemporánea pudiese estar induciendo, como con tanta frecuencia ha sucedido a lo largo de la historia, una convicción apresurada de estar ante cambios “revolucionarios”. Convengamos en que nada es tan permanente como la discutible idea de que todo cambia y la ilusión de que cada realidad es radicalmente diferente cuando, en verdad, los cambios circunstanciales, anecdóticos, son esos que en todo momento se producen y se pregonan mientras que las estructuras son las mismas y conservan una perdurable estabilidad. ¿Tenemos derecho a afirmar que ya apareció ese nuevo discurso? Respondemos radicalmente, asumiendo los riesgos del apresuramiento: sí. Sí porque ante nuestros ojos ha cambiado y sigue cambiando el modo de producción y el funcionamiento de los mercados aunque persisten —y seguramente seguirán manifestando su poder— reliquias de los modos antiguos: el del amo clásico y el del amo moderno. Ahora bien, una vez hecha semejante postulación, tenemos que justificarla y lo haremos con un argumento que puede parecer novedoso o insólito. Extra-vagante, incluso errante y errabundo.
Lo “revolucionario” de nuestra época es la emergencia de una nueva forma de la escritura, la primera “científica”, una que consideramos “tercera” y que da origen a un nuevo avatar del discurso del amo. Conviene revisar la historia de los modos de escritura en relación con los modos de producción y de la vida económica, social y política de la única especie que las tiene, la nuestra, sapiens. Reiteraremos la nominación de los tres discursos que vengo propugnando como sucesivos (a) el del amo, b) el del capitalista y c) el de los mercados) relacionándolos con tres momentos claves de la escritura:
a) El de la palabra escrita misma, única cada vez que se registra, sobre superficies más o menos perdurables (piedra, arcilla, pergamino, papel), cuyos orígenes deben buscarse en Egipto y en China preludiando a la escritura alfabética originada en el Cercano Oriente, fundamento —es nuestra idea— del discurso del amo. Esa escritura se concreta y se materializa en un objeto, el libro, que tiene sus precursores en los papiros sueltos y en los rollos que aun siguen usándose para conservar la Torah en el ritual judío. Como tal, como conjunto de hojas cosidas y en el (para nosotros) convencional modelo de páginas rectangulares, el libro aparece en el siglo III de nuestra era. El trabajo de escribas y copistas es ingente: no siempre los encargados de la tarea sabían leer y escribir; dibujaban cada uno de los signos. Una copia de la biblia, por ejemplo, tomaba alrededor de diez años y, dado el procedimiento de su preparación, no quedaban dos que fuesen iguales. Ninguno de los evangelios manuscritos tiene el mismo texto que otro. Estamos ante el libro artesanal que corresponde a los modos esclavista y feudal de producción. La posesión de estos volúmenes era patrimonio de grupos de privilegiados (nobles, comunidades eclesiásticas, eruditos de las primeras universidades medievales) en sociedades fundamentalmente analfabetas. La precariedad de los soportes materiales y la escasez de las copias explican la trágica historia de tantas obras esenciales de la cultura que fueron destruidas por los incendios accidentales, por la erosión, por la furia de los biblioclastas. Nadie discute que la expansión del cristianismo es un fenómeno de traducción y que ella no hubiera sido posible sin la Vulgata, edición de los textos hebreos y arameos en el latín del imperio romano, debida a San Jerónimo, padre de la Iglesia.
b) Contrariamente a lo que habitualmente se sostiene, la revolución industrial no comenzó con los telares para el algodón en Inglaterra en el siglo XVII. Quienes eso dicen no toman en cuenta que el primer producto industrial en Europa es, precisamente, el libro. El libro impreso a partir de 1449 por Gutenberg (el misal de Constanza) y la biblia de Maguncia de 1452. Es la palabra impresa, no única sino múltiple, publicable en copias potencialmente incontables, todas idénticas entre sí, debida al invento alemán, que usa al papel como sustancia-soporte predominante y que es un producto de la industria de los burgos, base primera del discurso del capitalista. Nunca se recordará lo suficiente que la reforma protestante es un efecto de la imprenta, que las 95 tesis de Lutero (1517) circularon e inundaron Europa por centenares de miles de copias que ya se leían hacia 1520, que su traducción de los evangelios a la lengua vernácula fue editada en 1522 y completada hacia 1540, que el texto considerado como sagrado entró en las casas de los fieles que adherían al obispo cismático y que entraron después también en copias impresas las obras de Calvino, Zwingli, Wesley y los demás fundadores de sectas protestantes, mientras la iglesia católica condenaba las versiones en lenguas vulgares de las biblias judía y cristiana y ejercía una censura implacable sobre los materiales que se imprimían. Para Lutero la imprenta era “el último de los dones que Dios hizo a los hombres”. “¿Por qué no” (Lacan, cit.) coincidir con Max Weber (cit.) en considerar al capitalismo como un efecto de la ideología calvinista y puritana cuya máxima expresión se encuentra en los aforismos juveniles de Benjamín Franklin (no por casualidad un impresor desde los 14 años de edad)? Observo, sin embargo, que también Weber omite reconocer el esencial papel de intermediación y la íntima relación de la industria editorial con la difusión de la ética protestante, base del “espíritu capitalista”. El capitalismo y la revolución industrial moderna, distintos de las eternas y universales aspiraciones al lucro y a la riqueza, son un efecto del libro tal como hoy lo conocemos, el que se universalizó entre los siglos XV y XX. Sostenemos que el modo de producción capitalista es un efecto de la primera producción industrial, de las primeras máquinas… y ellas son las de impresión y distribución de la palabra escrita. El capitalismo es consustancial con el libro: nace y muere (o sobrevive) con él. Invito a los investigadores: economistas e historiadores en primer lugar, a discutir y, si cabe, desarrollar esta tesis.
c) El de la palabra sin soporte material, transmisible de modo instantáneo, reproducible hasta el infinito, que se transmite sin limitaciones de tiempo y espacio, susceptible de cambios y recomposiciones sin fin, digitalizada, la de nuestras computadoras, que permite y que llega a ser la herramienta fundamental en el plano técnico del “discurso de los mercados” con sus “flujos informáticos” desbordantes, infinitos e impredecibles. Ha surgido una nueva modalidad de la escritura que apenas podía avizorarse cuando la naturaleza determinó el final de la enseñanza de Lacan (1981). El libro toma ahora una nueva forma: el libro virtual, el que casi cualquier habitante alfabetizado del planeta puede “descargar” gratuitamente (o casi) sin salir de su hogar, sin tinta ni papel, el libro ingrávido —ya no un “volumen”—, multicolor, con infinitos márgenes para la glosa y el comentario, “interactivo”, traducible de inmediato a cualquier idioma o sistema tipográfico por medio de artefactos cibernéticos que “mejoran” día a día, impermeables a la censura y a la destrucción. ¿Qué cambia en el mundo cuando, no sólo la Biblia, sino la biblioteca entera de Babilonia está al alcance de millones de lectores y cabe en la palma de la mano? Esta nueva vicisitud de la palabra escrita fundamenta la tesis de un nuevo modo de producción y circulación de las mercancías, de un nuevo discurso, diferente del capitalista. ¿Será ése, “postindustrial”, el discurso PST?
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